Un día de mierda

Que bajen los pájaros de los árboles y los cables, que bajen ya mismo; es un ruego, una súplica. No canten hoy, no se muestren hermosos; dejen por unas horas pasar la hediondez del recuerdo.

Sí, el 25 de marzo de 1976 fue un día de mierda. El día menos pensado, el día menos esperado en la mañana más brutal del otoño asesino. No cayeron hojas bajo un sol radiante. Se desmoronaron los arboles, de la raíz hasta fruto. Fue un día perverso. El peor desayuno, el vómito y la nausea. Y muchos se confundieron y batieron cacerolas pidiendo armas y ocupación en la calles. Cívicos y militares unidos en un día patético. Ojo ayer, ojo hoy, ojo mañana.

Se respiraba la muerte como si este mundo fuera un inmenso cementerio. De la noche no se hizo la luz. La noche no parió la esperanza. 25 de marzo del 76, el comienzo de la redada estatal. La búsqueda desesperada de escondites, los adioses en la huída, las despedidas sin besos, los amores perdidos, los niños eternos que no volvieron jamás.

Y mucha sociedad, “alta suciedad” de festejo se identificaba con los protagonistas de la película, con las tapas de los diarios, con la nueva era. ¿Quién oyó los gritos de los torturados? ¿Quien quiso oír los llantos de los allanados? ¿Quién puta prendió la radio o la tele para dormir un sueño de años de silencio? La vida en la picota; mientras, la viejas barrían la vereda y le pasaban lampazo con querosene a las baldosas. Todo limpio y limpieza. Escoba y lampazo, mucho lampazo. Brillante para que brille.

El vecino era montonero, el lustrabotas era comunista, el pibe que tocaba la batería era subversivo. Algo habrán hecho entonces por pensar cosas raras, distintas, burlando el sentido común. Si el 24 de marzo es el día de la memoria, entonces declaremos al 25 de marzo “El día de mierda”.

Que bajen los pájaros de  los árboles y los cables, que bajen ya mismo; es un ruego, una súplica. No canten hoy, no se muestren hermosos; dejen por unas horas pasar la hediondez del recuerdo.