La herencia que Alfonsín nos dejó

En medio de las emociones de la noticia de su despedida, tenemos que esforzarnos por poner la mente en frío y tratar de hacer el inventario de bienes de la herencia inmaterial que nos ha dejado Raúl Ricardo Alfonsín.

Creo que Alfonsín fue el precursor de la Social Democracia en América Latina, ese modelo de fuerte institucionalidad política, que hoy brilla en Brasil, Uruguay y Chile.

Alfonsín creía en la política, en los partidos políticos y en las instituciones.

Fuertemente inspirado por la filosofía de Immanuel Kant, Alfonsín tenía un compromiso fuerte con los valores de la República. Valoraba el sentido de las instituciones y por eso, sabía que era bueno respetarlas y no avasallarlas.

Eso es lo que tiene en común con Ricardo Lagos, con Fernando Henrique Cardozo, con Lula con Tabaré Vázquez y con Michelle Bachelet.

Y eso lo ponía lejos de los líderes populistas al estilo de Menem, Hugo Chavez, Rafael Correa y los Kirchner. Estos se caracterizan por degradar las instituciones; tratan de aplastarlas, humillarlas, someterlas a su soberana voluntad.

Alfonsín fue un ejemplo de exactamente lo contrario.

De todos modos, está claro que Alfonsìn no pudo alcanzar sus objetivos. La pregunta es por qué.

A diferencia de Ricardo Lagos y su gente, Alfonsín tomó el poder de un gobierno militar que habìa manejado desastrosamente mal la economía. La dictadura argentina no dejó un aparato económico funcionando, sino todo lo contrario: lo dejó trabado y con el agravante de una deuda externa irresponsablemente incrementada con la guerra de las Malvinas.

Con ese nivel de deuda, el final del gobierno de Alfonsín estaba escrito casi antes de empezar. Había poco margen de maniobra. Se requerían convicciones de macroeconomía que Alfonso no tenía; ni él ni su equipo. Y no hubo vuelta: su administracion fracasó por eso.

El problema fue que, junto con el derrumbe argentino del gobierno de Alfonsín, se debilitaron sus valores emblemáticos, entre ellos, la importancia de la política y los partidos políticos para que un país funcione. Después de Alfonsín, se comenzaron a atomizar los partidos en la Argentina; se fragmentaron y pulverizaron; se desprestigió la actividad política.

Recordemos que Menem fue demoliendo al partido peronista con la incorporación por la ventana de gentes sin trayectoria cívica: corredores de autos, cantantes populares y casos por el estilo pasaron, de la noche a la mañana, a los primeros lugares del escenario político. Siguiendo lo que hacía Fujimori en Perú, el menemismo degradó la importancia de las trayectorias y experiencias cívicas. Además, fue cooptando dirigentes de otros partidos, como los Alsogaray de la UCEDE.

Las demás fuerzas siguieron estos malos ejemplos. En Mendoza, recordemos que Bordón y Fayad se aliaron, rompiendo sus estructuras partidarias. Además, reclutaron gente improvisada la pusieron en lugares centrales: fue el caso de Roberto Iglesias, al poner a Cobos como su sucesor en la gobernación de Mendoza, en vez de dejar pasar a los militantes de mayor trayectoria cívica, como Ernesto Sanz o César Biffi.

Muy caro hemos pagado esos errores. Pero los pueblos necesitan equivocarse para crecer y aprender.

Se ha ido Raul Alfonsín. Ahora estamos más solos. Pero tenemos la gran oportunidad de aprovechar este momento para reflexionar y repensar la Provincia y el País, desde una perspectiva más amplia. Su mensaje de fortalecer la política, tiene hoy, más fuerza que nunca. Y en nombre de Raúl, sería una buena oportunidad para reunificar todos los partidos, recibir de nuevo a los antiguos compañeros y correligionarios, para volver a armar estructuras políticas fuertes, aunque ello implique postergar ambiciones personales.

Es tiempo de volver a fortalecer los partidos políticos. Son nuestras mejores herramientas. Y son le mejor herencia que nos ha dejado Raúl. 

 El mejor homenaje que podemos hacerle es, justamente, seguir adelante con sus legado. Por el bien de nosotros y de nuestros hijos.