Todo organismo vivo, desde que nace, aprende técnicas o métodos de supervivencia que, según su especie, desarrolla en mayor o menor medida.
El ser humano no es una excepción. Para desenvolverse mejor en la vida, tiene que aprender a adaptarse a los cambios. No se trata de cuestiones complejas, sino de aprendizajes simples, pero trascendentales para su vida.
Sin embargo, nuestros gobiernos, integrados por seres humanos, parecen no entender la simpleza de esos aprendizajes para afrontar los cambios. La falta de previsión ante amenazas de cambios, como las situaciones de crisis, se puede observar en todos los campos de la administración pública (salud, educación, transporte, servicios, seguridad, etc.). Generalmente se toman medidas “parche”, de manera puntual y asincrónica, en vez de aportar grandes soluciones para resolver los grandes problemas.
En el caso de los vaivenes de la economía y, más aún, sabiendo que estamos en un contexto globalizado, donde todos pertenecemos a un todo, resulta una medida vital la planificación, conociendo qué se es, qué se tiene y hacia adónde se va, para poder hacerle frente a la adversidad y salir airosos, ya sea en una crisis económica, en un desastre natural o en cualquier situación crítica.
En el campo energético es quizás donde más se evidencia la casi inexistencia de la impronta estatal. Digo casi porque no puedo pasar por alto las importantes obras de infraestructura energética que se realizaron en algunos momentos de lucidez de nuestros gobernantes. Pero después de eso, ¿nadie se detuvo a pensar que la población crecería? ¿Nadie previó que la demanda de servicios, de infraestructura, de equipamientos y de energía aumentaría, incluso en una etapa de bonanza económica?
Con tristeza veo que nos cuesta mucho aprender las cosas simples. Hoy, como en muchas otras veces, nos encontramos con una realidad que nos muestra claramente la nula planificación y la falta de previsión.
Pasamos las crisis económicas, las inundaciones, los terremotos, las sequías… Salimos de las crisis, crece la demanda de bienes, como aparatos de aire acondicionado, crecen las empresas, aumenta la población, pero no se incrementa la disponibilidad de energía.
Y así nos encontramos, con un plan de emergencia energética que debemos denominar mejor, de ahorro energético, entre cuyas medidas, desde el 1969 hasta la actualidad, ha sido la no menos engorrosa solución que perjudica a toda la población, los cambios de husos horarios, adelantando o atrasando los relojes. Estas medidas traen consecuencias negativas para la salud en general de las personas, como alteraciones en el sistema nervioso central (somnolencia, irritabilidad, dificultades de atención, concentración, memoria). Representan mayor riesgo en individuos que requieren de esas funciones al iniciar el día como conductores, escolares, maestros, empleados y trabajadores. A eso se agregan la fatiga, el bajo rendimiento, la menor productividad, malestar general, cambios de ánimo, etc.
Y hoy a punto de entrar otra vez en la época estival, Mendoza no hace nada para cambiar ese irracional huso de la hora, por lo tanto, nos espera una temporada conflictiva tanto para el habitante común como para el mundo productivo traducido en pérdidas monetarias.
Sin embargo, no pierdo la esperanza de tener algún día no muy lejano a algún gobernante que realmente haya asumido los aprendizajes simples de la vida y que, aprendido esas enseñanzas simples de la vida, y que a pesar de ser las más difíciles de cumplir…por lo menos marque el camino hacia un País con mayúsculas.