Milanesas de pollo

Las milanesas no son muy buenas que digamos. Demasiado pan rallado y poco pollo. Una triste lámina de pollo. Pero voy porque la señora vive de eso y está sola y viuda desde hace 6 meses. No dan ganas de volver. No es amable en su atención, más bien callada, como un muerto ojeroso que camina lerdo sin muchas ganas de seguir muerto pero menos vivo, así.

Cuando me pongo bajón soy de ir a la casa de la señora de la vuelta a comprarle milanesas. El día es gris, las casas grises, las veredas y los arboles, todos iguales, los niños que juegan en la calle juegan en blanco y negro; en fin, después de varios días nublados pareciera que al barrio lo hubieran pintado de gris, pero con la gente adentro. Primavera gris topo. Un sol que aguaita de a ratos, desmendocinándoce.

Días de traqueteo, adrenalínicos. Que llueve y que no. Ni fu ni fa. 5 a 0 en el monumental. Defensas bajas y gripe, fiebre. El triunfo de Chávez ayuda para tirar pero uno está en definitiva solo frente al espejo, como un actor en el camarín antes de la función sin ganas de salir al escenario. Fin de semana larguísimo, y gris.

Como decía, cuando me pongo bajón soy de ir a la casa de la señora de la vuelta a comprarle milanesas. Las milanesas no son muy buenas que digamos. Demasiado pan rallado y poco pollo. Una triste lámina de pollo. Pero voy porque la señora vive de eso y está sola y viuda desde hace 6 meses.

No dan ganas de volver. No es amable en su atención, más bien callada, como un muerto ojeroso que camina lerdo sin muchas ganas de seguir muerto pero menos vivo, así.

¿Me da dos kilos de milanesas de pollo? –eso le digo, y no responde. Se dirige hacia la heladera de su casa y saca una bandeja marrón con muchas milanesas prolijamente ubicadas y las pone en la balanza. Luego saca una bolsa plástica y las mete allí. Las pesa, y como no llega a los dos kilos pone dos milanesas más. Hace lo que hacen todos los que venden milanesas de pollo en su casa pero sin hablar. No te saca conversación. Te las da entre una reja y solo te dice “46”.

Es una forma de conectarse con el silencio atronador en días grises topo. Ir a comprar a un lugar donde no te dan ni bola ni quieren quedar bien con vos. Por eso voy, cuando me pongo bajón, a comprarle milanesas de pollo a la señora de la vuelta de mi casa.

Mientras, en el negocio contiguo, el de la esquina, por la reja atienden unos tipos. Un laburante de overol azul y naranja con un ojo de vidrio va hacia allí en busca de dos cervezas. Una chica joven con un bebé pide fiambre. Los niños juegan todavía en la calle a las nueve de la noche, en blanco y negro.