El siguiente es un fragmento (con leves modificaciones), de la carta al Arzobispado de Mendoza, enviado en forma personal.
A pesar de la contestación inmediata recibida desde esa institución y dado que las justificaciones y explicaciones dadas a mis comentarios aún no me satisfacen, decido hacerlo público al texto con el mayor de mis respetos:
Al Arzobispado de Mendoza:
A pesar de no sentirme parte de la iglesia, permítanme hacerles llegar algunas reflexiones.
Hace varios días escuché con dolor el comunicado del Arzobispado de Mendoza, emitido por un canal local de TV, relacionado con las denuncias hechas por el padre Vicente Reale sobre el funcionamiento de la Dinaf. En él se ponía en conocimiento de la sociedad que las declaraciones del sacerdote eran vertidas por él en forma personal, desde su situación de ciudadano. Y que la iglesia seguiría atenta el curso de los acontecimientos.
Escuché con dolor, pero sin sorpresa.
Con dolor, porque pertenecí y fui formada en la Iglesia Católica.
Sin sorpresa, porque desde hace más de treinta años me alejé de ella por sentir, en muchas ocasiones, su falta de compromiso para tomar, públicamente y desde las jerarquías, una posición en defensa de los más débiles. Fuera cual fuese su debilidad…
Entiendo que la caridad ayuda, pero no basta; que los buenos consejos en las homilías están bien, pero no son suficientes; que no se puede estar con los más débiles, y a la vez con quienes provocan o son cómplices en esas situaciones de debilidad.
El padre Reale reconoció públicamente que sus denuncias eran realizadas en forma personal, como ciudadano, como es su derecho. Que al hacerlo no buscaba la protección institucional de su Iglesia. Pero yo hubiera preferido escuchar en el comunicado eclesial algo así como: “si bien el sacerdote hace las denuncias desde su lugar de ciudadano, su Iglesia, reconociendo el compromiso social por los más débiles puesto de manifiesto por este hermano, no puede permanecer al margen de esta situación y, teniendo en cuenta la gravedad de sus denuncias, colaborará con él por el bien de los niños y de la sociedad toda”.
En verdad, mucho mejor habría sido, hace más de un año, cuando salieron a la luz las primeras denuncias del padre Reale, que la iglesia se hubiera comprometido con el caso, y hubiera denunciado junto con él, algo que estaba y está a la vista de todos los que querían y quieran ver: deficiente atención a los menores en riesgo social, pésimas condiciones de vida de los niños a cargo del Estado, etc…
Sin duda esto habría sido comprometerse, correr riesgos…
Enfrentar y arriesgarse a ser enfrentado.
Así como la iglesia católica reacciona inmediatamente cuando entiende que la sociedad se equivoca en cuestiones morales, yo esperaba también que reaccionara públicamente ante el abandono de los niños más necesitados. Eso también es una cuestión moral.
Reconozco que ese compromiso hacia los más débiles lo tuvieron y tienen, felizmente, algunos laicos, sacerdotes y obispos de la Iglesia Católica. No puedo dejar de pensar en tantos que ofrecieron y ofrecen su vida por seguir los pasos de Jesús. No puedo dejar de pensar en Angelelli, o en Romero, por citar algunos.
A pesar de haberme alejado de ella, sigo soñando con una Iglesia oficial más semejante a la comunidad que propuso Jesús.