La guerra en la política

Del discurso de John McCain en la Convención Republicana, hubo una sola frase que resultaba imprescindible: “odio la guerra”. El problema es que, días antes, el mensaje de respaldo a su candidatura que formuló George W. Bush reincidió en el más inmoral de los artilugios políticos: la manipulación del miedo.

Era lo que tenía que decir. A esta altura de su campaña, de tanto repetirse su relato en cada acto, la historia de la proeza de John McCain en Vietnam comenzaba a sonar como parte de una apología de la guerra. Sobre todo sumado al énfasis con que el candidato republicano defiende el envío de tropas y la permanencia en Irak.

Sino no lo decía de una buena vez, la suya se convertiría decididamente en una candidatura bélica. Por eso la parte imprescindible de su discurso en la Convención Republicana, la única parte imprescindible, fue su afirmación “odio la guerra”.

El razonamiento es que la paz prolongada se consigue desde posiciones de fuerza, mientras que las actitudes débiles generan los conflictos que dicen querer evitar. Por cierto, es un argumento discutible. Como también es discutible que McCain no sea el candidato de la guerra. No obstante, en materia de discurso, el pronunciamiento fue equilibrante. Aunque probablemente no alcance para conjurar la fórmula con la que George W. Bush le brindó su apoyo. La fórmula del miedo; esa que utilizan los demagogos bélicos.

Desde la historia

Neville Chamberlain y Edouard Daladier actuaron en la convicción de que estaban salvando a Europa de una guerra. Poco después, los representantes de Gran Bretaña y Francia descubrirían que era exactamente lo contrario.

Mussolini  había propuesto aquella cumbre que se concretó en septiembre de 1938. Hitler había dado el ultimátum a Checoslovaquia: si el primero octubre no había evacuado a sus fuerzas y funcionarios de los Sudetes, Alemania atacaría. Por eso Praga movilizó fuerzas militares a posiciones defensivas, mientras Francia y Gran Bretaña entraban en estado de alerta.

Berlín consideraba que todo territorio donde hubiera población germana era territorio alemán, y el razonamiento que se impuso en aquel encuentro de Munich es que las demás potencias no tenían porque inmiscuirse en los asuntos del vecindario del Tercer Reich.

En aquel setiembre gris del ’38, Chamberlain y Daladier firmaron el Pacto de Munich. En el aeropuerto de Londres, el primer ministro anunció que traía la paz. Pero a renglón seguido las divisiones Panzer de la Wehrmacht entraban a los Sujetes para hacerla cabeza de playa de la invasión al resto de Checoslovaquia.

Así lo había advertido, desesperadamente, el presidente checo Eduard Benes, y tal vez el error de Chamberlain y Daladier que implicó  abandonar a Checoslovaquia, colaboró con el desquicio neuronal que lo llevó a la tumba poco después, con la única ventaja de ya no tener conciencia de la tragedia en la que se había hundido todo el continente y sus áreas de influencia en el resto del planeta.

Aquella traición a Checoslovaquia sólo se habría justificado si, efectivamente, detenía la voracidad territorial hitleriana. Pero como no fue así, quedó en la historia como una ingenuidad política de consecuencias trágicas.

El fantasma del pacto de Munich fue desempolvado por el vicepresidente norteamericano Dick Cheney a propósito de Saddam Hussein: si el mundo se quedaba con la conclusión del equipo de inspectores que comandaba el sueco Hans Blix sobre la ausencia de arsenales de destrucción masiva en Irak, actuaría como Chamberlain y Daladier frente a Hitler, provocando por ello trágicas consecuencias.

Sin embargo fue al revés, y la trágica consecuencia, cuantificable en vidas y destrucción, se pagó precisamente porque Washington y sus aliados no tuvieron en cuenta las conclusiones de Hans Blix.

La sombra del Pacto de Munich está proyectada desde hace varios años sobre Irán, donde el máximo ayatola Alí Jamenei y el jefe del gobierno, Mahmud Ahmadinejad, juran y perjuran que el proyecto nuclear del país está exclusivamente apuntado al uso civil.

De momento, la política del mundo que sospecha, como el egipcio Mohamed el-Baradei, que el verdadero fin es de carácter militar, se ha limitado a las sanciones económicas y los medios diplomáticos de presión. Pero de seguir acumulando Irán centrifugadoras para enriquecer uranio, el proyecto nuclear que el estado islámico desarrolla en sus plantas de Bucher, Natanz, Arak e Izfahán planteará la disyuntiva de hierro. Y habrá halcones diciendo que aceptar los pretextos de Teherán equivale a actuar como Chamberlain y Daladier.

El mismo perfil tiene el debate dentro de la OTAN frente al accionar de Rusia en su periferia. Estados Unidos, Polonia y la República Checa, entre otros, consideran que haber demorado el ingreso de Georgia y Ucrania en la alianza atlántica dejó expuestos a los georgianos al zarpazo militar ruso que acaba de desgarrar el territorio del país caucásico. Y que si por la dependencia de Europa con el gas y el petróleo rusos, no se aplican sanciones a Moscú y se detiene el proyectado escudo antimisiles con base en tierras checas y polacas, Rusia sentirá que le dieron un cheque en blanco como el que recibió Hitler en Munich, en setiembre de 1938.

Aquella referencia histórica puede ser correctamente utilizada, pero también puede ser parte de una estratagema para instrumentar, mediante el miedo, la consecución de un objetivo bélico.

En la interpretación de los ideólogos del gobierno republicano, Clinton no respondió con la suficiente firmeza a los ataques de Al-Qaeda en Nairobi y Dar el-Salam, y contra el buque militar anclado en un puerto de Yemen. Por eso Osama Bin Laden siguió adelante y desembocó en el 11-S.

Convirtiendo el miedo por aquel atentado genocida en un instrumento político, la administración Bush avanzó hacia su meta en Irak. Pero todo lo ocurrido a partir de entonces lo corroboró como un estratagema para lograr cheques en blanco de una sociedad asustada.

Sin embargo, sigue siendo el núcleo del accionar gubernamental de Bush. A tal punto, que en la Convención Republicana, en medio de las dudas de so su participación suma o resta al candidato oficialista, el plato fuerte del discurso del presidente fue el mismo y repetido estratagema para articular el miedo a favor propio. “John McCain es lo que los norteamericanos necesitan para no sufrir otro 11-S”.