La mujer muñeca

"Siempre todo justificado, por supuesto, con los ideales de la mujer muñeca: las feas para ser lindas, las lindas para ser más lindas y las envejecidas para verse más jóvenes", dice la autora de la nota en esta columna.

Hoy, domingo 8 de marzo, es el día internacional de la mujer y mañana, lunes 9 de marzo, la Barbie cumple 50 años. O podría decir “antes de ayer domingo 8 de marzo... y ayer lunes 9 de marzo...” para crearles la ilusión de que estoy escribiendo el mismo martes, mientras ustedes leen. Pero hoy no estoy en onda ilusionista y decido dejarlo nomás como realmente es: hoy es domingo, y con tan peculiares aniversarios, el de la mujer y el de la muñeca, el tema de mi nota está cantado. Solamente me falta escribirlo, ponerle el título y mandarlo.

El 9 de marzo de 1959, en la Feria Internacional del Juguete Americano, en Nueva York, Ruth Handler, esposa del cofundador de Mattel, presentó a su criatura en sociedad. La muñeca se llamaba Barbie, como la hija de Ruth, y era la feliz simbiosis de tres ideas de su creadora: Barbie se parecía a una muñeca que Ruth había visto en Alemania, Barbie era adolescente en vez de bebé (como eran casi todas las muñecas de entonces) y Barbie tenía ropa que se vendía por separado (esta última característica se la inspiró el juego favorito de su hija, la verdadera Barbie, que dibujaba muñecas de papel y les hacía ropita también de papel). La muñeca fue un boom y las generaciones jugaron con ella y sus inventores construyeron un imperio y Barbie pasó a formar parte de la cultura pop estadounidense. En la actualidad se vende en 150 países, a razón de tres muñecas por segundo.

A mí las Barbies no me alcanzaron. Cuando yo era chica, o digamos más marketeramente, cuando yo “pertenecía al segmento de niñas entre 3 y 10 años que juegan con la muñeca”, no había globalización en el mundo ni Barbies en Mendoza. Yo jugaba con las muñecas bebés de antes, las que tenían el cuerpo de trapo relleno y las piernas, brazos y cabeza de plástico. Eso hasta que salieron las que eran enteras de plástico, que presentaban la gran ventaja de que ¡se podían bañar! Claro que después del baño les tenías que sacar un brazo o una pata para que les saliera el agua de adentro. Esa amputación ficticia me molestaba, no sólo por la brutalidad de tener que arrancarle una extremidad a la muñeca sino también por las situaciones conflictivas que se generaban con los adultos, que no entendían ni la necesidad lúdica del baño ni la urgencia del drenaje, y a lo único que atinaban era a retarte por no cuidar los juguetes. Poco después, o por ahí, la novedad en muñecas fueron las que abrían y cerraban los ojos en vez de tenerlos pintados. En cuanto a ropita y accesorios, los bebés venían con lo puesto (algunos sólo en pañal) y las mudas alternativas quedaban libradas a las hacendosas madres, tías o abuelas de las consumidoras. Las muñecas que traían una mamadera que parecía que se vaciaba cuando la inclinabas, causaron furor por aquellos días entre mis conocidas.

Según mis recuerdos, las Barbies fueron apareciendo en Cuyo, de a poco, a fines de la década del setenta, cuando yo empezaba la secundaria. Entraban por El Plumerillo, en categoría de regalo que amorosos padres que volvían de USA traían para sus hijas. Y esas pibas, las hijas, inmediatamente pasaban a cotizar en bolsa. A la hermana más chica de una de mis amigas, los viejos le habían regalado varias Barbies y le habían armado “la casita” en un placar, y doy fe de que las compañeras de la nena hubieran pagado entrada con tal de jugar ahí. Después, con el tiempo y la popularidad y los miles de Barbies vendidas e importadas, toda niña tuvo una y dejaron de ser noticia. Dicen que si se ponen las Barbies vendidas una atrás de la otra, los pies de una tocando la cabeza de la próxima, la Barbie-línea da la vuelta al mundo como siete veces.

Y ahora, en 2009, la Barbie cumple 50 che, ¡parece mentira lo bien que se mantiene! Pero su reputación no ha sido tan rosada como su casa, su moto, su auto, su yate, su avión y todo su mundo sugieren. Aunque algunos la consideran un buen ejemplo porque ha hecho soñar a las niñas con ser doctoras, gimnastas, astronautas y hasta presidentes, otros la han acusado de ser una mala influencia, de ser demasiado linda, demasiado flaca, demasiado superficial, demasiado consumista. Todo cierto. Todo “ha lugar” con hache, como dicen en la Justicia. Excepto por un detalle: la Barbie es una muñeca de plástico y como tal, es un objeto: no tiene méritos reales pero tampoco se le puede imputar ningún crimen.

Me parece más interesante analizarla como símbolo que como mala influencia. Todo símbolo –simplificando a más no poder- tiene dos partes: el concepto representado y su representación. Si tomamos a la Barbie como un símbolo negativo –siguiendo la línea de sus detractores-, el concepto representado es la mujer linda, flaca, superficial, consumista; y la representación es la muñeca concreta de plástico, el juguete que se vende en la juguetería. A mí no me preocupa la Barbie como representación, sino lo representado por la Barbie. ¿Existirán muchas mujeres así? ¿Será el sueño de muchas niñas ser como Barbie? ¿Será el ideal de muchos hombres tener una Barbie de carne y hueso? Mi hipótesis, si tuviera que presentar alguna, es que la Barbie es la objetivación de un paradigma social muy profundo en el cual ella no es la causa sino el producto. Me refiero a la Barbie como ícono de la mujer muñeca.

Por milenios se nos ha exigido a las mujeres que seamos como muñecas: que nos mantengamos siempre físicamente lindas mientras somos jóvenes y antinaturalmente jóvenes cuando envejecemos. Y nosotras hemos estado a la altura de la demanda y nos hemos sentido obligadas como género a tratar de cumplir con tan inalcanzable meta durante toda o gran parte de nuestra vida. Primero, de chicas, mientras nuestros hermanos solamente tienen que estar lavados y vestidos, nosotras tenemos que estar bonitas, ponernos ese vestidito y no el otro y dejarnos hacer ese peinadito que nos queda más lindo. Es la época de “el zapatito me aprieta, la media me da calor...” ¿se acuerdan? De adolescentes tenemos que estar atentas a todo lo que nos crece, mostrarlo, adornarlo, perfeccionarlo y concursarlo. De mujeres, justo después del embarazo -única expansión corporal que nos perdonamos a partir de los 18-, nos dedicamos a comprobar y a tratar de controlar todo lo que se nos cae o se nos arruina. Y cuando el poto o las lolas se vienen abajo, cuando la cara se arruga, fuimos.

Pero el asunto no termina ahí, porque para las mujeres “fuimos” no significa que por fin nos aceptamos como somos y nos relajamos. “Fuimos” significa que hay que redoblar el esfuerzo de la batalla, porque las mujeres no debemos aceptar ni nuestro cuerpo ni nuestra edad. Toda la vida tenemos que simular: que no hay pelos donde hay pelos, que hay rulos donde es lacio, que es lacio donde hay rulos, que no hay sangre donde hay sangre, que está más arriba lo que está más abajo, que es cóncavo lo que es convexo, que es convexo lo que es cóncavo, que lo arrugado es liso, que somos altas cuando somos bajas, que somos más flacas cuando somos más gordas, que somos más gordas cuando somos más flacas, que somos más jóvenes cuando somos más viejas. Pura basura. Estamos condenadas por vaya a saber qué ley a ser lindas y jóvenes, a pretender que el tiempo no pasa y, lo que es peor, a morir en el intento. ¿Las armas para esta guerra suicida? Hay una amplia gama, que va desde los afeites, ungüentos, corsés, joyas, pelucas y jarabes de antaño, hasta los maquillajes, modas, accesorios, extensiones, fajas, tacos, cremas, tratamientos, inyecciones y cirugías estéticas modernas.

Siempre todo justificado, por supuesto, con los ideales de la mujer muñeca: las feas para ser lindas, las lindas para ser más lindas y las envejecidas para verse más jóvenes. “Para sentirse bien con una misma”, que le dicen. Pero necesitar esas cosas para sentirse bien con una misma es no estar bien. Y ese no estar bien desgraciadamente no se soluciona con lolas más altas o más grandes o más chicas, poto más parado o cara más estirada. Tendríamos que sentirnos bien con las lolas, el poto y la cara que tenemos. Tendríamos que sentirnos bien después de haber conversado con un amigo querido, visto una buena película, leído un libro apasionante, reído a carcajadas, comido algo rico, amado a alguien, ayudado a otro, tenido un hijo.

¿Quién nos obliga a luchar contra nuestra naturaleza y contra el tiempo que pasa? ¿Por qué tenemos que hacer todas esas cosas? ¿Para quién? ¿Quién dice? Eso es una locura, un plan de vida disparatado que no es nuevo y con el cual la Barbie no tiene nada que ver. Esta mujer muñeca contemporánea, linda y joven, que nuestra sociedad gusta de consumir, es el resultado de siglos de “muñequización” social (sí, me estoy inventando el término porque lo necesito, o quizás exista y no lo conozco, pero el Word me lo subraya como error, así es que probablemente la palabra acaba de nacer, justo para el día de la mujer y el cumpleaños de Barbie, qué coincidencia emocionante), como lo prueba el muy antiguo dicho en español que sentencia “cuando la mujer es joven, tiene el deber de agradar, y cuando la mujer es vieja tiene el deber de no desagradar”. ¡Qué dicho tan infame! ¡Qué manera tan horrible de educar personas del sexo femenino! Creo que es natural el deseo de agradar –en hombres y en mujeres- pero nadie tiene el deber de agradar o de no desagradar. Vayamos sumando: a físicamente linda y eternamente joven, se agrega obligada a agradar (o por lo menos, plan B, a no desagradar).

Es verdad que ser físicamente linda y largamente joven abre muchas puertas en este mundo muñequero en que vivimos, pero son las puertas equivocadas: son las que se nos cierran en la nariz apenititas se nos ve la raíz canosa, o se nos nota la celulitis, o se nos marcan las estrías, o se nos asoma la papada. Y eso pasa inevitablemente, hagamos lo que hagamos, se cae de maduro, o de madura, mejor dicho. La pregunta del millón es ¿cuánto tiempo y dolor dedicamos las mujeres a la lucha por la belleza y contra el tiempo? Y todo para que el tiempo siempre nos gane... ¿Vale la pena? ¿No sería mejor disfrutar el tiempo sin desperdiciarlo? ¿Dedicarnos a ser como somos y a envejecer en paz? ¿No podríamos vernos tan viejas y feas como seamos y que a nadie –principalmente a nosotras- le importe? ¿No podríamos alargar muchos años el concepto de juventud para que llegue por lo menos a cien? ¿No podríamos ampliar un poco el significado de belleza para que incluya pelo blanco, inteligencia, bastón, alegría, dedos chuecos, curiosidad, panza, experiencia, arrugas, compañerismo, anteojos, sentido del humor, pata a la rastra?

Yo creo, amigas, que deberíamos intentarlo, digan lo que digan los hombres, las costumbres y el pueblo. Démonos el lujo de vivir y envejecer tranquilas, como mujeres y no como muñecas. Y tengamos una Barbie siempre a mano, para tirársela por la cabeza al que nos demande que seamos como ella.

Mirá el video publicitario de Barbie, de 1959: