Más allá de los múltiples juicios que podamos hacer los argentinos al período kirchnerista, nadie podrá negarle jamás que le devolvió a la sociedad argentina el valor de la política como herramienta de transformación y del debate de ideas. Eso se respira en las calles, en los cafés, en las reuniones familiares, en las colas de la panadería. Todos, después del largo adormecimiento impuesto por el neoliberalismo y el individualismo cultural, hemos recuperado la capacidad de discutir y movilizarnos para defender las posiciones políticas que creemos correctas. Los que estamos a favor del Gobierno, los que lo apoyan solo en ciertas cosas y los que están decididamente en contra.
La discusión de proyectos y modelos de país es valiosa siempre. La democracia es precisamente eso. En todas las sociedades hay conflictos y disputa de intereses. Y es legítimo luchar por ellos. Pero de ahí a la mentira y a las operaciones mediáticas para instalar climas que no son reales, hay una gran distancia.
El Director de MDZ, Ricardo Montacuto, escribió una nota en la que, desde el título, confiesa una clara intencionalidad: “No van a parar hasta que haya un muerto”. Luego señala: “El clima de violencia política e intolerancia baja desde el poder, enviando mensajes terribles a la sociedad.” Ésta última frase la comparto en su totalidad. Solo que presiento que Montacuto y yo tenemos apreciaciones distintas sobre quién todavía detenta un poder capaz de generar esa violencia a través de rasgos concretos de intolerancia.
El cronista relata una serie de elementos sesgados, que ocultan información y predisponen al lector a tener una visión distorsionada de la realidad. Cita la torpeza del Jefe de Gabinete, de sumarse en un duelo verbal con el diputado Fernando Solanas (quien recientemente ha sumado entre sus admiradores al procesista Mariano Grondona), pero omite que el verborrágico cineasta, antes de haber sido llamado “garca” por Aníbal Fernández, lo había acusado a éste de “ministro delincuente” sin más precisiones ni fundamentos.
En la nota, el periodista, da por sentado que Guillermo Moreno mandó una patota a interrumpir la presentación de un libro crítico sobre el Indec, sin aportar ninguna prueba. ¿A quién le conviene el escándalo de la Feria del Libro? ¿Al Gobierno, que está siendo acusado por todo el periodismo opositor de pretender amedrentar a un periodista autor de una publicación crítica hacia el organismo de estadísticas o al autor de la publicación que ha obtenido una notoriedad inesperada y a los medios concentrados que quieren instalar una imagen temeraria del Gobierno? ¿Tan torpe puede ser el marido de la Presidenta “que opera desde las sombras de Olivos”?
También enmarca éstos sucesos en una atmosfera ficticia de nerviosismo y tensión impuesta por la supuesta amenaza a los “periodistas independientes” del Grupo Clarín, señalados en un afiche anónimo como cómplices del encubrimiento de los delitos de su dueña. A ésta altura de la lucha dialéctica, a nadie le costaría mucho esfuerzo señalar a algunos cómplices del monopolio como encubridores de una gran mentira, sin necesidad de apelar a la cobardía del anonimato. No es necesario ese anonimato, precisamente porque hay sobrada libertad de expresión y vigencia plena del estado de derecho. Repito la pregunta: ¿A quién le convienen los afiches? ¿Al “perverso tirano santacruceño”, quien ahora es acusado por esos periodistas como el Hitler del siglo XXI o al Grupo Clarín que ha corrido el eje del debate y logra apartar la imprescindible discusión sobre la aplicación de la ley de medios de la democracia? Insisto: ¿Tan torpe es el Señor K?
Para concluir el párrafo dedicado a los periodistas de Clarín, Montacuto culmina con una frase alevosa donde afirma que, señalar a los empleados de Ernestina Herrera de Noble, tienta a la “exaltación del crimen contra el que opina, el que escribe, el que piensa distinto.” Es decir, coloca en lugar de víctimas a los cómplices de los victimarios. Alguna vez, en éste país, se cometieron crímenes (y de lesa humanidad) contra los que pensaban distinto. El imperio multimediático de la señora de Noble sólo puede entenderse como tal, si desnudamos la oscura trama que los relaciona con la dictadura genocida. El caso de Papel Prensa es paradigmático, sin afirmar –solo por cuestiones jurídicas- lo que todos sospechamos respecto de Felipe y Marcela Noble Herrera, tema que los adalides de la libertad, a los que Montacuto defiende, minimizan, evaden, distorsionan y empantanan.
Eso hubiera sido lo más grave de todo lo que escribió, sino hubiera tenido la poco feliz idea de utilizar una frase del represor Alfredo Astiz para compararlo con las Madres de Plaza de Mayo. Hebe de Bonafini es una mujer polémica, no hay grises entre sus apreciaciones y en las apreciaciones de los demás hacia ella. Con todo lo que se pueda estar en contra de ella (yo la respeto, la quiero y la valoro) es solo producto de la perversión emparentar a éstas mujeres, que son un ejemplo universal de lucha por la justicia y la verdad, con el monstruo que se infiltró entre ellas.
Hebe, acompañada de artistas, intelectuales, comunicadores y organismos de derechos humanos quiere llevar a cabo un juicio simbólico a los que, en nombre del periodismo, fueron cómplices de los asesinos que impusieron el genocidio y un modelo económico devastador para la gran mayoría de los argentinos. A muchos les puede gustar el acto y a otros no, pero la señora de Bonafini también tiene derecho a la misma libertad de expresión que sus detractore
En fin, la tesis que pretende sostener el cronista sobre la instalación de un clima de violencia y crispación por parte del Gobierno, es falsa.
Es falsa porque desde medios opositores se ha llegado a presentar una tapa de una revista retratando a Néstor Kirchner como jerarca nazi, o acusar a Diego Gvirtz, productor de 6-7-8 (esa pequeña isla solitaria frente al arsenal mediático de la derecha) como el Goebbels del kirchnerismo; es falsa porque pasa por alto que éste Gobierno jamás reprimió las protestas sociales, ni siquiera cuando durante cuatro meses los dueños de la patria sojera amenazaron la soberanía alimentaria de los argentinos; es falsa porque es éste Gobierno el que se animó a derogar las leyes de impunidad que dejaban libres a los represores; es falsa porque los que reprimieron al pueblo mientras se escapaban en helicóptero, los responsables del asesinato de Kosteki y Santillán, los amigos de Videla y Martínez de Hoz, los que encubrieron el atentado a la AMIA y los que defienden la institucionalidad de los jueces procesistas, están todos del otro lado.
Entonces, volviendo a mi afirmación original, estoy convencido de que hay un poder que pretende generar ánimos crispados. Pero no es el Gobierno peronista el que se beneficia con ese clima, sino sus enemigos, los que quieren que nada cambie, los charlatanes del consenso con los poderosos, los defensores del status quo y los privilegios de pocos.
Debido a eso, sostengo que un escenario de barbarie solo puede ser producto de los que ejercen el terrorismo mediático a través de mensajes terribles, los que planean operetas de cuarta de la más baja calaña, que convierten a vicetraidores en próceres y atentan contra la libre expresión de los que pensamos diferente del relato oficial de la derecha mediática.
Por ello apelo a la honestidad intelectual del autor de esa olvidable nota, a que ejerza con toda libertad su rol de periodista, que opine con absoluta sinceridad parado desde las ideas que más le plazcan, pero que lo haga desde la verdad, desde el aporte constructivo e imitando la ética periodística de valiosos colegas suyos como Rodolfo Walsh y no la de Amalia Granata.
No necesita, ni Ricardo Montacuto, ni nadie, apelar a un título innecesario, anunciando una muerte, para sostener una postura crítica o diferente. Con la muerte no se jode. Y más, cuando en la historia no muy lejana, muchos de los que promovieron climas violentos contra la democracia y el pueblo argentino, se cobraron muchas muertes. Fueron treinta mil.