La relación que tenemos los argentinos con las palabras es, cuanto menos, problemática. A ver: cada tanto, demasiado seguido para mi gusto, algún sector termina por apropiarse de ideas, conceptos o símbolos (todos transmisibles a través de palabras, como sí no) que deben pertenecernos a todos, identificarnos a todos, englobarnos a todos. Pero no: aparecen algunos que lo escrituran a su nombre, y ya no hay nada que hacer; es de ellos, y punto. Si llegás a utilizarlos vos, que no sos de ese palo, quedás más desubicado que Cacho Fontana presentando un concierto de Marylin Manson. Y más solo que Kung Fu en off side, porque cuando los de tu bando te escuchan, creen que te vendiste, y si te oyen los otros, los que escrituraron esa palabra, te mirán como a un advenedizo sapo de otro pozo.
Ejemplos varios: “Justicia social” (Trade Mark justicialista); “República” (Copywright radical); “Democracia” (Idem anterior, pero ya menos); “Patria” (marca registrada por los militares); “Militancia” (reflotado concepto de propiedad K); “Pueblo” (denominación de uso exclusivo peronista); “Trabajadores” (en litigio entre sindicalistas/peronistas y la izquierda); “Derechos Humanos” (otrora de propiedad radical-alfonsinista, hoy endosado al Justicialismo K). Y siguen las firmas.
Todos y cada uno de estos vocablos, me parece, engloban ideas que debieran abarcarnos a todos, sin excepciones. Pero resulta que no; siempre hubo grupetes que se las quedaron para uso y abuso. Esto no es nada inocente, faltaría más. En la medida que un sector se apropie de lo que debiera ser de todos, estamos jorobados, doña, porque se arroga el derecho a manejar eso a gusto y voluntad. Puede pasar (ya ha pasado) con el petróleo y recursos naturales varios, con las empresas de servicios, con medios de comunicación, con sistemas enteros (el financiero, por ejemplo), y por cierto con palabras que significan mucho más que su mera grafía, de esas que tienen una carga simbólica muy grosa.
Por cierto, nunca faltaron los que deschabaron la matufia y hablaron claramente de esa apropiación; por ejemplo, los que acuñaron términos como “Patria Financiera” (para referirse a los que hacían alquimias con la guita –ajena, que si no no tienen gracia-); “Patria Metalúrgica” o “Patria Sindical” (refiriéndose al desmedido poder que ciertos representantes de los asalariados acumularon en determinadas épocas), y todo así. Pero si bien eso ayudaba a descubrir truchadas lingüisticas, aumentaba el fárrago de terminología que ensuciaba la cancha. Terminaba engrosando la sarasa innecesaria que le metemos a todo, esa es la verdad, me parece.
Y esto viene a cuento de algunas palabrejas y el uso retorcido que observo se les da últimamente. En no pocos casos, son neologismos bien rantifusos gracias a Díos. Uno que se me vienen a la cabeza de inmediato es “Soldada”, que emitió la ya no tan ignota candidata a segunda Diputada Nacional por el Frente para la Victoria de Mendoza (al menos, ya le vimos la carita en MDZol y algunos afiches) para significar que ella se cuadrará ante los designios de Kristina aunque vengan degollando. Y ya que mencionamos a esa tribu política: Eso de “PresidentA” me sigue haciendo un ruido espantoso; no es que yo la juegue de purista del idioma, porque mis buenas bestialidades me mando. Pero aunque me digan algunos que está bien, que es igual, me raspa las orejas por el lado de adentro, que quieren que les diga.
Tal vez se nos haya emberreteado un poco el lenguaje, porque ahora se nos da por ese tipo de neologismos. O por el traspaso a la política de terminología propia de otros ámbitos, a falta de discursos mejores. Ese de “Soldada” puede ser también un lindo ejemplo. Y no somos los únicos: suelo leer en Twitter lo que pone Hugo Chavez, que cuando se levanta arenga militarmente a sus seguidores con cosas tales como “Amanece y ha tocado la diana en el cuartel de Miraflores. Vamos a la batalla, mis soldados del socialismo”, O dislates similares. Y resulta que Miraflores no es ningún cuartel, sino la residencia para Presidentes republicanos en un país democrático, y los únicos soldados que puede mandar son los de las Fuerzas Armadas regulares del país, y no los miembros de su partido socialista, por muy encolumnados que estén con esa causa, ya que no son soldados, precisamente. Y ojala no actúen como tales. Me parece que se confunde aserrín con pan rallado.
Y a mí esas cosas me hacen correr un frío por el espinazo; es que no puedo menos que acordarme del origen fascista de ese tipo de aptitudes; sí, dije FACISTA, y me hago cargo. Al que no le guste…que ni se moleste en buscarme porque voy a huir cobardemente, le aviso. Y soy rápido…
Es que allá lejos y hace tiempo, el inolvidable Benito Mussolini alumbró todo eso del “movimiento nacional”, y la jodió por muchos años. Ese “movimiento…” debía incluir absolutamente a todos los nacidos de mujer y se identificaba con la nación misma, y por lo tanto quien se le opusiera era un maldito engendro antipatrio, mercenario y rastrero; o sea que si lo exterminamos cual roedor, no se pierde gran cosa. Cualquier semejanza con terminología escuchada en nuestras últimas décadas, ojala fuera una coincidencia, pero me temo que no lo es…
Por eso, así como bien dicen que la mujer del Cesar no solo debe ser honesta si no además parecerlo, también quienes se autodenominen “dirigentes” políticos en una República Democrática y Pluralista (así, todo con mayúsculas) deben utilizar un lenguaje acorde, y no ninguna jerga milicoide y rebuscada, por cuanto las palabras son lo mejor y casi lo único que tenemos para comunicarnos, y todavía a ningún maquiavélico asesor de campaña se le ha ocurrido reemplazarlas con otra cosa. Los globitos amarillos de Macri no cuentan.
Y por favor, cuidado con el lenguaje; los chabones de a pie (como el que suscribe) podemos hablar como se nos cante, ¿entendido? Pero si uno quiere escalar un poco en los palos del gallinero, mejor que cuide la lengua y escoja especialmente bien las palabras a usar. Porque estará siempre bajo la lupa, será mirado y escuchado por miles y sobre todo deberá hacerse entender no solo por los ya convencidos (eso es fácil) si no también por los otros, los que no piensan igual, y son indispensables para gobernar. Es un pequeño y creo que sano consejo que le doy a quienes tengan alguna pretensión presente o futura de hacerse notar en los barros de la política vernácula. Y no le lo agradezcan, que lo mío es un sacerdocio.