En muchos aspectos, es la contracara de Golda Meir. Tzipi Livni pertenece a una familia tradicional de la derecha ultra-nacionalista. Su padre fue jefe de operaciones del Irgún, uno de los grupos que luchó por la independencia de Israel con métodos terroristas. Y ella fue abogada del Mossad, célebre servicio de inteligencia del Estado judío.
En cambio Golda Meir nació y creció en una familia muy humilde de Kiev, la capital ucraniana. La pobreza y los pogromos la llevaron a Milwauke, en el estado norteamericano de Wisconsin, donde trabajó con su madre en un almacén de barrio.
La historia de Golda Meir desemboca en la política a través del Histadrut, la central obrera israelí donde empezó la militancia izquierdista de esa mujer que vivía en el kibutz Merhavia. Su padre era un humilde trabajador y el hombre con el que se casó, Morris Myerson, no era célebre ni pertenecía al mundo político.
Por eso, ya liderando el MAPAI (embrión del actual Partido laborista) cuando la muerte del primer ministro Levi Eshkol la convirtió en jefa de gobierno, esta miembro de la Kenneset (parlamento) a cuyo apellido natal (Mabovitch) israelizó como Meir, sólo tenía como predecesoras en el mundo a Sirimavo Bandaranaike y a Indira Gandhi. Pero había una diferencia con ambas.
Sirimavo, hija de un alto funcionario cingalés, asumió el gobierno de Sri Lanka tras el asesinato de su marido, el primer ministro y líder de Freedom Party Solomon Bandaranaike. Mientras que Indira Gandhi era la hija del pandit Jawarhalal Nehru, padre de la independencia de la India. En cambio, sin hombres poderosos en su familia, Golda se hizo sola en el mundo de la política.
El hecho es que a Tzipi Livni, de alcanzar la meta hacia la que se encaminó en estos días, la historia la juzgará en comparación con la estadista de la sencillez imponente que gobernó Israel entre 1969 y 1974, y a la que le tocó lidiar con los misiles egipcios alineados en el Canal de Suez, con la masacre de los atletas judíos en Münich y con la difícil guerra de 1973.
En común tienen que las dos fueron cancilleres, mientras que la principal diferencia entre ambas es ideológica: Meir era de matriz izquierdista, mientras que Tzipi Livni ha sido partidaria del Heretz Israel (el país de las fronteras “bíblicas”), ferviente admiradora del general Ariel Sharon y amiga de la conservadora norteamericana Condoleezza Rice.
Ahora bien, como discípula de Sharon, también siguió al robusto general cuando éste, reformulando sus antiguas convicciones, impulsó y concretó el desmantelamiento de los asentamientos de colonos en la Franja de Gaza, y aceptó negociar el nacimiento de un Estado palestino independiente.
Cuando asumió una posición crítica contra el general Dan Halutz por los errores en la guerra contra Hezbolá, y reclamó la renuncia de Ehud Olmert por el fracaso de ese conflicto en territorio libanés, Tzipi Livni ya se había situado en una posición centrista dentro de Kadima, el partido que fundó Ariel Sharon y que gobierna Israel.
De hecho, en la interna partidaria, la canciller de cincuenta años se situó entre el ultra-dialoguista viceprimer ministro Haim Rahmon, y el Saoul Mohfaz, el halcón guerrero que ocupa el Ministerio de Transporte y que hizo campaña prometiendo poner fin al proyecto nuclear de los ayatolas iraníes con bombardeos.
Si Livni logra formar gobierno, evitará de ese modo una elección anticipada en la que probablemente ganará el derechista Likud, convirtiendo en primer ministro al ultra-conservador Benjamín Netanyahu, cuya más clara propuesta es sepultar definitivamente el diálogo con los palestino y conjurar toda posibilidad negociadora con Siria por las Alturas del Golán.
Ahora bien, si la actual ministra de Relaciones Exteriores y flamante titular del Kadima logra las alianzas parlamentarias que le permitan suceder en el cargo a Ehud Olmert, dejará anticipadamente de ser primer ministro para enfrentar procesos por corrupción, el gobierno que encabezará va a estar signado por la debilidad.
El riesgo de ese gobierno es carecer de fuerzas para desempantanar el diálogo de paz, y también para cavar la tumba en la que sepultarlo definitivamente.
La primera razón, es que ganó la interna partidaria por una diferencia escuálida (43 por ciento de los votos, sobre el 42 de Mohfaz). La segunda razón es que no se lleva para nada bien con el Shas, partido religioso de los ortodoxos sefaradíes, sin el cual no podrá tener la mayoría de escaños suficiente en la Keneset. Y la tercera es que ella misma está a mitad de camino en todo.
Es partidaria de negociar con los palestinos, pero absolutamente intransigente en temas clave como el futuro de Jerusalén y el retorno de los palestinos en la diáspora. Y su posición también oscila entre la voluntad y la intransigencia en las cuestiones Irán y Siria.
Si llegara a evitar comicios anticipados y formar un gobierno medianamente estable, lo cual en sí mismo constituiría una proeza, estaría obligada a sacar la cuestión árabe-israelí del lodo en el que se ha empantanado.
No le sería fácil porque su partido ha perdido el respaldo de la mayoría que llevó a Sharon y luego a Olmert al poder; a lo que se suma la transición política en los Estados Unidos y el hecho de que la tremenda crisis obligará a la potencia aliada de Israel a retirarse militarmente de buena parte del mundo (empezando por Irak) y a frenar drásticamente las ayudas militares que brinda a sus socios.
La suma hace difícil concebir que para Livni sea fácil formar gobierno y, luego, lograr que la suya sea una gestión significativa y no marcada por la inacción y la debilidad. Aunque, de lograrlo, se formará por primera vez en el mundo una trilogía de poder femenino.
Ocurre que, con Tzipi Livni como primer ministra, los tres poderes estarían encabezados por mujeres, ya que al frente del legislativo está Dalia Itzik y al frente del judicial la jueza Doris Beinish.
Claro que podría sólo ser sólo una curiosa anécdota porque, en un país obligado a tener gobiernos capaces de marcar la historia, Tzipi Livni estará obligada a, por lo menos, acercarse a la estatura de Golda Meir.
Aquella primer ministra con aspecto de abuela buena, cometió errores, como el plan de venganza por la masacre de los atletas en Munich y como la debilidad que mostró el ejército israelí en la guerra del Yom Kippur, en la que fue indispensable el puente aéreo por el que Israel recibió armas desde los Estados Unidos.
Ahora bien, por los errores que comprometieron a Israel en aquella guerra de 1973, Golda Meir renunció un año más tarde, mientras que Ehud Olmert intentó seguir en el cargo a pesar del fracaso militar en el Líbano y de los escándalos de corrupción que, finalmente, pusieron a Tzipi Livni en posición de sucederlo.
Tras los pasos de Golda Meir
Luces y sombras en el futuro inmediato de Tzipi Livni, la canciller israelí que tras imponerse en la interna partidaria procura alianzas para reemplazar a Ehud Olmert como primer ministro. Entre la urgencia de frenar a Benjamín Netanyahu y el riesgo de encabezar un gobierno débil.