Hace unos días, caminando por el centro, y quizá potenciado por el olor a tortitas que salía de una panadería, un recuerdo de la infancia me bloqueó los pensamientos: me acordé del señor que iba con su bicicleta, casa por casa, vendiendo yogurts y postrecitos. Estoy intentando buscar en mi mente el nombre del oficio de ese repartidor, que no era el lechero, ya que creo recordar que leche no llevaba, solo yogurts y postrecitos.
Pero más allá del (digámosle) yogurtero, en este siglo XXI que nos acompaña me dieron ganas de comerme un yogurt por lo que, a falta de repartidor, me dirigí al super más cercano para satisfacer esa necesidad imperiosa aterrizada desde la lejana niñez. Ya en la puerta del local, y habiendo adquirido (a fuerza de años y retos convenientes) las reglas sociales correspondientes, agregué a la lista de compras un dentífrico, para solucionar los inconvenientes bucales que me generarían la ingesta láctea que pensaba realizar.
Así fue como ingresé al super y me dirigí a la heladera de los derivados de la leche, para descubrir algo tremendo: había decenas y decenas de yogures…¡qué fácil que era cuando el repartidor llevaba solo de frutilla y vainilla! En fin, superado el enojo de tener que decidir, y oponiéndome mentalmente a realizar esta tarea, estiré la mano para tomar el más cercano. Ahí descubrí que no era un yogurt común, sino uno destinado a evitar el “tránsito lento”. ¿Y qué es esto del tránsito lento?, pensé en voz alta, lo que generó la respuesta de una viejita que iba pasando, mientras se agarraba la cabeza por el precio de la comida para gatos: “tránsito lento es cuando no puede ir de vientre, m´hijito”, me dijo la señora, anticipándome que no era ese el yogurt que yo buscaba.
Pasé al de al lado: “Con vitaminas de la A a la Z”, decía, y yo que creo andar bien (en sentido vitamínico al menos), lo dejé para optar por el tercero de la fila. Cuando leí que ese estaba reforzado en calcio, me asusté…¿estaré en la heladera de lácteos o en la farmacia? Me alejé para corroborar que era el sitio correcto, y seguí leyendo en los envases que completaban la fila: el siguiente tenía el valor calórico reducido, el otro ayudaba a reforzar las defensas naturales del organismo…¡Yo solo quería comer un yogurt! ¿Me pedirían la prescripción médica al pagarlo? ¿Lo cubrirá la obra social?
Me dirigí desesperado hasta los dentífricos, para descubrir horrorizado que la cosa no se circunscribía solo a los lácteos: aún dentro de la misma marca, estaba el que prevenía contra placa, contra gingivitis, el de aliento fresco, el de blanqueamiento dental, el antisensibilidad, antimanchas, antisarro, esmalte débil y finalmente uno que conocía: dentífrico anticaries…¿pero no eran todos anticaries?¿Todo eso tengo en la boca?
Finalmente, y con las manos vacías, salí a la vereda. Crucé la calle y me compré un pancho en el carrito de la esquina, aprovechando la falta de controles sobre la sanidad que, al menos, me garantizaba una enfermedad a la vieja usanza…