La lógica del insulto

Hace unos días Jorge Lanata afirmó que los periodistas oficialistas son “ratas de cuarta” . No abriremos aquí juicio sobre Lanata, sus productos ni sus dichos. Usamos la noticia como caso paradigmático que refleja miles.

Ratas de cuarta no es un argumento, es un insulto.

Frente al insulto, uno siente. No piensa, siente. Los sentimientos circulan por carriles distintos a la razón. El odio es un sentimiento que se manifiesta de varias maneras, una de ellas el insulto.
Si se polemiza en términos de insultos se degrada la escena pública, aquellos ámbitos en que se manifiestan ideas sobre lo público y lo político y se carga de violencia simbólica el debate (debate que no es sino intercambio de insultos en ese caso).

Observamos que, como Lanata, las oposiciones en Argentina privilegian el insulto al argumento. Como dijimos, esto obtura la deliberación, la discusión política con alguna preeminencia de la lógica.

Uno de los modos del insulto ha sido la descalificación ad hominen, no discutir el argumento sino que quien dice está descalificado por algún motivo.

Por cierto, no siempre es irrelevante quién dice lo que dice. Sólo un par de los casos que hemos visto: militantes de derecha que definen “cuanto de progresismo tiene este gobierno”,  enemigos manifiestos de las políticas de verdad y justicia que cuestionan “el uso político de los derechos humanos”. ¿Quiénes cuestionaron la “demagogia” de las políticas de derechos humanos? ¿Fueron los organismos? ¿Fueron las madres, las abuelas? No, ellos no cuestionaron, al contrario están felices; fueron dirigentes políticos que no han demostrado su compromiso con el tema o peor, enemigos de los Derechos Humanos. Es decir, en casos así hay razonabilidad en mirar la fuente y analizar la compatibilidad entre quien habla y lo que dice desde una perspectiva actual y relativa a la posible falsedad del argumento que se sostiene. No obstante ello no invalida la crítica. Lógicamente es necesario reconocer el sesgo interesado no siempre expuesto con honestidad intelectual.

Hay un tipo especial de argumentación que funciona en realidad como un insulto. Referimos a la búsqueda de un esencialismo que es supuestamente contradicho por algunos de los meandros del devenir individual.

Por ejemplo conocemos personas preocupadas por hallar cosas tales como un apoyo de Néstor Kirchner a la privatización de YPF o por mostrarlo en una foto cerca de Menem. Y cuando pueden hilvanar su puñalada se sienten en la gloria. Han demostrado su punto.

Los ejemplos que conocemos recurren en todos los casos a interpretaciones amañadas, relaciones forzadas, análisis parciales, para nada concluyentes; pero concediendo que encontraran lo que buscan, ¿qué encontraron? ¿Qué clase de argumentación están proponiendo?

Lo que habrían demostrado (en su código) sería algo como “estamos ante un individuo mentiroso” o “estamos ante un incoherente” o alguna otra descalificación.

Por eso decimos que esta argumentación funciona como un insulto. Pretenden haber encontrado un elemento que descalificaría a la persona como interlocutor. Una construcción autoritaria que impide el reconocimiento de la existencia y derechos del otro, necesario en democracia.

Lo más impactante es que no sabemos si ellos, los que acusan, están a favor o en contra de que se privatizara YPF, no sabemos si simpatizan o no con Menem o si les interesa la política de Derechos Humanos. Cuando tienen que definirse al respecto muestran ellos mismos sus incoherencias.

Todos tenemos nuestras incoherencias. Es perfectamente imposible la absoluta coherencia en todos los actos de nuestra vida. Somos de los que asignamos importancia a la coherencia; no tomamos livianamente la cuestión, pero en el reconocimiento de que es una búsqueda utópica. Y cuando se quiere hacer uso político de un elemento personalísimo como la coherencia se incurre en una apropiación falaz.

¿Cómo decirlo? No pueden seguir discutiendo a Kirchner, a quien el pueblo ya ubicó entre los líderes populares amados; ahora pueden, como debieron hacer siempre, intentar discutir argumentos. Ni más ni menos que lo que corresponde.

Atravesamos un tiempo fértil para deconstruir y reconstruir sentidos y configuraciones sociales en clave de una nueva legitimidad popular.

La lógica del insulto ha sido una de las claves para entender el tiempo reciente en trance de cambio.

Sería importante un ejercicio de introspección de los muchos que se convirtieron en reproductores del insulto y del odio con esa enorme cantidad de cadenas de mails y comentarios virtuales entre otros elementos, que fueron violentos, clasistas, racistas y antidemocráticos, que estuvieron inscriptos en la lógica del insulto y no del debate. Es cierto que fue una operación semióticamente planeada e implementada por la posibilidad de la concentración mediática pero eso no nos exculpa personalmente.

Los rótulos, etiquetas, descalificaciones, no alcanzan para dar cuenta o esquivar los debates faltantes. Pensar lo que hicimos y lo que nos hicieron sirve para construir la nueva deliberación. Un debate que no será seguramente el gobierno de los filósofos ni se concretará en un ágora ideal pero que debe contar al menos con ciertos marcos lógicos, materiales y fácticos.