En los últimos 20 años se produjeron 54 cambios en 9 actos modificatorios a la legislación electoral del país.
Hay algo que queda claro con esto: mientras en el mundo se ajustan y ensayan nuevas formas de hacer que la democracia sea más democrática, aquí se la manosea y restringe; se manipulan sus reglas y se las acomoda de acuerdo a los intereses y ambiciones del gobierno.
En la Argentina, el poder político de turno se ha acostumbrado a ponerse por encima de las leyes, hasta el punto de darle la forma que más le convenga.
La apertura democrática que sobrevino a la noche fatídica de la dictadura permitió que tan sólo entrara un tímido haz de luz. Las circunstancias actuales del país, en donde de golpe y porrazo y en virtud de una serie de falsedades se anticipa la fecha de las elecciones, le pega un portazo a aquella claraboya y nos devuelve a la opacidad autoritaria.
La sociedad debe saber dimensionar el tamaño de la manipulación de la que hemos sido objeto:
- Se argumenta que esto se hace para anticiparnos a los efectos de la crisis financiera global, cuando antes la propia presidenta se había burlado de lo que bautizó como el “efecto Jazz”, que nunca nos alcanzaría;
- Se nos dice con descaro que “hay que evitar tantos meses de enfrentamientos” cuando fue el mismo gobierno el que provocó con la Resolución 125 y sostuvo, en función del capricho del ex presidente Kirchner, la pelea a lo largo de todo el año pasado con el campo, llevándola hasta las orillas del caos, el desabastecimiento y la división entre los argentinos;
- Se sostiene que “hay que pasar rápido” las elecciones para “poder seguir gobernando”, bastardeando el sistema de partidos políticos y planteando al comicio como sin tan sólo se tratara de un trámite engorroso y molesto, pero trámite al fin, que debe cumplir quien gobierna y no lo que debería ser en realidad: la posibilidad de que la ciudadanía coloque fieles en la balanza de la democracia de modo tal de lograr los equilibrios y controles institucionales, que son fundamentales para diferenciarnos de la vida que rige en sistemas autocráticos.
Al anticipar los tiempos, el gobierno pretende darle a la sociedad mensajes en clave totalitaria: “somos nosotros o nadie”; “solamente nosotros estamos organizados”; “no hay opciones”; “nosotros o el caos”; “somos los que ponemos y sacamos las reglas”.
En un clima de caos y miedo, el reaseguro de los pueblos golpeados como el nuestro siempre ha sido una respuesta conservadora. Sabiendo esto, el gobierno empuja a la gente a sostenerlo más allá de que se lo quiera o no.
La anticipación de las elecciones provoca un descalabro en los mecanismos articulatorios de la democracia. La anticipación de los plazos hace caer cualquier posibilidad de que las candidaturas surjan democráticamente y mucho menos, que se renueve la política:
- Los frentes opositores no han logrado consolidarse, mientras que el frente oficialista que estaba en franca dispersión, se unirá a la fuerza;
- Muchos partidos nuevos ni siquiera han obtenido la personería política para poder competir en las elecciones, confiados en otros plazos para tal fin;
- Se restringirá el tiempo para formular plataformas y propuestas que, si bien son una costumbre aun no consolidada en el país, representan el modo más serio de conocer qué piensan y qué se comprometen a hacer quienes las sostienen. Todo indica que se apelará a “copiar y pegar” ideas fuerza, sin discutirlas, sin estar convencidos y, necesariamente, sin ninguna intención de cumplirlas.
- Es verdad que el gobierno no tendrá tiempo de mostrar obras terminadas. Pero la oposición tiene peor diagnóstico: carece de los fondos y los mecanismos de comunicación que tiene el gobierno nacional, el provincial y muchos municipios. Los opositores no podrán exhibirse.
- No habrá tiempo para el debate de ideas.
- La crispación de la sociedad da lugar a la reacción en lugar de al raciocinio. Por esto, nuevamente se pondrá a la gente entre la espada y la pared, a optar entre blanco y negro cuando la democracia implica, necesariamente, todo un arco iris de posibilidades.
No podemos decir que vivamos en un gobierno tan autoritario y tan autocrático como lo fue la dictadura. Pero es el mismo gobierno el que nos empuja a pensarlo, nos somete a esta posibilidad de análisis. Lo hace de manera perversa, enarbolando la bandera de la defensa de los derechos fundamentales y, a la vez, eligiendo un puñado de ellos como los únicos válidos bajo su reinado.
Estamos viviendo un retroceso en los mecanismos de la República.
Qué ironía: mientras países que dicen imitar, como Venezuela y Bolivia –¡aun ellos!- amplían el panorama electoral y sus oficialismos se someten a una y mil elecciones, mientras estas mismas naciones, a las que hay que sumar a Ecuador, amplían sus constituciones expandiendo el concepto de “república” con la incorporación de más poderes vinculados a la participación ciudadana, aquí se nos condena a una democracia gris, sin ganas de serlo y de bajo octanaje. Una democracia que no nos llevará muy lejos.
Nuestra obligación ciudadana hoy es, más que nunca, abrir los ventanales para que se ilumine sobre lo que ocurre en la Argentina. Un aliciente para encarar esta tarea: las criaturas que se alimentan y engordan bajo el refugio de la oscuridad sucumben al sólo contacto con la luz.