Sobre Adán, Eva y el padre Reale

Ayer este mismo diario publicó una nota donde el padre Vicente Reale reflexionaba sobre el pasaje bíblico de Adán y Eva. Debo reconocer anticipadamente que todo lo que allí quedó escrito llamo poderosamente mi atención, pero por respeto a las dos Santas Patronas de la divulgación (Brevedad y Claridad) voy a replicar solamente dos de esos tantos aspectos.

En primer lugar, el padre Reale teorizaba que el relato de Adán y Eva busca –entre otras cosas– inculcar la noción que el hombre debe usar bien el don de la libertad si no quiere condenarse. Mientras leía esto no pude evitar preguntarme si se refería al mismo relato que yo había aprendido en la catequesis durante mis años mozos. Porque lo que a mi me enseñaron por aquellos tiempos es que Jehová condenó al primer hombre y la primera mujer por haber desobedecido su orden de no comer del árbol del conocimiento del bien y del mal. Pasemos por alto el hecho que el Jehová parece disfrutar viendo a la humanidad sumida en la “ignorancia” y centrémonos en la siguiente cuestión: si Adán y Eva tenían vedados los frutos del árbol del conocimiento del bien y del mal, ¿cómo rayos iban a saber la diferencia entre uno y otro y, por lo tanto, darse cuenta que desobedecer a Dios era condenable?, ¿el libre albedrío no consiste precisamente en saber la diferencia entre bien y mal para tener la posibilidad de identificar y elegir el mejor camino? Adán y Eva no tuvieron esa posibilidad así que –por regla de tres simple– de lo que menos trata el relato bíblico de su creación es del buen uso de la “libertad”.

El segundo asunto que me gustaría tratar no es un nuevo lapsus sino una contradicción del padre Reale. Palabras más o menos, al promediar la nota que estamos comentando sugiere que la religión no debería inmiscuirse en el ámbito de la ciencia y viceversa. Pero, quizás sin advertirlo, cinco líneas más abajo se despacha hablándonos de una fuerza superior que le da su ímpetu original al “big-bang” y a la evolución de las especies. ¿Donde está la contradicción? Pues que de eso se ocupa precisamente la ciencia: causas produciendo efectos concretos en el mundo real. Así que cuando mi interlocutor habla de fuerzas superiores que intervienen e impactan en el funcionamiento de la naturaleza, está defendiendo una hipótesis científica y –en consecuencia– inmiscuyéndose en un ámbito absolutamente vedado para un religioso como el mismo acababa de confesar.