Para una libertad más auténtica

Hemos iniciado la Cuaresma. Este primer domingo pedimos la gracia de conocer más profundamente el misterio de Cristo, a fin de conformar más plenamente nuestra vida con él (cf. Oración colecta).

El camino cuaresmal es, por tanto, un itinerario de transformación de la propia vida, hasta adquirir la "forma de Cristo". Por eso hacemos penitencia. Queremos secundar la obra de Dios en nosotros, que nos mueve a la conversión. La liturgia habla repetidas veces de la purificación de nuestras tendencias desordenadas. La palabra "transformación" quiere decir: un cambio en la forma de vida, en la orientación decisiva que le da a la propia vida una fisonomía determinada.

San Pablo, en su Carta a los Filipenses, nos habla de Aquel que, existiendo con la forma de Dios, se vació a sí mismo para adquirir la forma de esclavo y, así, restaurar al hombre (cf. Flp 2,6-11). Este anonadamiento voluntario de Dios marca a fuego toda la vida y existencia cristiana.

En este sentido, la Cuaresma es una posibilidad abierta para crecer en una vida cristiana más humanamente auténtica. Lo cual significa: purificar la capacidad de tomar la vida en nuestras propias manos, dándole así la orientación decisiva.

En la condición actual del hombre, marcada por el pecado y la fragilidad, esta transformación supondrá siempre la purificación de nuestra libertad del peso de la autosuficiencia y del egoísmo. Aquí está la raíz de toda forma de deshumanización.

Escuchemos la llamada del Señor. Es una llamada imperativa. Un mandato. Se dirige a nuestra conciencia, al núcleo interior de nuestra persona. Esta llamada, de ordinario, es correspondida por la percepción que cada uno de nosotros tiene de su propia inconsistencia, de la presencia en cada uno del misterio del mal. Nosotros mismos percibimos la necesidad de un cambio de vida.

La Cuaresma nos recuerda que, incluso en la percepción dolorosa y dramática de nuestras oscuridades más espesas, estamos acompañados por la gracia divina. El miércoles de ceniza escuchamos, también de labios de San Pablo, una de las afirmaciones más fuertes de toda la Biblia: "A aquel que no conoció el pecado, Dios lo identificó con el pecado en favor nuestro, a fin de que nosotros seamos justificados por él." (2 Co 5,21).