Con silbidos no alcanza

Silbar a un funcionario público que hace del cinismo su principal herramienta de construcción es un acto de dignidad y está muy bien.  Al mismo tiempo no alcanzo a vislumbrar en este comportamiento individual o grupal algo que supere la necesaria catarsis.  Episodios como los protagonizados por la señora Haydée y más recientemente las rechiflas generalizadas que nos estamos acostumbrando a presenciar,  constituyen un sano y lógico comportamiento ante los responsables de tanta desilusión.  Pero…

Pero no puedo dejar de hacerme la siguiente pregunta: ¿después de hacerle pasar un mal rato al pequeño hombre, qué hacemos?

Volvemos a casa livianitos habiéndonos desahogados, con la certeza del deber cumplido. Sentimos que hicimos justicia y por lo tanto nos sentamos cómodamente a disfrutar de nuestros laureles. Luego de vociferar en el rostro del elegido,  ¿seguiremos siendo mudos testigos del derrotero en el que se encuentra nuestra sociedad, hasta el próximo linchamiento?.  Será posible que seamos tan irresponsables de pensar que nuestra heroica actitud, la de silbar de vez en cuando, cambiará la triste realidad.  

No me interpreten mal, yo soy de los que piensan que debe existir el repudio popular, no sólo para con los políticos mentirosos y corruptos, sino también para con los jueces que no hacen justicia, o los periodistas que cobran para desinformar, o los empresarios que no pagan sus impuestos, o los gremialistas que traicionan a sus representados, o los sacerdotes pedófilos, o los burócratas a cargo de nuestros organismos de control y que no controlan como sería el caso del Honorable Tribunal de Cuentas con respecto al tema de los vale más; en fin, son muchos los “referentes” cuyo indigno comportamiento merece la pública reprobación.  Pero no basta.

Tenemos que involucrarnos en la cosa pública. Hay que madurar mecanismos de participación y cuando hablo de participación no me refiero a la espasmódica, sino a la metódica y organizada.  Tenemos que exigir con presencia y prepotencia de trabajo el lugar que a los ciudadanos nos toca en la definición de los presupuestos y de las políticas públicas. Hay que darle vida a nuestras plazas con actividades culturales, recreativas y sociales.  Los espacios públicos tienen que ser el ágora donde los vecinos cultiven la comunicación y la solidaridad en forma permanente. Hay que transformar el dogma de la crítica estéril y la cultura que delega por formas institucionalizadas de participación comunitaria. 

Tengo muy claro que la comunidad no es un grupo homogéneo y armonioso;  dadas las múltiples fuentes de diferenciación social, el consenso en torno a lo que está bien o mal, será el fruto de intrincadas y complejas negociaciones.  Incentivar la participación comunitaria y comprometerse con ella implica promover el activo involucramiento de todos los ciudadanos, cualquiera sea el tipo de voz de la que sean portadores. Una política de participación incluye el respeto por la diferencia y la diversidad;  la tolerancia, la descentralización del poder y la autogestión, requerirán de prácticas horizontales de relación. Claro que este proceso no será automático o espontáneo, es necesario un aprendizaje en cuanto al desarrollo de las capacidades para analizar la realidad e influir sobre ella.

La experiencia enseña, que la democracia política basada en instituciones débiles no garantiza el crecimiento ni la mejora de las condiciones de vida. 

Siguiendo a Marco Aurelio Nogueira, nuestra sociedad debe dar a luz una movilización que sea capaz de reinventar la Política como práctica y como proyecto. Que sea capaz de ir más allá de la política de los políticos.  Reinventar la política como actividad dedicada a ocuparse de las cuestiones fundamentales, no para darles respuestas definitivas, sino para que no podamos dejar de preguntarnos quiénes somos, por qué estamos juntos, y qué objetivos queremos alcanzar.