“I screwed up” dijo Obama el martes pasado en una entrevista con Brian Williams, de la NBC, refiriéndose a la nominación de Tom Daschle para Secretario de Salud y Servicios Humanos. Este señor, cuyo nombramiento requiere la aprobación del Congreso, había sido propuesto por Obama y había pasado su escrutinio. Pues resultó que Tom había “cometido errores” al pagar impuestos (de menos, claro) en el pasado y ese factor iba a entorpecer la aprobación de los congresistas. Daschle retiró su nombre, “se bajó” diría en el café. Pero el asunto no sólo le creó otro dolor de cabeza al nuevo gobierno, ya que Daschle iba a ser el encargado de llevar a cabo la reforma del sistema de salud, sino que distrajo hacia lo escandaloso la atención mediática y por lo tanto pública durante una semana en que lo más importante para Obama era vender su plan de estímulo económico al Senado.
Sobre eso me proponía escribir mi nota, haciendo hincapié en el asombroso fenómeno de que un político, y un político que acaba de convertirse en presidente de Estados Unidos, diga semejante cosa, y no una vez sino cinco, en entrevistas con las principales cadenas de noticias. La semejante cosa fue decir “I screwed up”. No hay que ser un genio para darse cuenta de que lo primero que tendría que haber hecho yo varios renglones atrás, sería haber traducido “I screwed up” al español, para que los que no sepan inglés (o los que sabiéndolo no conozcan esta expresión) puedan entender lo que dijo Obama e interesarse en mi nota, o tomarse el mouse hacia otros clicks.
Mi primer reflejo fue traducir como “me equivoqué”, pero esta traducción no me parecía la mejor. Decidí contrastar mi propuesta con un par de hablantes nativos. Le pregunté a mi marido, que habla un buen español a pesar de ser un gringo oriundo de la mismísima ciudad de Allentown, Pennsylvania (a los estadounidenses no les gusta “yanqui” porque les suena despectivo, así es que para proteger el delicadísimo equilibrio matrimonial, hace años que cambié a “gringo”). Me dijo: “me equivoqué”. Le pregunté a mi hija que es latinga (mitad latina y mitad gringa) y habla bien los dos idiomas, y ella coincidió con su papá: la traducción de “I screwed up” es “me equivoqué”.
Si bien estoy de acuerdo en que “I screwed up” puede traducirse como “me equivoqué”, para mí la expresión en inglés transmite un poco más de responsabilidad del sujeto en el error, el equivocado tiene un papel más activo en la equivocación. “Me equivoqué” suena más fortuito, más a falla humana de esas que hay que perdonar a cada rato. “Me equivoqué” está más cerca de la infantil aclaración “no lo rompí, se rompió” que todos hemos hecho alguna vez en nuestra calidad de gramáticos enanos, a la sombra de un adulto enojado, en la proximidad de los restos del algún tesoro familiar, con la errónea esperanza de la plasticola salvadora.
Yo traduciría mejor con una mala palabra, porque yo digo muchas malas palabras. Las malas palabras son buenas palabras porque tienen significados de alta especificidad, aportan matices únicos al idioma, señalan estados de ánimo y aspectos que no hay otra forma de describir. Son tan necesarias como cualquier palabra de las otras y cumplen de sobra su rol en varias funciones del lenguaje. Para mí el significado de “I screwed up” se parece más al de “hice una c...” o “me mandé un p...”. Como se ve, aunque las digo muy suelta de cuerpo, todavía no las escribo. Tengo mis límites (y los de mis amigos que me dicen que no escriba así aunque así hable). Pero además no podría traducir con malas palabras porque “I screwed up” acá no es una mala palabra, es fuerte pero no grosera, es metafórica pero no escatológica. Acá casi no se dicen malas palabras. Acá hasta “Oh my God” (el equivalente a “Dios mío”) es una mala palabra porque estás usando el nombre de Dios en vano. Son muy religiosos acá.
¡Ay, qué difícil de decir, qué imposible de pasar a otro idioma, que anticlimático tener que explicar todo esto, qué poco económico en términos textuales, qué engorroso escribir de acá para allá tratando de representar las cosas tal como son! Así no se puede trabajar. Para traducir una pulgosa palabra te tenés que poner a discurrir sobre la norma, el nivel de lengua, la tradición, la religión, la cultura, el contexto, el cargo, el momento, las circunstancias, la bocasuciez del traductor, la edad y origen étnico de los hablantes... En cambio en español, unos más otros menos, todos sabemos lo que las palabras significan, cuándo lo significan, cómo lo significan, quién las dijo, quién las inventó, quién las hizo famosas. Cada palabra en español es un verdadero chiche de nuestra cultura. Empecé a pensar en la maravilla de la lengua materna, en cómo en realidad, la traducción es una pérdida de tiempo, un berretín inútil, porque nunca va a resultar exacta o “fiel” que le dicen, porque nada es lo mismo en otro idioma.
A esta altura de la elucubración, la futura nota ya era boleta: me había ocupado más de la dificultad para traducir “I screwed up” que del asombroso fenómeno de escuchar a un político admitiendo que se equivocó, diciendo que la responsabilidad es suya, reclamando la paternidad del error y anunciando con cara de preocupado al público de la tele que va a tratar de tomar medidas para que esto no se repita. Decidí seguir su ejemplo y escribir que yo también “screwed up” con la nota, que el tema de hoy era otro. Sorry Barack, te dejo golpeándote el pecho en cámara man, y me dedico a mi poco actual, totalmente cursi, completamente demodé, repugnantemente íntima nostalgia del español.
Mis primeros tiempos acá (empezaron hace cinco años y siguen vigentes) fueron de sentirme torpe. No sólo no entendía cómo se hacía nada, sino que no me entendían cuando preguntaba y si lograba que me entendieran lo que preguntaba, yo no entendía lo que me respondían. Y no porque no supiera inglés: tengo nueve sólidos añitos de Amicana en mi haber (los tres primeros mandada en calidad de bulto, los tres segundos de aplicadita nomás y los tres últimos de puro testaruda porque ya había hecho los seis primeros). Aprendí mucho, adquirí “una muy buena base” como dicen las maestras y las madres. Cuando aterricé en el planeta USA comprobé dolorosamente que eso de “a buen entendedor pocas palabras” sólo funciona en el idioma del entendedor: una cosa es saber gramática inglesa y poder leer y otra muy distinta es hablar y entender lo que se escucha. Yo, que estoy vieja y mañosa y fungía de buena entendedora, de repente necesitaba ríos de palabras, montañas de señas, resmas de dibujitos alusivos y montones de gente de buena voluntad que tratara de explicarme. Ya no estoy para estos trotes.
Imagínense atender el teléfono y no entender absolutamente nada de lo que te dicen desde el otro lado, ni siquiera el “tema principal” de la llamada, y tener que preguntar mil veces “¿qué?” y que te pregunten mil veces “what?”. Claro que existe la posibilidad cuando uno hace un trámite por teléfono (como son acá casi todos los trámites) de optar por el idioma español, pero me ha pasado más de una vez cuando me he tentado, que la persona que habla español no lo habla muy bien (o sea, habla español como yo inglés) y no entiendo lo que me dice y le pregunto “¿qué?”, “¿cómo dijo?”, “¿me podría repetir?”, hasta que el orgulloso bilingüe (que quizás está hablando desde su casa en Singapur, porque con la globalización nunca se sabe) se ofende y me espeta un “¿acaso usted no solicitó la opción español?”.
Imagínense ir al médico (sacado de la guía de teléfonos) sin diccionario y tener que escribir en inglés, antes de entrar, toda tu historia clínica con enfermedades, operaciones, síntomas y antecedentes familiares. Imagínense cuando el rubio galeno te pide que le describás con exactitud el dolor, y vos de p..., digo de casualidad, sabés decir qué parte del cuerpo te duele y eso ayudándote con el índice.
Imagínense ir a sacar el carnet de conductor con examen escrito y salida a manejar y sin calculadora. Para empezar, tenés que contestar las preguntas de la mina reapurada que llena los formularios; cuando te pregunta el peso y la talla y no sabés cuánto pesás en libras ni cuánto medís en pies, tenés que salirte de la fila y soportar las miradas. Ya te le cruzaste a la empleada y no te queda otra que empezar a otear a los presentes en busca de alguien de tu tamaño y peso que tenga a bien confesarte sus medidas para vos poderlas copiar en tu formulario. Tu único consuelo es pensar que si se te hubiera ocurrido traer la calculadora, igual no hubieras sabido hacer la conversión. Después de pasar el examen escrito sin mayor drama (porque fuiste a Amicana y podés leer y escribir bastante bien), tenés que convencer en inglés al instructor que sale a manejar con vos de que sí sabés manejar pero no entendés qué quiere que hagás. Y el carnet de conductor es tu único documento de identidad, así es que o lo conseguís o lo conseguís: ¡le juro papito que manejo desde los catorce!
Imagínense lo arduo que es mantener una conversación superficial, de ésas que hay que mantener en una reunión en la que no conocés a nadie (y en ninguna reunión conocés a nadie porque no sos de acá), o en una fila, o en una sala de espera. ¿Cómo llenar en una lengua extraña esos silencios (que entre amigos son cómodos pero entre desconocidos son intolerables) cuando lo único superficial que sabés decir es “qué calor” o “qué frío” y solamente manejás centígrados? Y las preguntas que se desprenden de ésa: ¿cómo hacerte amigo de alguien si ni siquiera podés pasar la prueba de la conversación superficial?, ¿cómo aprovechar las dos horitas de reunión al máximo y sin desubicarte, para encontrar a las personas que te interesan y explicarles en inglés quién sos?
Hablando de reuniones, un momento social realmente incómodo es cuando hay un grupo de angloparlantes y alguien hace una broma o dice algo chistoso. Obviamente, aunque no entendás lo que dijeron, te das cuenta de que acaban de hacer una broma o de decir algo chistoso, y para no ser la desagradable que se queda con cara de piedra, sonreís. Entonces, algún comedido intercultural de esos que nunca faltan te pone entre la chanza y la pared y te pregunta si entendiste la broma: tenés dos opciones: a) decir que no y quedar como una tarada que se ríe de lo que no entiende, o b) decir que sí y arriesgarte a que te hagan explicar el chiste para asegurarse de que entendiste bien. Consejo: he probado a) y b) y garantizo que es mejor poner cara de piedra y esperar que alguien te explique la broma cuando los nativos terminen de reírse. Todas estas cosas, que parecen nimias y de poca monta, multiplicadas por horas, días y meses, pueden ser muy frustrantes. Básicamente, uno se resigna a que en esas condiciones tan desiguales tiene que dejar de tratar de parecer inteligente y empezar a luchar por no parecer estúpido.
Mi única conexión normal con el mundo como yo lo conozco es la llamada internacional por teléfono (cara pero mucho más barata que un psiquiatra), el correo electrónico (más epistolar que conversacional) y skype (la maravilla de charlar gratis vía internet con otros usuarios del programa). Pero hasta ese cordón umbilical ha tenido sus altibajos. Cambiamos la compu de años por otra y yo no me di cuenta y dejé ir el teclado viejo. ¡Imperdonable! Cuando el técnico terminó de instalar todo lo nuevo y me senté a inspeccionarlo, no estuve al borde: el ataque de nervios me dio de lleno. Mi marido todavía se burla de cuando yo, totalmente sacada, les preguntaba a él y al técnico por la eñe, los signos iniciales de pregunta o admiración, el acento y los puntitos de la u; cuando casi llorando les decía “y qué hago ahora con el español”, y “estoy harta de este maldito lugar”. Ya sé que se puede hacer aparecer estas grafías con una combinación de teclas, como científicamente me explicaban para tratar de calmarme marido y técnico, tan masculinos ellos. No entendían que mi problema sobrepasaba al teclado, que para mí éste era un episodio más de entorpecimiento de la única comunicación fluida que me iba quedando.
Otro cable a tierra idiomático fue el que encontré hace dos años, cuando me metí a una extraña librería y la cajera me escuchó el acento y me invitó a unirme a un grupo de lectura en español. Nos juntamos en la misma librería, una vez por mes, para conversar sobre un libro que todos nos ponemos de acuerdo en leer. Claudia, la coordinadora, es chilena; María, mexicana; Paul, uruguayo; José, peruano; Mariano, portorriqueño; Brian y Patrick, gringos pero profesores de español y de latín; Leo, italiano-venezolano; Jill, gringa pero enamorada del español; Laura y yo, argentinas. Es una felicidad para todos darnos un beso en el cachete, abrir un vinito y compartirlo, preguntarnos cómo se dice lo mismo en nuestros distintos países, comparar nuestras costumbres, etc. Aunque tratamos de cubrir autores hispanoamericanos varios (este mes estoy releyendo “El túnel” de Sábato y diciendo los “vos” y lo “che” en voz alta para escucharlos), la literatura no es más que una excusa para hablar el español.
Yo sabía que iba a ser difícil vivir en otro idioma, solamente no sabía cuán difícil. Yo sabía que yo era una hispanohablante, solamente no sabía cuán hispanohablante. La gente, la de allá y la de acá, me pregunta siempre si “ya me integré”, como si se tratara de una reacción química que tarde o temprano tiene que suceder. Y a todos les digo que no. Uno no se puede integrar en otro idioma (por lo menos completamente, que es lo que significa “integrarse”). No existe ser bilingüe, existe ser en la lengua de uno y usar otra lengua como instrumento. Hablar en otro idioma es casi como ser medio sordo o medio mudo o medio paralítico. El inglés es mi audífono y mi lengua de señas y mi bastón. El español son alas. Por eso a mi hija le hablo exclusivamente en español y le enseño malas palabras. Por eso en vez de extrañar los asados, las tortitas o el mate, extraño las conversaciones. Por eso es un placer para mí cada semana escribir estas notas al margen. ¡Viva el español, carajo!
Me equivoqué: es sobre el español
"Mis primeros tiempos acá (empezaron hace cinco años y siguen vigentes) fueron de sentirme torpe. No sólo no entendía cómo se hacía nada, sino que no me entendían cuando preguntaba y si lograba que me entendieran lo que preguntaba, yo no entendía lo que me respondían".