Beatriz Sarlo estuvo en el programa de Van der Koy en TN el día jueves, entrevistada junto a Horacio González. Su prudencia inicial fue desanudándose hacia el final de su intervención, la cual marcó un crudo ataque –sin matices remarcables- hacia el gobierno nacional.
No es que estas unilateralidades de su parte puedan ya sorprender a nadie. Sí lo hace, en cambio, el contenido de sus apelaciones. Tras aplicar a la figura de Néstor Kirchner el ambiguo adjetivo de “interesante” (¿?), Sarlo deslizó que el gobierno “caía en picada” antes de su muerte, y luego resurgió súbitamente. Deslices de la memoria: el kirchnerismo había triunfado con la ley de medios, luego con la ley de matrimonio igualitario, parte del apoyo social se había evidenciado en los actos del Bicentenario.
Luego Sarlo dijo que con el gobierno “hay problemas”. Seguro. Toda persona los tiene si está en vida (por más feliz o Riquelme que se sienta), y toda sociedad los tiene, aún la mejor. Decir que hay problemas es, por tanto, equivalente a no decir nada.
Después adscribió a Moyano patotas como las de Pedraza, en esa amalgama contra “los sindicalistas corruptos” que todo lo junta y nada explica. Pedraza pertenece a “los gordos”, rivales históricos de Moyano, aliados de Menem mientras Moyano se oponía al riojano, ausentes explícitos del acto reciente por el día del trabajador.
Sindicalistas corruptos, insistirá Sarlo. Como si cuando gobernaban los actuales opositores, los sindicalistas hubieran sido más transparentes que ahora. Como si los gobiernos antisindicales hubieran sido capaces de sostener la posibilidad de cárcel para los “gordos” –Pedraza ahora, Zanola desde hace un año- que este gobierno sí ha sostenido. Y como si importaran las corrupciones de campera pero no las de saco: sobre la corrupción empresarial (frondosa en tiempos de Menem y de la Banelco de De la Rúa), Sarlo no deslizó expresión alguna, uniéndose al larvado clasismo que desposita en la figura de Moyano todos los males habidos y por haber de la Nación.
Después, la escritora señaló que estamos ante “un gobierno que no dialoga”, como si estuviéramos ante una oposición que dialoga. Su razonamiento puede ponerse en estricto espejo: hace tanto que el gobierno no habla con la oposición, como que ésta no habla con el gobierno. Y si de “crispaciones” se hablara –aclaro que Sarlo no hizo mención al respecto- ellas serían también aplicables al ciego comportamiento opositor contra cualquier postura, opinión, iniciativa o política del gobierno nacional.
De la oposición, su confuso presente y su turbio pasado, Sarlo no encontró nada digno de señalar. El mal está de un solo lado. Aciertos del gobierno nacional, no marcó ninguno. Y así el final de su alocución, diciendo que “no se trata de ir para atrás, sino hacia delante” (de lo hoy existente) se hizo sumamente difuso. ¿Qué es “más adelante” si no se fijan los criterios desde los cuales se habla, cosa que Sarlo no hizo? ¿Más adelante para quién? ¿en qué sentido?
No sabemos. Parece que ella aceptara que este gobierno ha llegado a algún lugar del cual no es conveniente volver, pero no lo quisiera explicitar. Damos en creer que no se trata de reconvocar a la histórica derecha argentina. Pero si fuera para hacerlo a la tibia socialdemocracia o a la izquierda radicalizada, cabría preguntar a Sarlo qué capacidad y responsabilidad están exhibiendo hoy esas agrupaciones como para imaginarlas plausiblemente en posibilidad de hacerse cargo del gobierno nacional.