Textual: La opinión del presbítero Gerardo Bustamante

Desde mi perspectiva, estimo que cuando hablamos del Estado, hacemos referencia, de algún modo, al ejercicio del poder. Asumir cargos públicos en su administración tiene que ver, por lo tanto, con gestionar el poder de las instituciones que lo componen.

Considero bueno y necesario que miembros activos de la Iglesia ocupen alguna de estas funciones.

Lo  polémico de esta cuestión queda circunscrito a la relación Iglesia y estado,  considerada ambivalente por algunos. Se trata, en definitiva, de un eclesiocentrismo exacerbado.

El Concilio Vaticano II enseña que la Iglesia es "principio y germen del Reino de Dios". Es decir, no es absoluta, no es el centro, sino esencialmente relativa al Reino de Dios, programa de vida de Jesús de Nazareth. Pasión por la cual vivió, se conflictuó, se posicionó frente a la realidad y, finalmente, murió.

El Reino acontece en la historia y no es otra cosa que este mismo mundo totalmente transformado por la presencia misma de Dios para que quepen todos los mundos y todos los hombres. Es la consumación de la justicia y de la fraternidad universal. Es vida para los pobres y liberación para los oprimidos.

Intuyo que aquellos hombres de Iglesia que buscaron o alcanzaron estos lugares, o por lo menos los que yo conozco, administran el poder en términos de servicio procurando el bien común para ir anticipando y construyendo, de este modo, la consumación histórica de tal utopía.

Pero, debemos reconocer que dentro de la Iglesia se presentan algunas situaciones contradictorias.

Los laicos (los bautizados) quienes por definición son los encargados de estar en las cosas del mundo para transformarlas son los que, por el contrario, dedican mayor tiempo y esfuerzo a las cosas de la Iglesia. Terminan atrapados por las estructuras parroquiales o diocesanas que los mecanizan y clericalizan. ¿Y el mundo y su transformación? ¿Y el Reino? No hay tiempo para ello. Las urgencias eclesiásticas lo impiden.

Es verdad que existen laicos maduros que no se dejan atrapar por el subterfugio del formalismo religioso, por el fervor misionero proselitista, el cultualismo, el burocratismo desencarnado institucional, etc. Sino, más bien, se  fascinan y se apropian del proyecto de Jesús poniendo sus pies y sus corazones en el barro de la realidad intentado mejorarla, como pueden ser los compañeros del centro "Carlos Mugica", un grupo de católicos que traducen su fe en un compromiso político liberador.

Pero estos últimos son los pocos, y paradójicamente, ignorados o desprestigiados por la oficialidad de la Iglesia.

Por otro lado, hay sacerdotes y consagrados, que desde el proceso de maduración de su fe, entienden la propuesta de Cristo como mucho mas seria que celebrar un par de misas y realizar confesiones, e intentan comprometerse en la transformación de la realidad desde el ámbito de lo social y lo político, escapando al ahogo de las estructuras y a la seguridad de sus sacristías.

Es entonces cuando comienzan a tropezar con los obstáculos que la misma institución eclesial les incrimina. Aparecen los autoritarismos, las imposiciones de criterios absolutistas, los miedos fantasmales inconsistentes, las restricciones canónicas, etc, etc, etc. Lo social dentro de la Iglesia solo es comprendido y articulado en términos de “beneficencia” o de “promoción humana”, dos conceptos, a mi entender, que  siguen la lógica cartesiana de  sujeto - objeto trastocando las relaciones humanas en relaciones de dominación que reproducen al sistema excluidor.

Muchos de estos curas referentes, se terminan desgastando en una lucha sin sentido y, exigidos por el principio ético de la coherencia, valientemente, tal vez, deciden salir de la Iglesia para ser fieles al Reino.

Personalmente los respeto mucho porque tengo certeza de sus rectas motivaciones. Entiendo que buscan el bien común y la justicia social. Puedo mencionar, por ejemplo, a Hernán Hernández  (Padre Nacho) que hoy es el subsecretario de Desarrollo Humano del gobierno provincial, o al querido Carlos Daniel García  (Padre Flecha) que trabaja en la misma área de gobierno. Se ocupan con seriedad de la problemática de los pibes de la calle, intentan responder a las urgencias concretas y desafiantes de la gente, buscando atender siempre con predilección y entereza a la gran masa de los desfavorecidos por el sistema.

Hacen por el Reino de Dios lo que no pudieron hacer desde la Iglesia.