Mendoza todavía se beneficia en vida de un ángel-gato de la guarda. Un ángel-gato vegetal nacido de una suculenta carbonada criolla. Un mito viviente que ha dejado un puñado de melodías y canciones, emociones violentas que flotan en el aire arremolinado del desierto, en las noches de bares escondidos sin publicidad o en madrugadas enloquecidas de desesperación existencial. Por momentos, el ángel-gato es un buque mercante abarrotado y encarador, un rompehielos cojonudo que atraviesa la mar. Y en otras situaciones, el ángel con sus alas caídas, intenta resistir el olvido desde una canoa de junco huarpe que boga con escobas en la sequedad de una duna pesada.
Hay noches que sólo le pertenecen a él. Noches en las cuales todos los mortales de esta provincia algo habremos hecho al mismo tiempo, vulgaridades complementarias, agonismos de gatos en la medianera, apuntados con un 22. Esas noches, no podrán nunca tener un registro legal. No es el caso de la luna que no tiene dueño conocido (en parte todos somos sus dueños) pero sí, hay noches en Mendoza que le pertenecen exclusivamente al sergiño. Noches en “Flor y Nata” en los años setenta, con una guitarrita a media luz en la época oscura de la patria. Noches en “Pequi`s” en los ochenta, en el regreso de ciertas libertades. Noches en “La Bóveda” húmeda de los noventa, que saqueó a los peregrinos de esa meca.
El Sergio, pasa como un rayo insaciable que no daña, sino que acaricia; y a más de uno nos ha tocado recibir su abrazo humano, demasiado humano. El tipo es de barro y caña, y hasta ahora, no hay temblor o terremoto que lo tumbe. Es más gato que los gatos, un “Rey Gato”. Unos de los sublimes talentos de la música local, del rock vernáculo, que por esas selecciones darwinianas del mercado, no cobra un mango por lo que hizo. Es que mas allá de los derechos de autor, él es dueño de un secreto que nadie podría pagar, que no tiene precio, ni hay mercado que lo pueda cotizar. Su libertad austera no garpa para algunos.
Él es la obra: su cuerpo, su pescuezo, sus dedos y manos, su mohín, su inagotable bondad mental, su generosa vida de entrega al naufragio. Él es capitán y marinero de una barcaza reciclada, de matorral y de paja, a veces, nutrida de marineros compañeros, otras, a solas con sus propulsores brazos, vadeando la solitaria aventura del refugiado en su tierra.
Todavía en el norte del Brasil lo recuerdan los aborígenes del Estado de Marañón (la Jamaica brasileña), compartiendo músicas primitivas con “el petreka”, tocando tambores, matracas y zambombas. Pegado al Amazonas, en ese poblado incivilizado de sabanas y manglares, rico en alquimia, en aquellos tristes trópicos bailó con diablos ciegos en derredor del fuego purificador de almas. Y aquí, roquero y tonadero, cuyano y cantor de bolichones, amigo en los bordos de tierra adentro, torazo en rodeo ajeno.
El Sergio Embrioni es una especie de Martin Fierro vegetal, de esos que crecen y aguanta solo el piedemonte mendocino, que más que de agua se hizo de vino patero en una viña en la punta de un puesto de montaña. Están el chañar, el algarrobo y el Sergio Embrioni. Usa los cactus de guitarras para que broten sus flores en el enero incendiado del monte y que sus cantos y sus rasguidos, sus punteos y sus arpegios, convoquen a toda la fauna de la zona; y se sienten a escucharlo en un silencio atronador. Los bichos lo reconocen parte de su bando, y, a veces, se lo llevan por los cielos a dar unas vueltas, haciéndole un lugarcito en la geométrica bandada que dibujan en el aire. Allí va el Sergio, ahí viene el Sergio, allá se va el Sergio. Pero siempre está volviendo a golpear la puerta con unos quesos y unas flores, con la sonrisa sincera del visitante inesperado pero bienvenido en la sorpresa.
El Sergio, solo, irrepetible. Porque cuando no lo vemos se nota el vacío. Son de esos tipos que cuando no están a tu lado, se nota su ausencia. Porque el tipo es el amor y la paz materializados en su estar y en su andar. Héroe de mil batallas, las armas de Embrioni conquistan por seducción, encantamiento y respeto. Es el único Rey-soldado que cuando dispara, y acierta, no mata. Y ahora, como buen soldado, se mece en su hamaca de plata. Y no está vacío. El gran sol lo hace brillar.