Más allá de los partidos, enlaces, alianzas y grupos; en la Argentina actual hay dos bloques políticos delineados, claramente: el oficialismo y sus críticos orgánicos (dentro de los cuales me siento parte) y los supositores y sus órganos críticos. Sería necio y obcecado negar los errores de este gobierno; la excesiva concentración de las decisiones sin apelar a las bases que lo sustentaron desde el 2003, la falta de voluntad política para profundizar cambios en las estructura económica que sigue beneficiando a una minoría, así como las desavenencias comunicacionales que terminan dando letra y música a sus enemigos.
El oficialismo ha perdido claramente a la clase media argentina desde hace, al menos, un año y medio (todavía rectora del termómetro y animo social que repercute en los medios) y, de a poco, se le van despegando algunos sectores empresariales del establishment que otrora comulgaban con el rumbo económico que los beneficiaba sin aprietos. No obstante, tampoco podría negarse algunos avances importantes en materia cultural (la televisión pública cada vez es una mejor oferta de calidad, y, Radio Nacional, ha logrado conformar una programación de lujo luego de tanto folclorismo estanco) A ello debemos sumarle la producción de cine nacional que logra reconocimiento mundial.
En materia de derechos, nadie puede discutir la creación de un Instituto contra la discriminación (INADI) que vela por empoderar de ciudadanía a las minorías; el impulso del debate sobre la despenalización del consumo de drogas y la necesidad de legalizar el aborto ante tantas muertes por su práctica clandestina. Medidas que cualquiera admira en países nórdicos pero que aquí, parecieran, no cuajar con el pensamiento de muchos opositores laicos y seudoprogresistas. Apoyar medidas en Copenhague o en Oslo es mucho más fácil que reconocerlas aquí, en la Argentina. Siempre fue así.
La política de derechos humanos del gobierno es uno de los grandes logros del periodo democrático desde el 83 a la fecha. Se derogaron las leyes de obediencia debida (concesión de Alfonsín a los militares) y la de punto final (concesión de Menem a los militares) No hay que olvidar que fueron escasísimas las acciones represivas contra sectores movilizados en estado de protesta social; inédito, si tomamos en cuenta lo que anteriores gobiernos hicieron en esa materia. No olvidemos la imagen del bravucón De Angeli cuando lo sacaron de la ruta los gendarmes haciéndole upa o sillita de oro.
Sumemos: se derogó la “ley de flexibilización laboral” dictada por el gobierno de De La Rúa, tras lo cual, hoy, hay paritarias y negociación salarial entre sectores representativos, y no decisión arbitraria del empresario que tiene como cultura, y variable de ajuste, el salario y el trabajo. Es un avance muy importante en 6 años, cuando nadie lo imaginaba. No obstante ello, el coro de sirenas opositoras siguen fogoneando la idea peregrina de que vivimos en dictadura. Desopilante. La crispación social y política, pareciera ser solo un atributo del oficialismo. Hoy por hoy cualquier medida del gobierno significa (para la oposición mediático-política) crispar los ánimos.
Del otro lado del mostrador, los supositores. No llegan a ser opositores. Sino más bien, una mezcla de supositorios que se diluyen en el inodoro. Disculpen la metáfora. Supositorios a cualquier precio. Supositorios o enemas de aceite. Carrió contra Cobos, Cobos contra Carrió. De Narváez contra Cobos, Morales contra Solá. Sanz con pudores, como si no hubiese apoyado a gobiernos que aplicaron medidas antipopulares. Todos aparentan tener el culo limpio. Reuteman. Duhalde. Y todos, en un intento por obturar la memoria, hacen como si hubieran nacido ayer anunciando la nueva política. Y los medios también.
Libertad de prensa hay, es más, tanta libertad de prensa hay que todos piensan lo mismo; o casi todos. Lo cual es raro, porque la uniformidad de pensamiento mediático atenta contra la diversidad de opinión de la ciudadanía y de los periodistas que trabajan en los medios. Y, como sabemos, no todos los periodistas que piensan distinto a lo que piensan sus patrones pueden decir lo que piensan.