Yemen, cuyo nombre significa “a la derecha” porque, respecto al sol naciente, el sur de la Península Arábiga está a la diestra de la ciudad santa donde nació el profeta, es un país que siempre pasa desapercibido aunque en él ocurran y se originen cataclismos.
Como si estuviera oculto allí junto a Omán, el desierto saudita y el Mar Arábigo, ese rincón del Oriente Medio pasa inadvertido incluso cuando es escenario de acontecimientos que impactan en el resto del mundo.
Por caso, en estos días ocurrió un ataque que no alcanzó los titulares de la prensa, a pesar de sus dieciséis muertos y de que el blanco fue nada menos que la embajada de los Estados Unidos en Sanaa, la capital yemení.
Los ataques de Al Qaeda a las embajadas estadounidenses en Nairobi, Kenya, y Dar el Salam, Tanzania, anunciaban la ofensiva terrorista que desembocó en la lluvia de aviones sobre Nueva York y Washington.
Su vida como noticia y como materia de análisis fue efímera, a pesar de que en la tierra del antiguo reino Himyar, cuyo pueblo desciende la nación que gobernó la Reina de Saba, ocurrieron bestiales atentados como el que mató a turistas españoles en la provincia de Mariv y también donde, un año antes del 11-S, una lancha-bomba se lanzó contra el destructor norteamericano USS-Col, anclado en el puerto de Adén, matando a 17 tripulantes.
Detrás de la pulseada que el presidente Alí Abdulá Saléh libra desde hace años contra el jeque fundamentalista Abdelamjed al Zindani, para quien casi todo lo que impulsa el gobierno constituye “Haram” (pecado), hay un duelo mayor. Es el enfrentamiento entre Saleh y el terrorismo religioso, que en Yemen tiene dos nombres: Jihad Islámica y Al Qaeda.
Ocurre que el país que está “a la derecha” de La Meca es el origen de la familia de Osama bin Muhamad bin Awdah bin Laden. Esa familia que al radicarse en Ryad engendró una de las fortunas más grandes del Oriente Medio y uno de los terroristas más devastadores de la historia.
De Sanaa a Islamabad
Con el ataque a la embajada norteamericana en Sanaa, Al Qaeda retomó la actividad en la Península Arábiga. Y con la devastación del Hotel Marriott, en Islamabad, lanzó el contraataque destinado a advertir al nuevo presidente de Pakistán que no sueñe con hacer lo que no pudo el dictador que lo antecedió en el poder.
El general Pervez Musharraf fracasó en el intento de erradicar a Al Qaeda del escenario político paquistaní. A pesar de toda la presión norteamericana y de tener en sus manos un poder sin límites institucionales, debido precisamente al carácter dictatorial de su gobierno, en diez años Musharraf no pudo terminar con los bastiones de la red terrorista ni atrapar a Bin Laden y su lugarteniente Aymán al Zawahiri, protegidos por los pashtunes paquistaníes.
Antes del fracaso total, el dictador ensayó un doble juego: persiguió sólo a los terroristas extranjeros, en especial árabes, pero sin atacar a las organizaciones locales. Incluso bajó la intensidad del enfrentamiento con el “comandante de los fieles” Amir Baitulá Mehsud, líder de la rama paquistaní del movimiento talibán en cuyo feudo del norte de Waziristán se ocultarían Bin Laden y Al Zawahiri.
Pervez Musharraf también creyó que podría neutralizar al clérigo Fazlulá, quien propone que los pashtunes dejen de hablar urdú (lengua oficial paquistaní) y construyan el Pashtunstán, un estado independiente y coránico de la etnia pashtún. Pero Fazlulá mantuvo a la organización que lidera en Baluchistán, la Alianza para la Imposición de la Ley Coránica, como aliada de los talibanes afganos y de Al Qaeda.
Con mas de medio centenar de muertos y la utilización de un camión-bomba, el atentado en el corazón de Islamabad evocó las dos grandes masacres de la década del ochenta, en Beirut, contra las bases francesa y norteamericana.
Pero la masacre del Marriott tiene un agravante. Muchas horas después de perpetrado el ataque, se supo que esa noche cenarían en el lujoso hotel, que es el principal centro de encuentro de la comunidad occidental y del cuerpo diplomático, el presidente Azif Alí Zardari y el primer ministro Yusuf Raza Gilani.
En la cena, que a último momento se decidió realizar en la casa del primer ministro, participaron también las autoridades parlamentarias y varios ministros. Por lo tanto, de no haber mediado ese cambio de planes de último momento, habría ocurrido el magnicidio colectivo más importante de la historia.
Pero lo más significativo es que no pudo ser casualidad. Si Al Qaeda atacó en ese momento el Marriott, es porque tenía la información más secreta de esas horas. O sea, sabía que allí estarían el presidente, el primer ministro y los líderes parlamentarios, además de varios ministros. Y si lo sabía es porque ha logrado infiltrar al ISI, tenebroso servicio de inteligencia paquistaní.
Ahora, el viudo de Benazir Buttho sabe que no puede confiar en el aparato de espionaje estatal. Igual que el ejército y la policía, los servicios de inteligencia están infiltrados por las organizaciones fundamentalistas. En Pakistán, nadie sabe a ciencia cierta cuanto falta para que los largos brazos de Al Qaeda lleguen hasta los misiles con ojivas cargadas de megatones que apuntan hacia Nueva Delhi y Bombay.
Además, el golpe al Marriott no vino solo. A penas horas más tarde, fue secuestrado en Peshawar Abdul Khaliq Farahi, el cónsul general del gobierno afgano de Hamid Karsai, el archienemigo de la milicia talibán y de Al Qaeda. Y en Egipto, el terrorismo ultra islamista volvió e golpear la principal industria de ese país: el turismo. Al sur de Asuán, tierras con muchas ruinas arqueológicas y tribus beduinas, fue secuestrado un grupo de turistas españoles y alemanes.
Es cierto que, muchas veces, ha sido la casualidad lo que acumuló una variedad de atentados terroristas en un mismo puñado de horas. En este caso, podría ser casual el secuestro colectivo que obliga al gobierno de Hosni Mubarak a sentarse a negociar con sus peores enemigos.
Pero es muy posible que el ataque a la embajada norteamericana en Sanaa y la devastación del Marriott de Islamabad, apuntada a decapitar el gobierno, sean parte de un mismo mensaje, que dice que Al Qaeda está viva y fue escrita en dos lugar claves: Yemen, un punto de origen, y Pakistán, que es hoy el principal escenario de su guerra contra las potencias de Occidente.