¿Reina del melón? ¿Reina de la yerba mate? ¿Reina del girasol? ¿Reina de la manzana? ¿Reina de la sandía? ¿Reina del agua? ¿Reina de la nieve? ¿Reina de la vendimia? No hay evento donde no se elija una. ¿De dónde salió esta estupidez de andar eligiendo reinas? ¿Para que se paseen por dónde y representen a quién y ante quién? Por favor, basta de reinas. El culto a la belleza sumado a esa chocherita de décima con la monarquía me da asco. ¿Por qué las mujeres nos seguimos prestando para hacer esas pavadas? ¿Seremos tan…? No, no quiero ni pensarlo.
Hagamos un primer esfuerzo imaginativo para superar el tema de las reinas. Imaginemos cómo sería elegir un rey… Mmmm, primero habría que elegir a los muchachos en las distintas fiestas vecinales, y hacerlos patear kilómetros de pasarela para irlos filtrando, éste sí, éste no, hasta que todas las fotitos de los finalistas se encontraran a buen recaudo en la mesita de luz de la esposa del intendente, que por supuesto sería parte del jurado para elegir al rey del departamento. Una vez elegido éste, comenzaría la operación imagen: peluquería, maquillaje, trajecitos, sesiones fotográficas, viajecitos a la capi, fulbito con los otros reyes para que se hagan amigos, entrevistas con los medios para páginas o espacios comodín, repartija de afiches para los negocios del centro, éste sí, éste no y así hasta que todas las fotitos llegaran a la mesa del comedor de la esposa del gobernador, que por supuesto sería parte del jurado para elegir al rey de la provincia.
Los finalistas tendrían que ser altos, carilindos, musculosos, con barba de un día, bien abdominales, sin anteojos y con todo su pelo en la cabeza. Y sí, deberían poder hilvanar un par de oraciones sobre su departamento y algún modesto objetivo representacional “más allá de la fiesta”, porque hasta las reinas pueden. Y mataría si alguno pelara, a último momento y en plena época de elección, algunas contorsionadas fotos en calzoncillos (no los grandotes tipo Homero Simpson, ojo con ésos que podrían predisponer mal al jurado). Ésa sería una movida muy pero muy inteligente para atraer más publicidad que los otros candidatos: una imagen así, en ropa interior sobre cama sin hacer, vale más que mil paseos en mocasines por la peatonal.
Y hablando de calles, los candidatos tendrían que participar también de la Vía Blanca. ¿Se los imaginan acomodándose la corona dorada que parece de oro o la capa de tafeta que parece de terciopelo, en la butaca de colectivo que parece trono, en la cima del tractor decorado que parece carroza? ¿Se los imaginan saludando a la multitud con ese ondulante movimiento vendimial de mano multiplicado por dos manos multiplicado por el número de velludos cortesanos que los acompañan? ¿Se los imaginan a todos tirando melones, manzanas, pomelos o uvas a una multitud sin abolengo que no sabe si atajar o esquivar los nutritivos proyectiles reales?¿Suena ridículo? Pues igual de ridículo resulta con las reinas.
Hagamos un segundo esfuerzo, ahora más intelectual y atrevido, total con la barbaridad que acabo de decir... ¿Creen ustedes que es justo que las mujeres o los hombres sean elegidos, coronados o premiados por su belleza? Yo creo que es muy injusto. A mí me molesta que algo tan poco meritorio como ser linda o lindo se premie en cualquier otro ámbito que no sea el de los certámenes de belleza (que igual critico, pero que por lo menos se dedican abiertamente a eso) o se convierta en símbolo de cualquier cosa que no sea una agradable combinación genética para la cultura de turno.
Hace unos años, cuando lanzaron la telenovela “Betty la fea”, tuve esperanzas de que la ficción fuera útil y cambiara el punto de vista de la multitud de chicas sin autoestima que la veían. Siendo Betty inteligente y buena pero fea, y aún así protagonista de la serie -pensé yo-, el escritor va a dejar de lado la belleza como bien preciado, como único atributo necesario para triunfar, como el inevitable sueño de las pibas. ¡Qué ingenuidad la mía! Todos los originales capítulos del principio y del medio no eran más que la preparación para la gran metamorfosis del final, cuando la fea -tan capaz y bondadosa ella, pobrecita- recibe su premio y se convierte, gracias al maravilloso lifting de la trama y para alivio y felicidad de la teleaudiencia, en linda. Pura basura, más de lo mismo.
Ahora no pido más esfuerzos de ninguna especie, sólo un poco de idealismo. ¿Por qué no puede haber una fiesta sin reina? ¿No podemos festejar y presentarnos al mundo como espectáculo si no elegimos a una? ¿No nos basta con un escenario impactante, una coreografía de primera y un guión de lujo? ¿No será que el proceso de elección de la reina no es símbolo de nada sino simplemente actividad (y de lo más aburrida) que precede a la fiesta y termina con la elección? Porque a ver, ¿qué hace la reina después de la elección? Embolsa unos pocos premios, va a unos pocos actos, presencia otras pocas asunciones similares a la suya y chau, hora de entregar la corona a la próxima soberana. Soberana… Mejor lo dejo ahí.
La fiesta de la vendimia no tiene nada que ver –por lo menos desde el punto de vista de la lógica- ni con belleza femenina, ni con reinas, ni mucho menos con reinas hot. Si lo que queremos es una fiesta para presentar y elegir reinas calientes (hot es caliente, aunque no suene tan fashion), organicemos Señorita Mendoza o mejor Miss Mendoza, que es más internacional y hace juego con lo hot, los livings, los looks, los wine tasting, los after office y el halloween, tan típicamente nuestros. Si tuviéramos la fiesta de Miss Mendoza, como decía, las chicas que quisieran competir en belleza –con o sin ropa, en escenario departamental o en telo, con vestido largo o en calzón y corpiño- no se confundirían de evento, como le pasó a la desorientada candidata de las fotos en boga.
Porque convengamos, a esta chica no le interesan los surcos, ni los racimos, ni las cuecas, ni la cosecha (sus intereses terrenos podrían discutirse en un par de irónicos y tentadores párrafos que me cuesta no escribir). Lo que la chica quiere es promocionar su belleza (o quizás la flexibilidad de sus articulaciones o su nuevo conjuntito blanco o el angosto diseño de su escalera, o la habilidad de su depiladora, qué sé yo) y está aprovechando la oportunidad mediática que todos le ofrecemos, está usando la fiesta de la vendimia como certamen de belleza porque eso es lo que significa la fiesta para ella.
Y tiene un poco de razón, porque la fiesta se ha convertido en broche de oro de un certamen de belleza de dudosa categoría que en cierta medida se la fagocita. Esta parasitaria actividad previa a la fiesta, que se alimenta de la fiesta misma, la promovemos y la pagamos nosotros. La chica lo único que hace es usarla y su crimen no es moral sino estético, porque las fotos de que se vale son pésimas (además, de resultado incierto como estrategia, ya que después de verlas es difícil imaginarse a la candidata representando un evento cultural, o desayunando en su primer día de reinado en la cama de otro tipo de hotel, o sin ir más lejos, es difícil hasta imaginársela con la capa puesta y la corona en su lugar).
Como no me parece bien ni que la fiesta use a las chicas ni que las chicas usen nuestra fiesta, y ya que todos coinciden en que los tiempos cambian y las reinas cambian y las ropas cambian y todas esas obviedades que se repiten hasta el infinito, ¿por qué no aprovechamos y cambiamos también la estúpida tradición de seguir eligiendo reinas para la fiesta de la vendimia? Propongo lo siguiente: convoquemos a algunos insignes historiadores de nuestro medio (preferentemente especializados en Virreinato del Río de la Plata), encontremos en los polvorientos archivos la misteriosa ordenanza colonial vigente que nos intima a elegir una reina tras otra en cualquier fiesta de envergadura (no, no, las reinas hot que no se sonrían, que la palabra existe y se escribe toda junta), reunamos a los diputados y senadores que anden por el centro, exijamos una sesión especial de cabildo abierto en la legislatura y sin french ni beruti, ni paraguas ni escarapelas, de puro guapos que somos, declarémonos independientes una vez más al grito glorioso de ¡basta de reinas!
Una vez libres, elijamos al cosechador/a que cosechó más tachos, o al contratista que lleva más años trabajando la viña, o al enólogo/a que hizo el mejor vino el año pasado, o al ingeniero/a agrónomo/a que supervisó el mejor viñedo, o a todas estas categorías juntas. ¿Por qué no? Y por favor, al elegido no lo llamemos rey o reina ni lo coronemos con objeto alguno. Llamémoslo cosechador/a o contratista o enólogo/a o ingeniero/a de la vendimia de tal año, démosle un buen premio en efectivo (que podríamos estipular promediando los inútiles e insípidos gastos en reinas de vendimias pasadas) y a otra cosa mariposa. Claro, elegir a estas personas no sería tan fácil como decidir quién es la más bonita (aunque elegir la más bonita no es tarea fácil, dicen los jurados de belleza), pero tendría más sentido.
Dejo de soñar. Ese futuro de democracia y justicia vendimial para todos es aún ideal. La cruda realidad presente es que estos reinados de pacotilla que nos agobian (tradicionales si quieren, pero de pacotilla al fin) son producto de la escasez de otras oportunidades para las aspirantes a bella y de un recesivo gen monárquico que nos impulsa a mezclar en las fiestas la falta de mérito de la monarquía europea con los disfraces de poliéster de Disney en temporada alta. ¿Lo diré de fea? No sé, puede ser. Tengo que admitir que las nenas princesas y las chicas reinas y las mamás reina madre y los papás que las crían y los jurados que las eligen y los maridos que las desposan me dan por el centro del hígado: fíjense la cara de amargada que tengo en la foto. ¡Y qué fea!