En esta semana casi muerta ya, hizo eclosión mediática un asunto por demás escabroso: un ex agente de la Secretaría de Inteligencia del Estado (S.I.D.E.) encabezaría redes de prostíbulos y cabarulos alimentadas por otra de trata de personas en Méjico y Argentina, cuya especialidad sería organizar partuzas de todos colores para narcotraficantes internacionales y demás ases del delito, con muchas señoritas de buen ver previamente semi secuestradas, drogadas y emborrachadas contra su voluntad ( y/o bajo amenaza de una muerte que reíte de la Inquisición española) a fin que consientan todo tipo accesos carnales por parte de seres antropomorfos o no. Al denunciado se le atribuyen altos contactos políticos (por no decir Macri) y enjundiosas relaciones con el Poder Judicial (Oyarbide, para variar...). A todo esto, la principal denunciante es su propia hija, que a su vez es la ex o actual pareja de su representante legal, un abogado que otrora fue agente de inteligencia de la Policía Federal. Como diría mi tía Carlota, una pinturita.
Nada de esto podría escandalizar mayormente a alguien si pensamos en todos los chanchullos que se han destapado en las últimas décadas de Argentina, y menos aún si imaginamos los que NO se han descubierto. Digamos que anda por la mitad de la tabla, y no mucho más. Pero es innegable que tiene lo suyo, no le vamos a quitar méritos. En una sociedad como esta, donde la transparencia indispensable para cualquier país cuyo nombre empiece con la palabra “República” es algo más raro que un japonés con rulos, esto pega un ratito y nada más. Pero como siempre, deja bastante tela para cortar, si es que uno puede reflexionar en los breves instantes que pasan entre que se destapa otra olla y salta otra liebre.
Por eso le encargamos a la división “Mirando debajo del agua turbia” de nuestra columna “Cosa Seria”, que investigue como es que gente cuya formación y funciones fueron pagadas por el Estado que todos sostenemos puede terminar en estas matufias; como empieza la degradación de personas que bancamos para que luchen por los buenos pero se pasan al lado oscuro de la fuerza. Luego de meses de arduas investigaciones, nuestros valientes cronistas se hicieron con los manuscritos del borrador del esbozo de libro que estaba escribiendo un agente de inteligencia retirado que decidió volcar sus memorias al papel para alertar a la gente común sobre lo que se cocina a sus espaldas y con su plata. Veamos algunos fragmentos de esta descarnada confesión.
“Mi nombre es Chot, James Chot, el gran agente secreto argentino. En realidad, mi verdadero nombre es Jaime Chotorregui, pero ya saben como es esto de ser un agente secreto; hay que ponerse un nombre que suene bien, no sea cosa de parecer un grasa cualquiera (…) Me inicié en el mundo del espionaje desde muy chico, cuando estaba en el colegio. Me reclutaron de la academia de agentes secretos por ser el más botón del curso; ¿Qué otra cosa es un espía sino un batidor profesional? Yo me ortibava todo el tiempo, porque entendía que mis compañeros que hacían travesuras eran perjudiciales para el sistema educativo. Y yo siempre tuve la vocación de defender el sistema. Cualquier sistema, aunque fuera el sistema Braile. Lo importante es formar parte de algún engranaje, así que en mi adolescencia tuve que optar; o me hacía barra brava, o Hare Krishna, o seguía en la academia de espionaje, donde ya tenía aprobadas 3 materias: Lechuceada serial, Fisgoneo por la cerradura 1; y Ortibismo profesional aplicado (esta era un taller, que se aprobaba con trabajos prácticos; yo los hice deschabando a un grupito de compañeros que escribían ‘Puto el que lee’ en los baños) (…) Perseveré, acumulé conocimientos, y finalmente me recibí con honores. Allí empezó mi carrera como espía internacional, y gracias a ella conocí todo el mundo…o al menos una buena parte…bah, unos cuantos países…digamos que un medio continente por lo menos me recorrí, ehhh…los limítrofes seguro…al menos los aeropuertos…algunos…más les conozco las terminales de micros. Pero lo importante es que siempre he luchado por el bien y la justicia, o eso es lo que me dijeron que debía decir (…) De a poco me fueron dando misiones cada vez más importantes. Recuerdo cuando pude disponer del primer vehículo especialmente acondicionado para un agente como yo. Tenía radar, lanzamisiles, blindaje de titanio, vidrios antibalas y tracción especial con malacate para subir montañas a contramano; el único problema es que todo ese aparataje lo montaron en una Citroneta 3 CV anteriormente usada para repartir garrafas, y no se lo podía, así que no andaba ni para atrás. Al final, esa misión debí realizarla en taxi, con cargo a la agencia, que al principio no me quería reembolsar lo que había gastado, pero después aflojó (…) Otro asunto para destacar en este curro del espionaje es lo de las mujeres; ustedes vieron que en las películas de espías aparecen unos minones infernales que invariablemente se le entregan al protagonista, ¿no?...bueno, les cuento que eso es completamente…falso. En realidad, los minones son mansos gatos que solo se encaman con los poderosos, o sea con los malos de la historia. Yo intenté varias veces soplarles las minas, sobre todo como estrategia para obtener información; pero lo más que he obtenido son algunos sopapos y unas buenas ladillas doble pechuga la única vez que me empomé a una. Otra variante de la cosa son las minas que vienen a trabajar con uno y también son espías. En las películas suelen ser unas potras que están más buenas que un flan casero con dulce de leche, y también terminan arrugando sábanas con el espión protagonista. Pero lo que es a mí, me endosaron cada bicho más feo que pegarle un trago a la botella de kerosén creyendo que es vino rosado; y todas empleadas públicas, claro. Me acuerdo que con una tuvimos que seguir a un fulano muy turbio, que un momento dado se metió al zoológico, y cuando pasamos por la jaula del orangután, el mono le gritó a mi compañera: '¡Flaca, presentame a tu abogado así me saca a mi también!’ (…) Otro complejo tema es el de aprender a manejar todas armas secretas que nos entregan. Al principio, los capos del servicio de inteligencia no querían darnos nada, porque decían que para aparatos ya estábamos nosotros. Pero finalmente comprendieron la necesidad de proveernos de la tecnología indispensable para combatir a los malparidos. Mi primera arma terrible fue una birome BIC de apariencia común y corriente, pero que al apretarle la puntita largaba un ácido peor que el de Alien. El problema es que no lo mandaba muy lejos que digamos, así que cada dos por tres nos estábamos arruinando los zapatos. Y para variar, la agencia de espionaje no quería reconocernos los gastos, hasta que entendieron que un agente secreto en alpargatas no era de lo más presentable, y pelaron un canje con una zapatería bastante fashion, pero que exigió que nos cosiéramos su logo en la pilcha. Lo hicimos, pero por supuesto que así nos descubrían fácilmente '¡Che, ahí vienen los giles!', se gritaban entre ellos los malos. Tampoco dieron gran resultado los anteojos con rayos X que nos repartieron. La mayoría de los agentes solo los usaba para ver a las minas en bolas en vez de fijarse si alguien llevaba armas peligrosas, así que los sacaron de circulación; a los anteojos y a ciertos agentes, que después de todo no servían de mucho porque se lo pasaban masturbándose en los baños. Por supuesto que después un director de la agencia aprovechó para venderle los anteojos a una clínica de traumatología, que a su vez le revendió sus aparatos a la obra social de espías con un bruto sobreprecio a compartir, y todos quedaron muy contentos porque se habían hecho una linda diferencia del 200 por ciento. Todos menos nosotros, los del último palo del gallinero, como siempre (…)”
Bueno, esto es lo que hay. Tan desgarrador testimonio ayuda a explicar por qué luego se comportan como se comportan. Teníamos mucho material más, pero un traidor que estaba infiltrado entre nosotros se lo vendió a Chiche Gelblund…qué le vamos a hacer, ya no se puede confiar en nadie, doña…
Será hasta el próximo finde; Amén.
Cero cero argento
“Mi nombre es Chot, James Chot, el gran agente secreto argentino. En realidad, mi verdadero nombre es Jaime Chotorregui, pero ya saben como es esto de ser un agente secreto; hay que ponerse un nombre que suene bien, no sea cosa de parecer un grasa cualquiera". La columna Cosa Seria aborda la formación de los "agentes de inteligencia".