La beatificación de Juan Pablo II

El sacerdote Vicente Reale opina, para MDZ, sobre la beatificación de Juan Pablo II, hecho que ocurrirá el domingo.

El próximo domingo, al despuntar el mes de mayo, será beatificado Juan Pablo II.

Sin dudas, un acontecimiento singular por varias razones: apenas han pasado cinco años desde su muerte, ejerció su tarea y misión en la Iglesia Católica a lo largo de veintisiete años, es el predecesor del Papa actual y su vida ha sido reflejo de distintas virtudes no exentas de la humana fragilidad que es connatural a todo ser humano.

Recordemos que la “beatificación” es el segundo paso eclesiástico para que una persona sea declarada santa por la Iglesia Católica. El primero es la declaración de “siervo de Dios” que, en este caso, fue realizada a los pocos meses de su muerte. Y la última diligencia es la “canonización” o declaración oficial de santidad del difunto Papa.

Personalmente, deseo rescatar tres aspectos destacables en la vida de Juan Pablo II.

1-      Su natural facilidad para conectarse y encontrarse con la gente. Sea a través de su palabra, de sus gestos o de sus actitudes. Era un hombre que se hacía querer a primera vista. Rasgo muy importante a la hora de evaluar su misión de evangelizador dentro de la comunidad católica.

2-      Sus Encíclicas Sociales (Laborem excercens, Solicitudo rei socialis y Centessimus annus) que fueron señeras en explicitar la nueva situación socio-político-económica del mundo globalizado, aportando buenos y sólidos criterios para el recto accionar social de los católicos y de toda persona de buena voluntad que deseara aportar su contribución en esta nueva etapa de la vida social mundial.

3-      Los últimos tiempos de su vida entre nosotros. He quedado muy impactado por su “estar al pie del cañón” hasta que el aliento y la palabra le fueron mezquinos. Ese llevar la vejez y la enfermedad con total dignidad y al costo de mucho esfuerzo. Aunque no pronunciara palabra. Derramando su vida interior a través de sus ojos y su mirada.

A muchos nos hubiera agradado que en el andar de la Iglesia Católica en estos tiempos, varias actitudes e intervenciones de Juan Pablo II hubiesen sido otras. Y es aquí donde entran a jugar muchas situaciones personales, institucionales y la ya nombrada debilidad y error humanos.

Porque, en el fondo, el único Santo es Dios, y toda santidad o bondad humana es un pálido reflejo de aquello.

Importa, entonces, destacar que la declaración oficial de Beato/a o de Santo/a de ninguna manera significa que sean las únicas personas que han trascendido en esta tierra y que, con nueva presencia, están junto a Dios y junto a nosotros.

Entre nosotros, y antes de nosotros, existen millones de personas buenas y virtuosas que perseverantemente y calladamente han estado y están ayudando a nuestro mundo a ser un poco mejor y a que cada vez más acertemos por el camino de una mayor justicia, dignidad y mejor vida para todos. Para mí, esta es la “santidad primordial” fundada en el amor y en la tarea de cada día.