¿Fue una reacción paranoica de Fernando Lugo? ¿O de verdad se trató de un complot contra su gobierno? Es la pregunta que se hace el Paraguay por estos días y responderla correctamente será la clave para el futuro del primer gobierno no colorado que tiene el país, en seis décadas.
Hay un conflicto y una escena. El conflicto ocurre en el Senado y tiene que ver con el escaño de Nicanor Duarte Frutos. Cómo ex presidente le corresponde una banca con vos pero sin voto; aunque el hombre que le pasó el cargo a Lugo sabe que, en su situación, eso es como un casco de tela.
Al poder en el Senado lo da el voto, y Duarte necesita ese poder para mantenerse a flote en el Partido Colorado y en la política paraguaya.
Con ese objetivo, en la última elección fue candidato a senador por el oficialismo, y las bibliotecas jurídicas se dividieron. Para una parte, lo que hizo es legal y debe asumir un escaño con voz y voto, porque ha sido elegido para eso. Para la otra parte, por ser ex presidente no podía postularse sino asumir la banca sin voto que le corresponde.
Trasladada al arco parlamentario, la división de las bibliotecas hasta ahora ha sido desfavorable a Duarte Frutos, porque la mayoría de los senadores lo excomulgan y aprueban que ocupe esa banca el candidato suplemente de la lista colorada.
El hecho es que mientras este debate paraliza la cámara alta, ocurrió la escena que el presidente describió como un complot en su contra.
El escenario es la casa de Lino Oviedo, polémico ex militar que lidera la Unión Nacional de Ciudadanos Eticos (UNACE), tercera fuerza política del Paraguay. Además del anfitrión, estaban reunidos allí el ex presidente Duarte Frutos, el oviedista que preside el Senado y el Congreso, Enrique González Quintana; el fiscal general del Estado Rubén Candia, y el vicepresidente del Tribunal Supremo Electoral, Juan Manuel Morales.
A esa reunión fue conducido el general Díaz Cáceres, cuya función es actuar de enlace entre el Senado y las Fuerzas Armadas. Según el militar, allí fue consultado sobre la crisis que paraliza al Senado. Y lo que hizo Díaz Cáceres a renglón seguido fue informar de lo ocurrido a su superior, el comandante de las Fuerzas Armadas, general Soto Estigarribia, un amigo personal de Duarte Frutos pero de tan comprobada honestidad que Lugo lo mantuvo al frente de las fuerzas militares.
Haciendo honor a su fama de hombre recto con vocación institucionalista, el general Soto Estigarribia informó de todo al presidente, quien arribó a la conclusión de que la reunión en sí misma constituyó un complot y que los allí reunidos actuaron como conjurados, con excepción del general Díaz Cáceres, por cierto.
¿Por qué Lino Oviedo ayudaría a Duarte Frutos, si ha sido opositor a su gobierno? Posiblemente, porque la decisión judicial que sacó a Oviedo de la cárcel, donde estaba por golpismo y otros crímenes, pudo ser consecuencia de un pacto secreto con el entonces presidente. Lo comprobable, al menos, es que la mayoría de los legisladores oviedistas están intentando ayudar a Duarte Frutos.
Lo que también es irrefutable y, por lo tanto, justifica las sospechas del presidente Lugo, es que ni el fiscal general del Estado Rubén Candia, ni el vicepresidente del Tribunal Supremo Electoral, Juan Manuel Morales, debieron participar de la reunión. Al hacerlo incurrieron en una desmesura que justifica la denuncia presidencial.
Finalmente, la pregunta clave: ¿hay razones para sospechar de Lino Oviedo y de Nicanor Duarte Frutos? Si, las hay, y son sus propios antecedentes.
El general Oviedo saltó a la fama participando de la conspiración golpista del general Andrés Rodríguez contra su consuegro, el dictador Alfredo Stroessner.
Obviamente, nadie puede repudiar aquel complot por el hecho de que fue contra la dictadura brutal y corrompida. Sin embargo, la carrera de Oviedo en el campo de la conspiración continuó.
Desde la jefatura del ejército conspiró contra el presidente Juan Carlos Wasmosy, llegando al punto de encabezar una sublevación golpista. Y sus huellas también están en el complot criminal que desembocó en el asesinato de su archienemigo dentro del Partido Colorado, Luís María Argaña, cuando éste era el vicepresidente del oviedista Raúl Cubas Grau.
En cuanto al ex presidente, el antecedente que delata su proclividad al juego sucio está en la elección interna con que la Asociación Nacional Republicana (Partido Colorado) eligió su última fórmula electoral.
En ese comicio interno, el favorito según todas las encuestas era el joven empresario Osvaldo Domínguez Dibb, quien tenía una posición muy crítica hacia el entonces jefe de Estado, a pesar de la militancia en la fuerza política oficialista.
Domínguez Dibb denunció en reiteradas oportunidades que se orquestaba un fraude a favor de la candidata de Nicanor Duarte, la ministra de Educación Blanca Ovelar, y que se fraude se perpetraría a través del uso de urnas electrónicas.
Curiosamente, a contramano de lo vaticinado por todas las encuestas, Blanca Ovelar se impuso en la votación y fue la candidata oficialista.
El gusto a fraude que dejó aquella interna colorada se sumó al cúmulo de denuncias jamás esclarecidas sobre actos de corrupción en el gobierno de Duarte Frutos.
Con eso alcanza para no caer en la apresurada conclusión de que Fernando Lugo reaccionó en forma paranoica, al denunciar un complot contra su gobierno. Aunque eso no equivale a la certeza de que el complot en marcha tenía por objetivo tumbarlo de la presidencia.
¿Primer complot contra Fernando Lugo?
No está claro que el objetivo haya sido tumbar al presidente del Paraguay, pero sobran las razones para sospechar, por lo menos, que Nicanor Duarte Frutos y Lino Oviedo han vuelto al viejo vicio de operar en las sombras y contra la claridad institucional.