La patria socialista

Ellos cuidan a los niños sin padre, aman a los hermanos sin hermanos. Allí está un pedazo de la patria maldita. Allí dormita un retazo de la memoria escondida. Nunca volverán, jamás. Han decidido construirse un mundo a su imagen y semejanza, para no desaparecer, del todo.

Ellos no están, pero los he visto. De a grupos andan, caminando por el bosque en un silencio estentóreo. El bosque tampoco está, como entonces. Talado, en partes semiquemado, chamuscado; aparenta un no-lugar de refugio para las almas. Sin embargo, lo más importante: ya no son más desaparecidos. No están en la mesa con sus hijos y sus familias, no están en las calles gritando por la patria socialista, no están en los barrios dando una mano al que menos tiene. Insisto, allí no están, físicamente. Pero están en ese bosque, sigilosos, intentando recuperarlo.

La tarea no es fácil. Trajinan con baldes de agua que extraen del arrollo helado que baja de la montaña. Y como tienen vida eterna, lo hacen como las hormigas, en fila, ordenandos, sin prisa. Sus miradas, intactas. Sus sonrisas, calcadas. Han decidido “aparecer” sin ser vistos en un bosque saqueado, para ocultarse apareciendo y bendecir la tierra saboteada. Son niños, son jóvenes, son adultos; hombres y mujeres. Y nunca más crecerán, vivirán así, detenidos en el tiempo, y desencadenados. A su modo, viven la felicidad como una forma del socialismo que no consiguieron en vida. Pero aparecen allí, para el que quiera creer que están allí. Y, como los he visto, créanme que están allí. Son como vos y como yo; no son “tan diferentes”. Los he visto tomar mate, avivar un fueguito compañero para un asado, recitar unos poemas de Bertolt Brecht y de Paco Urondo, guitarrear hondas zambas perdidas en la noche estrellada.
Ellos cuidan a los niños sin padre, aman a los hermanos sin hermanos. Allí está un pedazo de la patria maldita. Allí dormita un retazo de la memoria escondida. Nunca volverán, jamás. Han decidido construirse un mundo a su imagen y semejanza, para no desaparecer, del todo. No permiten su desaparición. Como ecos en el valle, retumban sus pasos cansinos de sus pies descalzos. Y así, trastocan las coordenadas materiales de la biología y las certezas de los forenses, de las noticias y los expedientes de la burocracia. No es “Utopía”, la isla de Tomas Moro, ni un “falansterio” imaginado por Fourier. Tampoco. “Viven” en esa arrollada, nuestra herida profunda como sociedad, que no deja de provocarnos. Allí están los torturados, los arrebatados, los engayolados. Las mujeres violadas y los muchachones con las marcas de la picana en la panza.

Los bebés han evolucionado como especie y se cambian solos sus pañales, se preparan su leche, pero no dejan pasar la oportunidad y se prenden a las tetas de todas las mujeres a las que les arrebataron sus niños. Ya no pertenecen a un partido político. “Se pertenecen”. Se han salvado del olvido publicitario y del oportunismo mediático. Todos andan con un sombrero en sus cabezas. La decisión es simple: lo han hecho para saludarse con elegancia. Entre ellos se sacan el sombrero con elegancia. Y se saludan. Es parte de su lenguaje. El del silencio. Todo en el bosque es silencio, calmo. Pero allí están, haciéndonos sombra para cuando el sol arrase en los eneros. Allí están, salvando al bosque para cuando el mundo estruje su última gota de agua. Allí están, tejiendo ropas con las hojas de los arboles, para cuando quedemos desnudos.