La historia se repite. Así como el menemismo en los ´90 vació al Estado nacional de sus principales empresas malvendiéndolas, así se están rifando actualmente, a falta de empresas, los bienes espirituales de la Nación.
Y por si algún desmemoriado no lo tiene en mente, me parece importante recordar que, en aquella triste década del ´90, el entonces Presidente Menem contó con el apoyo de gobiernos provinciales para llevar adelante su terrible plan de vaciado nacional. Y Menem fue en aquella ocasión acompañado por los Kirchner (entre otros), quienes públicamente alababan al riojano y le decían que lo seguían en el proceso de cambio que la Argentina debía llevar adelante, el que incluía entre otras cosas vender empresas de la talla de YPF, sobre la que aquel ex Gobernador patagónico tiene más de una anécdota; incluida la de los famosos fondos de su provincia en bancos extranjeros, fondos sobre los que nunca quedó del todo claro el destino. Aquel proceso de destrucción de bienes físicos de la República Argentina vació al Estado nacional de sus empresas a niveles nunca vistos e imposibles de comparar, ya que ningún Gobierno podrá, por perverso que sea, vender nuevamente lo que ya no nos pertenece.
Pero el kirchnerismo (que luego de un corto divorcio es ahora nuevamente aliado de Menem, quien es Senador nacional por esa fuerza desde el año pasado) se está empeñando en destruir aquellos lugares comunes que eran de todos los argentinos, o al menos de la gran mayoría de nosotros, apropiándoselos y luego convirtiéndolos en banderas personales hasta que, por mostrar la hilacha “capitalista” bajo el corto poncho nacional y popular que pretenden portar, ensucian y entregan sin miramientos. Ya ha ocurrido ampliamente con los Derechos Humanos y los desaparecidos; tal vez los menores de cuarenta no lo recuerden, pero en los ´80, cuando entre todo el Pueblo de la Nación recuperamos la Democracia, la defensa y reivindicación de los Derechos Humanos y el oprobio hacia los integrantes de la dictadura por la barbarie que habían cometido contra argentinos que pensaban distinto a ellos, eran temas que solo unos pocos “dinosaurios” no compartían. La gran mayoría de los habitantes de este país defendíamos la democratización creciente, con todo lo que implicaba; había temas sobre los que no se discutía e instituciones que no se tocaban.
Pues bien, el afán de mostrarse como “populares” hizo que el kirchnerismo se apropiara a fuerza de publicidad engañosa de los Derechos Humanos y los desaparecidos, y luego con la ayuda de los Schoklender y de sus aliados pusieron a nuestros principios, a nuestras ideas, en la parrilla, y a merced de sus enemigos circunstanciales, multimedios que supieron ganar grandes sumas de la mano de estos mismos gobernantes.
Y en este enero que se esperaba fuera políticamente frío, una nueva reivindicación “de todos” fue tomada por unos pocos para vaya uno a saber qué oscuras intenciones. Y acá estamos, viendo y votando online si vamos a ir o no a luchar por las Malvinas…
Que los ingleses, artistas del abuso, usen el tema para unir a su país tras un enemigo externo, es cosa de ellos. Pero nosotros, supuestamente y según cuenta el Indec, no tenemos problemas internos para tapar; por lo que, un nuevo recrudecimiento de un conflicto que debería solucionarse indefectiblemente por las buenas, es tema serio. Y que me obliguen nuevamente a ponerme del lado de estos nacionales y populares de última hora para no ser considerado traidor a la patria, es algo que ya me supera.
Es hora de que la sociedad en su conjunto defienda su patrimonio, no ya su cuenta personal del corralito, ni siquiera su empresa estatal del (viejo-nuevo) aliado K nacido en Anillaco. Es hora de que impidamos, a los oportunistas de turno, adueñarse de nuestras banderas. Las Malvinas son argentinas, no kirchneristas. Y la única palabra que las denomina con K, es en inglés. Allá ellos.