Cuando con mis veinte años viví los acontecimientos de semana santa que desembocaron en las leyes de obediencia debida y punto final, sufrí mi primera desilusión con Alfonsín. Yo era un joven radical que se había afiliado apenas cumplidos los 18, aún antes de sacarme el carnet de conducir, porque en esa época la urgencia de la mayoría de edad pasaba por participar de la vida política del país, y en mi caso específico, participar en la UCR de Alfonsín.
Y ahí estábamos miles y miles de argentinos, esperando la orden del Presidente para entrar a sangre y fuego a los cuarteles, a terminar con el poderío militar que todavía existía, para que nunca más un golpe de estado fuera una opción, para que el descrédito de esos asesinos fuera mayúsculo. Si yo hubiera sido Presidente, habría dado esa orden al pueblo. Habría sido una matanza descomunal, pero al fin las fuerzas populares habrían tirado por tierra las ambiciones de los uniformados.
Y resulta que dos décadas después, debo admitir que Alfonsín logró exactamente lo que yo quería, aunque a un costo bastante más bajo. Sin derramamiento de sangre, sepultó las esperanzas futuras de los militares como opción política, y sumió en un descrédito y un repudio absoluto aún a aquellos que quedaron libres, generando un rechazo de la sociedad hacia ellos que los ha convertido en verdaderos parias.
Se compara en estos días el Juicio a las Juntas con el Juicio de Nüremberg contra los nazis luego de la Segunda Guerra Mundial. Pero no se marcan algunas diferencias fundamentales. Más allá de la definitivamente mayor trascendencia que tuvo para el planeta lo actuado en Nüremberg, en aquel caso un tribunal internacional juzgó a asesinos ya vencidos. En nuestro país, argentinos juzgaban a otros argentinos que, lejos de haber entregado las armas, contaban en esos días con grandes simpatías en los cuarteles, por lo que el riesgo de que regresaran al poder, a diferencia del caso de los nazis que estaban en franca retirada, era una posibilidad latente y presente. ¿Que hubiéramos querido más? Sin duda. Queríamos que el Presidente fuera Superman. Pero si en vez de buscar la perfección comparamos lo logrado con lo que ocurrió en otros países, debemos sacarnos el sombrero ante lo actuado. Nadie tocó en la región a los golpistas, y hasta en el país hermano de Chile siguieron aplicando la Constitución de la dictadura pinochetista, que entre otras cosas les daba cargos de Senadores vitalicios a los represores.
Cuando en el 89, luego de perder las elecciones, Alfonsín entregó el poder al innombrable antes de lo previsto, tampoco estuve de acuerdo con él. Su actitud ayudó a que los radicales cargáramos con ese mote de que somos incapaces de terminar un gobierno. Yo me habría quedado, hasta el último día, resistiendo los embates de los grupos económicos (y de buena parte de la sociedad) que aprovechando el resultado electoral adverso a la UCR atacaban con palabras (y con hechos) a los últimos resabios del alfonsinismo. Él en cambio, se cargó encima la mochila de la culpa, la mofa del nuevo Presidente, y entregó el mando para evitar una profundización mayor de la crisis económica que habría causado más hambruna y más desprotección de los sectores más carenciados de la sociedad. Lo que pasaba en el país era en buena parte reflejo de la situación internacional y de las malas cosechas, pero en fin, esos detalles siempre nos han costado a los argentinos en general.
Recuerdo también ya en los 90 el pacto de Olivos. En esa época yo tenía bastante llegada a uno de los congresales de la UCR que debía avalar o enfrentar lo actuado por Alfonsín en Olivos. Por supuesto, me cansé de pedirle a aquel congresal que se opusiera, que solo le estábamos dando la reelección al riojano. Pasados los años, queda en claro que, más allá de que (solo o acompañado) Méndez habría logrado su reelección pues contaba con el apoyo de las mayorías populares, aquel acuerdo logró generar una Constitución moderna que incluía cosas como el Consejo de la Magistratura para nombrar jueces, o la incorporación de convenciones internacionales como los Derechos del Niño o el Pacto de San José de Costa Rica. ¿Qué falta aplicarla en su totalidad? Por supuesto. Pero es nuevamente la diferencia entre lo deseado y lo posible.
Me cuesta admitir, yo que estoy convencido de que la tengo re-clara, y que mis ideas se han mantenido invariables a lo largo de años, que he juzgado incorrectamente a este hombre. A fuerza de ver archivos en estos días por distintos canales, reconozco que al actuar con moderación no solo salvó vidas, sino también el futuro del país. Menos mal que el Presidente no fui yo.