Cleto: te amo, te odio, dame más

Hace alrededor de treinta años que Charly García escribió aquella canción en la cual una señorita perseguía al  manager de su banda susurrándole al oído “Te amo, te odio, dame más”, sin intentar ni siquiera suponer que mas de un cuarto de siglo después la situación se reiteraría en la relación entre algunos dirigentes políticos argentinos.

Y es que al parecer las virtudes y defectos del Vicepresidente de la Nación son vistas, en forma selectiva, por los distintos sectores de la sociedad argentina. Así, mientras la inmensa mayoría de la ciudadanía (mas del 65% de los mendocinos según una medición de la semana pasada) ven solo las virtudes de Cobos, algunos dirigentes políticos, (aún en el grupo de los considerados aliados) no alcanzan a observar más allá de sus defectos. Y si bien tiene cierta lógica que los integrantes de otras fuerzas focalicen sus esfuerzos en difundir las fallas del político mas aceptado por el pueblo argentino, cuando las palabras surgen de quienes se nutren de la popularidad del “Cleto” la cosa se pone vidriosa.

La situación me recuerda al discurso anticapitalista de ciertos jóvenes, pronunciado entre copa y copa de champagne en la mansión de papá, a sabiendas de que sus palabras sulfuran a su progenitor, pero sin tener el coraje suficiente como para pegar el portazo y oponerse al sistema desde donde corresponde, esto es, desde afuera, sin gozar de las virtudes del mismo.

Volviendo a Cobos, y tomando al párrafo anterior solo como una metáfora, la situación de muchos dirigentes es mas o menos como lo planteaba Charly García: no me gusta lo que haces, pero mientras seas popular, mientras podamos tomar champagne a tu costa, te bancamos. Después…qué importa del después…

Por su parte, los ciudadanos que idolatran al Vice parece que solo ven sus virtudes, aunque ya tenemos muestras de sobra de cómo los vientos hacen cambiar las opiniones de las masas. En este país se ha amado primero y odiado después a tanto dirigente, que la lista se hace larga, y nadie parece aceptar la frase aquella de que “al que le guste el durazno que se aguante la pelusa”. Todos queremos la fruta dulce, pero sin picazón. Y si bien los duraznos pelones simplifican la cosa para los que quieren consumir este fruto sin rascarse, en el resto de las actividades de la vida la solución no es tan fácil. El pan debe hacerse con la harina que se tiene, aceptando los defectos de los compañeros de ruta, y reconociendo las virtudes de quienes estén circunstancialmente enfrente, so pena de ser vistos, en el mejor de los casos como hipócritas, y en el peor, como estúpidos (o al revés).

Ya va siendo hora, creo yo, de que los distintos integrantes de esta sociedad aceptemos que ninguno de nosotros es perfecto, y que después de cierta edad ya no vamos a cambiar, al menos no en lo profundo. Con esto en claro, es  más fácil participar de ciertos espacios… y también dejarlos.