En junio de 1976, fui expulsado, junto a otros compañeros, de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales en la UNC.
Luis Triviño que era nuestro profesor de Antropología, fue la única persona que intentó hacer algo para que nos reincorporaran y organizó en su casa, un asado a un grupo de echados.
En ese tiempo no me podía creer la invitación, cuando para todos los demás éramos perros sarnosos y peligrosos.
Solo por ese audaz convite, llevaré a Triviño en mi precaria inmortalidad de los buenos recuerdos y prometo no pedirle que se vaya, hasta que de mi último respiro.