La horrible campaña de los candidatos mendocinos

No está en debate un proyecto para Mendoza, simplemente se juega una carrera por convencer de que el otro candidato es peor. A menos de diez días de las elecciones, la campaña proselitista está desperdiciada y quien gane no sabrá qué hacer. "Ya se verá después".

Queda poco más de una semana para que haya elecciones. Es la oportunidad de elegir a quienes gobiernan y también a quienes equilibran las decisiones del Gobierno, fortaleciéndolo o bien controlándolo desde los cuerpos legislativos.

Algunos ven, además, la oportunidad de premiar o de castigar, según crean que corresponda.

La etapa previa, en la que estamos inmersos ahora mismo, es la de la “campaña proselitista”. Por definición, es el momento en el que los aspirantes buscan captar adeptos.

El término “proselitismo” proviene del latín eclesiástico prosélytus, que a su vez proviene del griego προσήλυτος /prosêlütos/ ‘nuevo venido (en un país extranjero)’, y, por extensión, "nuevo venido" (en una religión).

Originaria del cristianismo, la palabra que califica a la campaña pública define a la búsqueda de “conversos”, y se basa en la capacidad de convencer a los descreídos.

El paso del tiempo ha ido perfeccionando las técnicas y hoy hay manuales con atajos completos para llegar al corazón del votante sin la necesidad de hacer escala en el cerebro. “Lecciones aprendidas” en miles de situaciones similares en todo el mundo generaron la experiencia de “vender” a los candidatos.

El extremo de esta tarea es la consagración del candidato como un “producto” y, por lo tanto, “deseable”, “recomendable”, atractivo y subyugante.



Como dice Ignacio Ramonet, una de las funciones de la publicidad es generar frustración, para así buscar los caminos para satisfacerla y así sucesivamente, porque el mundo viene duplicando en los últimos siglos su población cada 50 años y a toda esa gente hay que encontrarle trabajo y entretenimiento, básicamente, para que su vida tenga sentido material.

Tal vez por esta última razón, traducida al “mendocino básico”, esta campaña proselitista vernácula se ha centrado en generarle al electorado dudas en torno al otro más que convicciones en torno a las capacidades propias.

De alguna manera, esta provincia, que alguna vez fue considerada como “una isla de la transparencia” y que muchos todavía nos atrevemos a defender (claro que frente a frustrantes experiencias vecinas) como “un lugar de institucionalidad”, metió a los principales aspirantes al sillón de San Martín a un chiquero.

“Revolcados en el mismo lodo”, como dice Cambalache, igualados en la mezquindad, los candidatos se han acusado mutuamente y arrojado contra sus rostros el pasado lejano y el presente menos querido.

Las propuestas, en tanto, han surgido a regañadientes y, en general, por reclamo expreso de organizaciones empresariales, no gubernamentales y medios de comunicación. Ni se tomaron el trabajo de elaborar y distribuir sus propias propuestas, aunque algunos que lo hicieron fueron denunciados del tan berreta como contemporáneo “copy and paste”, ya sea de plataformas de años anteriores como de las pertenecientes a otros partidos: una chanchada.

Ninguno de los tres principales aspirantes puede mirar para otro lado ante esta triste realidad. Valga un repaso:

El Partido Demócrata eligió a su candidato a gobernador en medio de un escándalo interno, plagado de acusaciones. Lo sacó de la pantalla de un canal porteño, ya que Luis Rosales vive en Buenos Aires desde hace 15 años.  Se alió al peronismo disidente de los hermanos Rodríguez Saá y al PRO, en una mezcla que todavía muchos de sus integrantes no saben/no quieren/ no pueden explicar. Esto aunque Gaído, el propio presidente interino del PRO en Mendoza, es candidato de otra fuerza, Unión Popular, los duhaldistas que, además, llevan al vicegobernador Cristian Racconto de candidato, aunque éste y Gaído –su candidato a gobernador- no se hablen. Rosales se colgó del buen resultado en las primarias abiertas de Rodríguez Saá, aunque éste obtuvo más de 20 puntos menos que Cristina Fernández de Kirchner en Mendoza. Es casi imposible entender la alianza de un partido que dice defender la República y las libertades como es el Demócrata con el proyecto de los hermanos Rodríguez Saá, uno de los gobiernos más autoritarios y feudales de la democracia argentina. Más difícil aún es comprender las rebuscadas explicaciones de sus dirigentes, que dicen que les gustan las obras públicas pero no el autoritarismo de los hermanos puntanos. Para terminar, el PD salió a prometer cosas irrealizables que, a fuerza de ser sinceros, tememos que se traten simple y llanamente de mentiras. Y ahora, en la última etapa de la campaña, se dedica a mostrar fotos de Iglesias con de la Rúa y de Paco Pérez con Celso Jaque.

El radicalismo obtuvo a su candidato como resultado del “empaque” de Roberto Iglesias, quien se empecinó en disputar la gobernación una vez más (la tercera, ya que fue gobernador en 1999 y en 2007 le quitó la chance de ganar a César Biffi, de su propio partido aunque aliado con Kirchner). Cedió el otro candidato, Alfredo Cornejo, y terminó siéndolo. Pero la mala performance de su candidato a presidente, Ricardo (el hijo de) Alfonsín lo obligó a despegarse de él llamando al corte de boleta, la gran propuesta de su campaña. Claro que, además del peso en contra del bonaerense, lo que lo empuja a esto es algo también cuestionable: el simple arrastre de Cristina Fernández a favor de todos los candidatos del justicialismo, sean cuales fueren. Lanzó su propia campaña sucia: gasta plata y tiempo en mostrar lo que es obvio: a Paco Pérez junto a Celso Jaque, algo que, hay que decirlo, no le causó ninguna suspicacia al radicalismo (y en especial al referenciado por Iglesias) durante casi todo el mandato del malargüino, de quien se mostró más de una vez como aliado legislativo antes que como adversario.

El oficialismo, en tanto, esperó la designación de su candidato a la Casa de Gobierno desde Buenos Aires, en una lotería interna en la que no participaron los afiliados, igual que sucedió con el radicalismo y los demócratas. La principal propuesta de campaña es recordar el recorte realizado a los empleados públicos durante el gobierno de Iglesias, en plena crisis del 2001, y,  sobre todo, colgarse de la imagen presidencial y entregarse a los designios porteños, sabedores que navegando con “viento sur” es más fácil llegar a un buen resultado que enredándose en la discusión de ideas, propuestas y proyectos que, en definitiva, pueden evocar negativamente al pasado o transformarse en una promesa incumplida más, como tantas otras. En el medio de la campaña, vale la pena recordarlo, Iglesias y Pérez se "fumaron" en una pelea adolescente la posibilidad de tener una minería en serio.

Así planteadas las cosas en un rápido sumario, a 10 días de las elecciones es difícil que los candidatos den la cara con un plan serio de gobierno, con el nombre de sus equipos y las garantías de que avanzarán en políticas de Estado. Resulta, de este modo, imposible que esperemos acuerdos entre los partidos políticos: no está en su agenda. Mandan las encuestas, los gurúes del marketing político y la publicidad que publicita la nada.

Este período de “convencer al electorado” implícito en la oportunidad del proselitismo es utilizado, entonces, como el espacio para “convencer de que no voten al otro”. Increíble tergiversación de una de las oportunidades más interesantes que nos da el atrasado sistema democrático en una provincia que no renueva su Ley Electoral ni crea instituciones modernas y que se aferra a una “democracia de los mismos”, cada vez menos “republicana” y “representativa” y para nada una “democracia participativa”.

No hay un proyecto para Mendoza.

Con los candidatos revolcándose en el lodo, lo más probable es que, en la intimidad, triunfe un “ya veremos” a la hora de pensar qué será de los destinos de esta provincia en caso de que a alguno le toque gobernar.

Una oportunidad perdida que no debe dejar de ser señalada como tal. Porque algún día tendremos que superar la adolescencia y dar algún signo de madurez política.