Ayer, en MDZ, Gabriel Conte nos trasmitía su visión de la guerra en Gaza (y de todas las guerras) a propósito del escrito de Christopher Hitchens “Dios no es bueno”.
Sin pretención alguna de respuesta a lo dicho y escrito, deseo hilvanar algunos pensamientos y sentimientos sobre la religión y la fe desde mi visión y convicción cristiana.
Aunque parezca sabido (o no tanto), creo que es prioritario hacer una distinción entre ‘religión’ y ‘fe’, según mi interpretación de ambas. La fe es “creer”, “tener confianza”, “dar asentimiento” a “alguien”; no a algo. Se tiene fe en una persona o en las personas; se deposita la confianza en lo que alguien dice y hace. Y al depositar la confianza, se intenta acercar la propia vida al testimonio que esa persona ha dejado grabado en nosotros.
La religión o lo religioso, en cambio, no siempre se refieren a ‘alguien’ sino a ‘algo’. Es impactante, al respecto, la respuesta que mucha gente da cuando se le pregunta por qué cree: “Y...algo debe haber más allá de este mundo”. Ese algo indefinido e indefinible, superior a nosotros, que todo lo puede, hacedor del bien y del mal, que decide nuestro destino. Digo, también, que una fe bien intencionada a menudo puede convertirse en religiosidad vacía y contradictoria si pierde de vista a ese “Alguien” en quien cree y termina interpretando la fe como un conjunto de doctrinas, normas y ritos que tranquilizan la conciencia porque “estoy cumpliendo con Dios y, entonces, él tiene que cumplir conmigo”. Así la fe se torna institucional e ideológica, tanto en el plano personal como social.
En mi caso, realizo esfuerzos cotidianos para que el inspirador de mis pensamientos, sentimientos y acciones sea Jesús de Nazaret. Él con sus actos y con sus palabras, me indica un camino a seguir en mi relación con quien considero Padre-Madre de todos, con mi prójimo y con el mundo que me rodea. Tengo fe y confío en Jesús. Su manera de vivir y de ser fiel hasta la muerte dan sustento a mi fe en él. Y Jesús me ha enseñado que Dios es bueno, que vive en medio nuestro y dentro de nosotros; que desea el bien de todos y que aguarda esperanzado el regreso de quien equivocó el camino.
Y, también, que este Padre-Madre respeta la libertad que él mismo me dio para pensar y para decidir, aunque esa libertad sea usada para el mal y no para el bien. Pongamos un poco de atención: casi todos los males que nos aquejan, la guerra y la injusticia globalizada entre los primeros, son deformes y mortales frutos producidos por nosotros mismos. ¿O no?
Por eso no es la fe en el Dios viviente y bondadoso la que mueve a personas y naciones a guerrear, a matar y a destruir, invocándolo desde el cristianismo, judaísmo, islamismo, budismo, etc. Es la fe institucionalizada y convertida en ideología suprahumana, que muchos intentan utilizar como paraguas convalidante de su torpe egoísmo y proverbial soberbia. Es “lo sagrado” como fardo opresor de conciencias y segador de vidas.
Para mí, lo sagrado es la presencia de Jesús en medio nuestro. Uno entre nosotros. Viviendo nuestra tormentosa vida y tendiéndonos la mano de su gracia, de su ejemplo y de su palabra para que lleguemos a ser, siquiera un poco, como Él.
Entonces, la guerra en Gaza, en Irak, en Afganistán, la hambruna en África, los 2.500 millones de dólares de gastos militares por día no son frutos de la fe ni de la verdadera creencia. Son frutos del poder político, del ansia de riquezas y del poder militar disfrazados, en casos, con una religiosidad hueca y de apariencias. Como tantas veces Jesús les echó en cara a los dirigentes religiosos de su tiempo.