El día que Sandro vino a darle un respiro a Mendoza

Conjeturas y reflexiones a partir de las coincidencias entre el caso de Sandro y el nuestro.

Después de dos semanas en que Mendoza y su dirigencia estuvieron envueltas en enredos de todo tipo, el anuncio y la posterior intervención de Sandro en el  Hospital Italiano, vino a darle a la política mendocina el respiro que todos necesitaban y nadie sabía cómo conseguir.

Y como botones de muestra valgan las piedras y los niños “jugando” con la muerte, la pérdida de un empresario ejemplar como consecuencia evitable de ese juego macabro, el gobernador distante y viajando permanentemente,  el vicegobernador y su confesos intentos de existir, la castración química como panacea no se sabe muy bien de qué,  los productores “inmovilizados” por la prescindencia de sus pares y por las promesas del ministro como respuesta a sus reclamos, el endeudamiento sospechado, los radicales divididos y todo lo que se quiera agregar a la lista.

Son las paradojas de la vida misma. El popular Sandro, que felizmente se recupera de su grave dolencia cardíaca y respiratoria, aún así, con sus pulmones casi sin funcionar, vino a darle a la política mendocina el aire que él no podía respirar.

Desde el viernes Mendoza es Sandro, y desde luego que hacemos votos para que se recupere prontamente, por lo que representa, pero sería muy bueno para la vida de todos nosotros que de la misma manera y con la misma velocidad con la que seguramente recuperará su salud el entrañable “Gitano”, también se recuperara nuestra clase dirigente, especialmente la política.

Si existiera un médico que pudiera atender a los cuerpos sociales, seguramente frente a nuestro caso, daría un diagnóstico muy rápido: Mediocridad Crítica. Y con esa definición indicaría sobre el cuerpo social mendocino un tratamiento muy parecido al de nuestro huésped, para poder recuperar la salud que supimos tener en otras décadas.

Pero, lamentablemente para nosotros, no existen esta clase de galenos, asique tendremos que seguir sufriendo este constante devenir que muestra una realidad con algunas coincidencias, que nos dejan "mensajes" sobre los que cabe reflexionar.

Una coincidencia es que, a propósito de aquel imaginario diagnóstico, hay dos palabras que se parecen peligrosamente en su escritura; apenas hay que cambiar el orden de las letras y dos enes por una r para que, en vez de escribir “Mendocinidad”, escribamos “Mediocridad”. Como decía Sarmiento, dependerá de nosotros que ese parecido no se transforme en sinonimia.

Y la otra coincidencia es que fue a nuestra tierra hasta donde tuvo que llegar el célebre paciente a operarse, porque aquí está lo más excelente que existe en la Argentina, y en varios países limítrofes, para tratar la complejidad de su caso.

Porque esta “otra” Mendoza que emerge con exponentes de la talla del Dr. Claudio Burgos, también coexiste con la que se muestra penosa, claudicante y que aparece cuando  hablamos de seguridad, educación y salud, o de votaciones en los ámbitos legislativos de la provincia y los municipios.

Exponentes como el citado Burgos, o los Doctores Albino, Zaldívar y el recientemente desaparecido Euser Sticca, salvando las diferencias entre sus virtudes, se suman y son referentes de una legión de anónimos hombres y mujeres que embisten contra la adversidad, que se imponen a sus propias circunstancias, prosperan, y devuelven a la comunidad lo que de ella reciben.

Y frente a esta coincidencia, es realmente llamativo el hecho de que sea justamente el excelente trabajo que esta parte de la sociedad desarrolla, el que venga a darle ese “respiro” a la otra, a la que aparece como más numerosa.

Los que buscan la excelencia, los que se exigen a sí mismos para superar sus logros, los que toman como propios los ideales que sus ancestros les legaron y luchan para transformarlos en realidad, vinieron a salvar, aunque sea por un ratito,  a los que no buscan otra cosa más que zafar, a los que no dudan en ser los primeros en saltar del barco cuando comienza la zozobra, y a los que, para cuando les toca, trabajan antes que nada para el beneficio particular y luego, y en la medida en que esto sea posible sin complicarse demasiado, para el de su sector de pertenencia. 

Llegados a este punto, necesitamos aclarar que también la política mendocina tiene esas “honrosas excepciones” que hacen inevitable conjeturar acerca de por qué esa masa crítica no logra derramar sobre el resto de la sociedad lo que debiera ser fecundo efecto de su ejemplo.

¿Por qué ese ejército, que parece cada vez más diezmado, de hombres que luchan con principios, dignidad y perseverancia no se hace más visible y se impone a la realidad, en vez de quedar oscurecido por el peso de una circunstancia que se presenta como inevitable, aunque todos sabemos que no es incorregible?

“La respuesta está soplando en el viento”, decía Bob Dylan, o quizás esté en la sentencia de Martin Luther King: “El problema del mundo no está en la gente mala que hace daño, sino en los buenos que se sientan a ver qué pasa”.