La letra de la canción de la Bersuit Vergarabat, “La Argentinidad al Palo”, nos inspira para comunicar algo importante. Ponerlo en valor. No dejarlo pasar de largo. Tratar de impedir que las cosas de impacto superficial, nos despojen de lo esencial. Y advertir al incauto vecino del Gran Mendoza, de los males ocultos que lo están amenazando.
Estamos hablando de algo terrible. ¿Se imagina que se secara el parque general San Martín? Pues bien, eso puede ocurrir. Pero vamos por partes. Volvamos a la canción de la Bersuit.
¿Qué parte de la canción es la que hay que analizar? ¿Vamos a poner énfasis en nuestros motivos de orgullo, pasando por San Martín y la Vendimia, por el vino y la calidad institucional?
Eso ya lo hemos hecho, para enojo de nuestros amigos y primos de San Luis, Buenos Aires y otras provincias. Los hemos irritado, Y los vamos a seguir irritando cuando sea necesario. Pero ahora vamos al lado opuesto: vamos a hablar “Del tiro… en el corazón… de Favaloro”.
Como todos saben, Favaloro era un hombre bueno, capaz y brillante. Dedicó la totalidad de su vida a poner sus talentos e inteligencia al servicio de los demás. Y puso en marcha una fundación para difundir su obra y ayudar a mucha gente de escasos recursos, a acceder a la medicina de alta complejidad para problemas cardíacos. Pero allí chocó con nuestros pésimos gobiernos. Y el ver que sus sueños se derrumbaban, no pudo soportarlo y se fue de este mundo.
Los mendocinos estamos ahora en una situación similar. Hemos matado a uno de nuestros más brillantes y generosos talentos de la segunda mitad del siglo XX: Humberto Lagiglia.
Químico y Doctor en Ciencias Naturales; antropólogo y arqueólogo. Pero sobre todo, líder comunitario, con una gran vocación por la extensión, por la transferencia de conocimientos; por abrir las puertas de la ciencia al ciudadano común. No ha existido en toda la historia de Mendoza, un científico con esta voraz actitud comunitaria, con todo lo que ello implica de enriquecimiento de la sociedad, tanto en cultura como en estímulo intelectual.
Por nuestro esquema centralizado, muchos vecinos del Gran Mendoza no lo conocen. Porque don Humberto pasó la mayor parte de su vida en San Rafael. Y ha contribuido en forma extraordinaria al desarrollo intelectual y cultural de la mitad sur de nuestra provincia.
Lagiglia dirigió durante medio siglo el Museo de Ciencias Naturales de San Rafael, una de las más importantes instituciones científicas de la provincia. Basta señalar que esta entidad se convirtió en centro reconocido por CONICET, lugar de trabajo de numerosos científicos que pidieron localizarse allí, para aprovechar sus valiosas colecciones de material arqueológico y antropológico, sus bibliotecas y hemerotecas, sus archivos históricos y fotográficos; su observatorio astronómico. Desde este Museo de realizaron más de 600 expediciones científicas, base de numerosas publicaciones internacionales. Un auténtico centro de excelencia de nivel mundial.
Uno de los lugares más hermosos del Museo, era el parque-jardín botánico que lo circundaba. Entregaba, a la vez, conocimientos y belleza. Ubicado en la isla del Diamante, la situación privilegiada de este parque lo convirtió en un espacio de referencia, un paseo exquisito, con un magnífico rosedal. Desde este espacio se dictaban cursos de jardinería para toda la comunidad. Don Humberto entregó buena parte de sus energías para cuidarlo, planta por planta, y ofrecer un conjunto verde de armonía y ciencia. Además, estimuló a numerosos jóvenes y niños a participar en el cuidado y el cultivo de este parque. Por este camino miles de mendocinos aprendieron de plantas, al tiempo que se sintieron estimulados para orientar sus vidas hacia el estudio, el conocimiento y la cultura del trabajo.
Para un mendocino medio del Gran Mendoza, puede resultar increíble. Pero el Museo de Ciencias Naturales de San Rafael era algo extraordinario. Don Humberto fundó el museo en 1955. Durante dos décadas lo mantuvo con sus propios recursos y con el apoyo de amigos y ciudadanos de San Rafael. Fue su director ad honorem en todo este tiempo. Luego, en 1973, el Municipio de San Rafael se hizo cargo de la iniciativa; el científico donó el museo a la comuna, y ésta lo reconoció como propio, asumiendo todos sus derechos y obligaciones. Se hizo cargo de pagar el alquiler del local; entregó personal municipal para su mantenimiento y reconoció a Lagiglia como director del Museo, con un modesto sueldo.
Además de centro de investigación científica, el Museo era un polo de extensión académica y cultural de primera línea. Además de los cursos de jardinería que se dictaban en el parque, el Museo ofrecía publicaciones científicas, cursos y ciclos de conferencias. El Museo de San Rafael fue un faro intelectual para toda la mitad sur de la provincia, además se un centro de referencia internacional para los especialistas.
Es imposible medir el impacto de este museo en el medio, como estímulo intelectual para niños y jóvenes. Durante medio siglo, los escolares del sur de la provincia iban a visitar este museo, y tomar contacto con la ciencia, la cultura y el amor por el saber. Miles y miles de personas pasaron por allí y se sintieron estimuladas intelectualmente para pensar un mundo mejor; abrieron sus mentes, se contagiaron de un ambiente de búsqueda de la excelencia. Descubrieron el fascinante mundo de preguntarse el por qué de las cosas.
A pesar de encontrarse en un departamento del interior de la provincia de Mendoza, el Museo de San Rafael era una entidad de nivel nacional y hasta internacional. Ningún municipio de esta provincia y quizá del país (sacando las grandes capitales), tuvo una institución comparable, con capacidad de producir conocimiento y publicaciones internacionales. Y el artífice de esta notable maravilla, durante medio siglo, fue don Humberto.
Dos palabras sobre su genio académico: Humberto publicó sus primeros trabajos de investigación en revistas científicas antes de ingresar a la Universidad. Cuando comenzó sus estudios formales en la U de La Plata, al pasar lista, el profesor leyó su apellido, y le preguntó al joven de 18 años que tenía delante: “¿Lagiglia? ¿Y qué es usted del arqueólogo de Mendoza?” Demás está decir que Humberto se puso colorado, sonrió, y con cierta timidez, le contestó que era él mismo… El profesor lo miró con cara de extrañeza, pues no podía entender lo que estaba pasando en su sala de clase…
Con su extraordinario talento, Lagiglia pudo irse a trabajar al exterior y ganar sueldos de varios miles de dólares, y contar con condiciones laborales sobresalientes, incluyendo equipamiento e instalaciones de última generación, como ponen los países que funcionan al servicio de los científicos. Sin embargo, tomó la heroica decisión de quedarse en San Rafael, y liderar el desarrollo del Museo. A ello consagró su vida. Y formó a buena parte de la intelectualidad de San Rafael.
Además, junto con su acción en el Museo, Lagiglia fue un docente de primera línea. Trabajó en numerosas instituciones de nivel medio y superior en San Rafael. Y en cada uno de sus alumnos, dejó el impacto de los líderes, la impronta del amor por el conocimiento, por el estudio y la cultura del trabajo. Hasta que a mediado de los 90 pasó a dirigir una cátedra en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo, donde terminó de formar a numerosos jóvenes al más alto nivel.
Todo bien, hasta que se encontró con un problema: el intendente municipal de San Rafael estuvo incómodo ante la personalidad de don Humberto. Al no poder manejarlo, comenzó a perseguirlo; primero con el ahogo a las funciones del museo; luego, ignorando sus justos reclamos; y finalmente, expulsando sin causa del cargo, y cerrandole las puertas para siempre.
El proceso comenzó con la gestión del intendente Ernesto Sanz, el cual ignoró al Museo y a su director. Sanz nunca recibió a Lagiglia. Nunca le aprobó un presupuesto digno ni el Reglamento de Funciones del Museo. Le negó hasta los escasos recursos que el Museo tenía. De todos modos, lo peor estaba por venir: la tendencia se profundizó con el advenimiento de Omar Félix a la intendencia municipal de San Rafael. Durante su primera administración, se cayó parte del techo de la sala principal del Museo, en la cual se exhibían las más valiosas colecciones. ¿Cuánto tardó en rehabilitarse la sala? Dos años y medio. ¡Ah! Y se “olvidaron” de hacer las instalaciones eléctricas.
El gobierno de Mendoza, a través de la subsecretaría de cultura, le asignó $ 20.000 para el depósito del Museo. El intendente Félix los cobró en abril de 2007. En octubre de ese año lo re eligieron en su cargo de intendente. La plata nunca llegó al Museo. La sala principal sigue a oscuras desde el Cincuentenario.
Como si esto fuera poco, le quitaron los jardineros y todo el parque botánico que rodea al Museo se secó… Don Humberto se resignó. Ya no tenía fuerzas para ir a ser jardinero, como lo hizo durante 30 años.
Poco a poco se fue preparando el terreno hasta, finalmente, darle el golpe de gracia. En agosto de 2008, le anunciaron a don Humberto que había carta del intendente. El director se sintió aliviado: “al fin me van a dar la audiencia, después de cinco años; ahora vamos a poder, por fin, solucionar los problemas”, pensó para sus adentros. Sin embargo, al observar los papeles, comprendió que se habìa equivocado. Todas sus expectativas se vieron frustradas al comprobar que el intendente Félix tomó la decisión de expulsarlo.
En efecto, sobre su escritorio habìa dos resoluciones. Las dos eran originales y tenían el el mismo número de resolución y fecha. En una de ellas, se aceptaba la renuncia de don Humberto (que obviamente nunca habìa escrito, ni firmado ni enviado). En la otra resolución, se le quitaban sus funciones de Director y lo nombraban “Director Honorario” sin asignar ni salario ni funciones reales. El intendente de San Rafael ordenó dejar de pagarle salario y cobertura social…
(Esta resolución decía que era “ad referendum” del “Honorable” Concejo Deliberante, el cual nunca la refrendó). Lo notable es que Omar Félix ni lo dio de baja para jubilarlo ni nada.
Podemos imaginar el impacto emocional que estos documentos causaron en el corazón de don Humberto.
Esa misma emoción, la sentimos nosotros ahora. La recreamos. Un intendente más, de tantos que han pasado o van a pasar; un político cualquiera, había decidido destruir a un héroe de nuestra cultura.
Don Humberto Lagiglia se retiró del Museo de Ciencias Naturales de San Rafael.
Nos podemos imaginar su silueta, caminando por los alrededores de la isla del río Diamante, sin poder entrar allí… Lo podemos ver, mirando desde fuera, del otro lado de la reja, a su jardín botánico muriendo de falta de agua y falta de amor.
Una tarde de febrero, después de asistir a una muestra, mientras se balanceaba en su hamaca, don Humberto dijo en voz baja: “me han echado de mi propia casa”.
(¿Cómo hago, querido lector, para que entiendas el impacto emocional con el cual estoy escribiendo esto?)
Pero bueno, sigamos con la historia.
Estos actos significaron una angustia letal para el corazón de don Humberto. Cansado de luchar, su cuerpo somatizó la pena, y terminó por fallarle. Como los que mueren de amor, don Humberto murió por fallas cardíacas.
Las personas cercanas consideran que murió de un tiro en el corazón. Como Favaloro.
A la mañana del velatorio se presentó una ex concejal, Lujan Olsina, amiga de Tito quien luchara en 1973 para oficializar el Museo. Olsina quería llevarse el cuerpo para velarlo en el elegante Salón del Concejo Deliberante de San Rafael. Flavia, la hija mayor le dijo que no, y le devolvió la ofrenda floral del Concejo y la del Intendente, algo que nunca escuché en mi vida. Da la sensación que, si algún concejal o funcionario de la Municipalidad de San Rafael hubiera pisado el velatorio, la gente los echaba a los gritos.
La muerte institucional, el abandono de los sabios, educadores y maestros, es un crimen cultural.
Los mendocinos, que supimos acompañar a San Martín en su gesta, y levantar el monumento a la cultura del trabajo en la Vendimia, también somos capaces de realizar estos actos.
Hay una coincidencia: al parece, en las próximas elecciones, el partido Justicialista llevará como candidato a senador nacional, al intendente de San Rafael, Omar Félix. Y la UCR llevará en el mismo lugar, para el mismo cargo, al ex intendente de San Rafael, Ernesto Sanz. Y se sabe que, quien gane esa elección, se postulará como gobernador de Mendoza en 2011.
Sería bueno que los vecinos del Gran Mendoza comiencen a preparar bolsas de arena para defender instituciones como el teatro Independencia, el Fader y Museo Cornelio Moyano. Hasta el mismo parque general San Martín puede estar en riesgo… quién les dice que uno de estos candidatos lo hace secar…
Pero no dejemos que los pobres políticos, siempre aferrados a la coyuntura, e incapaces de ver proyectos de largo plazo, se queden con el final de esta historia. Volvamos a don Humberto, que es el verdadero héroe. Para entender mejor lo que representa, tal vez el mejor camino sea reproducir las palabras de una persona de San Rafael:
“Este dolor que siento no lo puedo medir, tengo la boca como cocida por un alambre roseta. El y su esposa, me abrieron las puertas de su casa, y me trataron, como si por mis venas corriera sangre Lagiglia. Recuerdo también a (el actual científico) Fito Gil. Recuerdo cuando él (Lagiglia) le compraba, fruta seca para que vendiera y así poder pagarse sus estudios, todas las fotocopias que sacó y que jamás pagó. De (el también cientifico) Sergio Dieguez que estaba vendiendo mortadela, y un día se lo encontró y le pidió que fuera a trabajar con él, Alejandra Guerci, que le daba la posibilidad de brindarle su hogar a la siesta para enseñarle investigar. A todos ellos que les abrió las puertas. A Fito y a Neme que les dedicó el libro “El Indígeno, Cazadores Recolectores de Altura” y les transfirió el sitio para futuras investigaciones. Neme aceptó el sitio publicó su obra en otro país y tomó también el título del libro. Hará unos quince días más menos estuvo en Óptica Gallo y llevó unas fotos donde estaba Fito cuando niño y Neme cuando venía a las excavaciones en tiempos felices.
Le agradezco, el haberme considerado en su mesa, compartir con sus colegas. Hacía una real y efectiva transferencia de su conocimiento, esa es la diferencia que marcaba con otros científicos. Muchos de ellos, en el antro de sus conocimientos jamás transfieren nada, todo queda en la bibliografía muerta, la mayoría de las veces anglosajona. Se quedan en el umbral de la pedagogía. Mientras estuvo Lagiglia, este Museo fue un museo de raíces vivas. Pero ahora ha muerto. Murió el día que el partió. Cada persona que llegaba aquí, cada niño, cada turista, partía iluminado por la fuerza de su espíritu. Y digo que está muerto, porque don Humberto es insustituible. Nos va a costar mucho tiempo reponernos.
De todos modos, nunca podrán matar aquella semilla que él supo sembrar con su magia en nosotros.
La verdad es que al don Humberto lo mataron, lo asesinaron. Fue la desidia de nuestros gobernantes. No pudo más y prefirió dormirse para siempre. Simplemente solicito que esa fuerza interior que lo envestía, permanezca a mi lado.”
Como escribió Alfred Lord Tennyson:
Permanece a mi lado cuando se apague mi luz
y la sangre se arrastre
y mis nervios se alteren con punzadas dolientes
y el corazón enfermo
y las ruedas del ser giren lentamente
Permanece a mi lado
cuando a mi frágil cuerpo le atormentes dolores
y alcancen la verdad
y el tiempo maniaco siga esparciendo el polvo
y la vida furiosa siga arrojando llamas
Permanece a mi lado
cuando vaya a apagándome
y puedas señalarme el final de mi lucha
y el atardecer de los días eternos
en el bajo y oscuro borde de la vida