El día de hoy son muchos los que han afirmado que vivimos en un mundo más seguro luego de la muerte de Osama Bin Laden. Más allá de nuestros deseos, eso no es cierto. En primer lugar, por que Bin Laden nunca fue un solitario en una batalla individual sino el representante de un colectivo de personas que consideran que sus acciones están plenamente justificadas. Colectivo que probablemente reafirmó su percepción con la ejecución de su considerado líder y que posiblemente trate de reorganizarse y rearmarse para actuar. En segundo lugar su muerte no trae paz al medio oriente ni cambia la estrategia geopolítica de ninguno de los actores involucrados en el proceso. En tercer lugar esta acción puede dejar la sensación al pueblo norteamericano que la forma de resolver los problemas con aquellos considerados enemigos es el uso de la fuerza. Y en este proceso seguir invisibilizando las complejas consecuencias de las decisiones desarrolladas por el país en el medio oriente así como el rol que ha jugado históricamente.
La felicidad de un grupo de ciudadanos ante la muerte de Bin Laden no es de extrañar, de igual forma las fuertes palabras del Presidente Obama se enmarcan dentro de un contexto interno muy complejo. Ahora bien, dejando un poco el entusiasmo nacionalista y las peleas políticas internas es necesario avanzar en el reconocimiento de la presencia de tribunales internacionales de justicia que podrían haber jugado un rol clave en juzgar al reconocido principal terrorista del mundo. Osama y Obama son representantes de procesos históricos específicos y así deben ser reconocidos. Muerto Osama no empieza la paz, por el contrario, se inscribe un hecho más en una larga lista de hechos violentos donde los Estados Unidos han jugado acciones por lo menos controversiales.