Jóvenes políticos, divino tesoro

Estamos a tiempo de que los jóvenes políticos no renuncien a ser jóvenes. Una serie de notas de MDZ a jóvenes políticos revela que hay vida, pero nos preocupa cuánta de esa vida es propia y no condicionada. Por una juventud capaz de tener pensamiento propio y de defender el sistema republicano.

La política ha florecido en jóvenes de la misma edad que aquellos que, hace un puñado de años atrás, nada más, no sólo no sabían de qué se trataba, sino que la despreciaban por el sólo hecho de ver lo que ésta había hecho con sus padres.

Es un buen momento para el reverdecer de la política.

Por esa misma razón, también es una etapa ideal para fundar escuelas de política. Lo pueden hacer los partidos que, de hecho, terminan siéndolo sin proponérselo. Y también las universidades.

Lo que sucede, sin embargo, es algo igual a lo que pasa en el resto de las cosas de la vida: podés aprender por transmisión oral, herencia familiar, por entusiasmo o por estímulos, casi por contagio. O podés aprender en serio.

Cuando te proponés aprender “en serio”, arribás indefectiblemente a la experiencia comparada, a la teoría política y, una vez allí, tomar partido resulta menos fácil: la distancia te permite observar los defectos y buscar con ansias las potencialidades que, por ahora, no es fácil encontrar en las fuerzas políticas argentinas.

MDZ está entrevistando a los jóvenes que militan en diversas fuerzas. Hay lo de siempre: hijos e hijas que se suman a los pasos de sus padres, pero también abundan aquellos que lo hacen para respaldar una idea o un conjunto de acciones, o bien para luchar en contra de la idea impuesta por las mayorías.

Allí, estamos observando por qué se están entusiasmando tanto los pibes y las pibas mendocinas.

Están los “empleados del poder”, que pueden ser oficialistas u opositores, y que se mueven de acuerdo a las instrucciones que reciben e, indefectiblemente, para no perder el privilegio con el que cuentan: el sustento diario de parte del erario del Estado.

También están aquellos que no están bajo el ala de ninguna área estatal, en cualquiera de los tres poderes y que, a simple vista, se ven como desorientados puestos al lado de los otros y enfrentados a las mismas preguntas.

Los “hijos del poder” tienen respuesta para todos: repiten como loros lo que escuchan de sus jefes, usan su mismo tono, ponen las mismas expresiones neutras, se enojan acompasadamente, cuando corresponden y sonríen socarronamente, como también cabe en determinados momentos.

Los militantes formados, aquellos que lo han hecho detrás de una causa, se identifican a simple contacto de sus pares criados al calor de los cargos: saben lo que es discutir en torno a un tema porque lo conocen y, además, luchan por cambiar el estado de cosas, siempre.

¿Hay de estos últimos? Claro que sí. Tanto en todos los oficialismos y en todas las oposiciones, porque allí radica el verdadero germen de la política: la rebeldía, la inconformidad y la búsqueda de salidas ingeniosas a los problemas que nos acucian.

Pero de lo que cuesta hablar en vos alta, con todos, es de su propia capacidad para reclamar que la realidad cambie. Los están escuchando sus jefes. Y es por eso que cuando han salido entrevistados por este diario las repercusiones han sido desproporcionadas.

Hubo radicales que se animaron a señalar que los referentes de su partido son los mismos desde que ellos nacieron y, como respuesta, recibieron el repudio y el escarnio de parte de otros jóvenes, atornillados a los jefes a quienes realmente les molesta ese tipo de protagonismo en los medios y, más que esto último, lo que son capaces de decir en voz y carne propia.

Hubo peronistas que desataron un tsunami antes y después de la entrevista que les hicimos: llamadas cruzadas, pedidos de explicaciones (a ellos, a los periodistas), desmentidas y “correcciones”. Los pibes y las pibas del kirchnerismo no manifestaron capacidad de cambiar las cosas: “todo está bien”. Tampoco, por ejemplo, se sintieron motores del modelo, sino simples engranajes de un único motor, la Presidenta.

El colmo de los colmos fue la ausencia de un sector que reedita, en versión “nacional y popular”, lo que fue, durante el gobierno de la Alianza el Grupo Sushi, La Cámpora. Aquel lo lideraba el hijo de De la Rúa y a éste, el hijo de Néstor y Cristina. Aquel y éste quieren fijar la agenda y ocupar lugares. Aquel se equivocó. Éstos creen que no.

Este grupo interno terminó la semana generando una ola comunicacional en manos de una candidata a diputada nacional, Anabel Fernández Sagasti. ¿El motivo? Que el diario sanrafaelino Mediamza.com había señalado como jefe de la agrupación en San Rafael a una persona y, en realidad, es otra.

Pasó también con Colina, el partido que lidera Alicia Kirchner a nivel nacional y Gustavo Maure en Mendoza. Negaron tantas veces como pudieron al pibe que vino a MDZ a hablar en su nombre porque “no contaba con la venia de la conducción”. Violentamente, señalaron en un comunicado (que siguió a una llamada no menos exigente) que “no conocemos y desconocemos” la representatividad de quien fue entrevistado por MDZ.

Una guerra interna de posicionamientos, verticalidad y protagonismos los enceguece cuando lo único que se pretende desde la prensa es darle visibilidad a toda esa capacidad militante que está surgiendo en el país.

Es difícil comprender actitudes como las últimas señaladas, pero tienen una posible interpretación: puede ser que se hayan enroscado en un círculo vicioso de la política más tradicional, en lugar de generar un círculo virtuoso de renovación, verdaderamente esperanzador.

En ese camino, es muy fácil olvidarse que rige en el país un sistema republicano, bueno para ser imitado hacia adentro de los partidos; y también, dejar de lado cualquier posibilidad de ir más allá de los límites impuestos por “los viejos”, para sumirse a sus propósitos sin mayor discusión.

La política renaciente tiene característica de organización tribal. Es cuestión de evolucionar a los sistemas institucionales más avanzados y eso se logra con la madurez de los dirigentes convertidos en maestros de la conciencia colectiva latente que representa la población juvenil que ha descubierto la política como acción transformadora.