1- Te he visto
Esta tarde quiero darte las gracias porque te he visto tantas veces. Y hoy no ha sido un día especial. Pero has querido que sintiera especialmente Tu presencia.
Te he visto en los rostros de Griselda, Mirco, Sebastián, Mariela y Alicia con tratamientos en el Notti.
Te he visto en aquella mujer que vendía especias en las puertas del mercado.
Te he visto en aquella viejecita que entraba a la iglesia buscando aquello que, después de haberlo probado todo en la vida, le parece más auténtico.
Te he visto en aquel mozo joven, con contrato temporal, que soportaba pacientemente los gritos del dueño del bar.
Te he visto en Coca y en cada uno de los chicos del Hogar.
Te he visto en los ojos claros y limpios de aquel/lla joven que se preguntaba qué quería ser y hacer en la vida.
Te he visto en el obrero municipal que, con pala en mano, limpiaba las acequias, mientras un grupo de curiosos lo miraban.
Te he visto en el padre y en la madre de familia que volvían cansados a casa después de muchas horas de trabajo.
Te he visto en aquel muchacho/a, que, con cara triste, se inyectaba en el rincón de una calle solitaria.
Te he visto en el rostro de Juan y de Marta que me han anunciado que habían decidido casarse.
Te he visto en aquella religiosa que lleva cuarenta años sirviendo a los enfermos y nunca se habla de ella.
Te he visto en la cara feliz de aquella chica, después de una larga charla para curar su empacho espiritual.
Te he visto...
Ábreme los ojos, Señor, para que te pueda ver, en medio de la vida.
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2- Diógenes
En esas lecturas que uno realiza de vez en cuando, recuerdo una que relata lo siguiente. Estaba el filósofo Diógenes cenando lentejas cuando el filósofo Aristipo, que vivía confortablemente a base de adular al rey, le dijo: “Si aprendieras a ser sumiso con el rey, no tendrías que comer esa basura de lentejas”. Diógenes replicó: “Si hubieras tú aprendido a comer lentejas, no tendrías que adular al rey”.
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3- El viento y la veleta (de Armando Tejada Gómez)
Como el mundo es redondo se aconseja,
no situarse a la izquierda de la izquierda,
pues, por esa pendiente,
el distraído suele quedar de pronto a la derecha.
Se han dado casos.
Se repiten tanto en estos tiempos de confusa urgencia,
que el que quiere cambiar la flor de mano
debe ejercer la ciencia y la paciencia.
Pero no en breves raptos o relámpagos
ni a palos con el águila agorera;
tampoco en conversadas salamancas
de sexo y saxo y de pilosa niebla.
Esas raras maneras del hartazgo
suelen ser distracciones pasajeras,
síntoma tipo de que el ocio endémico
sustituye la historia por la histeria.
Hay que ser consecuente con la furia!!
Escoger entre el viento o la veleta.
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4- La esperanza como actitud crítica
La esperanza es una de las tres virtudes teologales, junto a la fe y al amor. Rima con confianza, término que deriva de fe: quien cree, espera; y quien espera, cree. Esperar es confiar.
Para Jesús la esperanza está ‘delante’ marcando el fin y la plenitud de la historia, y no en la cima, como postura verticalista de quien ignora la existencia de este mundo o la rechaza. Hoy la esperanza tiene una connotación histórica: la utopía. Ésta introdujo en la cultura occidental la conciencia histórica, la percepción del tiempo como proceso histórico que lucha contra los obstáculos que, en el hoy, impiden la realización de lo que se espera como ideal.
La esperanza se basa en la memoria. Quien espera, rememora y conmemora. Es esa memoria la que alimenta la conciencia crítica, conciencia de la diferencia, de la inadecuación, de lo que falta.
Si la fe ve lo que existe, la esperanza ve lo que existirá, decía Péguy. Y añadía: el amor sólo ama lo que existe, pero la esperanza ama lo que existirá… en el tiempo y por toda la eternidad.
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5- Repartir con el que no tiene
¿Qué debemos hacer ante este presente?, es la pregunta que a todos nos invade.
Juan Bautista resume su respuesta con una fórmula genial por su simplicidad y verdad: «El que tenga dos túnicas, que dé una al que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo». Así de simple y claro.
¿Qué podemos decir ante estas palabras quienes vivimos en un mundo donde más de un tercio de la humanidad vive en la miseria luchando cada día por sobrevivir, mientras nosotros seguimos llenando nuestros armarios con toda clase de túnicas y tenemos nuestros frigoríficos repletos de comida?
Y ¿qué podemos decir los cristianos ante esta llamada tan sencilla y tan humana? ¿No hemos de empezar a abrir los ojos de nuestro corazón para tomar conciencia más viva de esa insensibilidad y esclavitud que nos mantiene sometidos a un bienestar que nos impide ser más humanos?
El cristianismo, tal como nosotros lo vivimos, no parece tener fuerza para transformar la sociedad del bienestar. Al contrario, es ésta la que está desvirtuando lo mejor del mensaje de Jesús, vaciando nuestro seguimiento a Cristo de valores tan genuinos como la solidaridad, la defensa de los pobres, la compasión y la justicia.