Siempre fue una profesión trabajosa y malamente retribuida.
Hoy, y las estadísticas pueden confirmarlo, es altamente insalubre.
¿Qué pasó?
En algunas épocas, las escuelas “problemáticas” eran excepcionales.
En la actualidad las “no problemáticas” constituyen la excepción.
Mientras esto escribo, te imagino, maestro de hoy, tratando de llevar a buen puerto tu díscola nave en medio de una tempestad de proporciones inéditas y de duración indeterminable.
Y siento como un reflejo doloroso, parte de tu frustración, de tu desamparo.
Ser maestro y ejercer honradamente esa vocación, supone una tarea de connotaciones casi épicas en los tiempos actuales.
Sábato ha dicho con su habitual acierto: “En el vértigo, nada florece”.
Y es en ese vértigo casi demencial que hemos instalado en nuestras vidas, donde el maestro debe hacer florecer la semilla de una sociedad que ha elegido enterrarse.
s en esa suerte de calidoscopio descontrolado en que ha devenido nuestro escenario existencial, donde está obligado a garantizar su siembra, en las dosis homeopáticas que la pedagogía del “paso a paso y acabadamente” le exige, para que en tiempos humanos, sus alumnos sedimenten la enseñanza incorporándola como capital definitivo.
Otrora, su labor generaba expectación y adhesión en la sociedad que le había confiado su capital más valioso, los hijos y aunque nunca acompañó masivamente el quehacer educativo con el protagonismo ideal, su actitud prohijaba y favorecía el propósito común.
Hoy parece predominar la expectación interesada y no siempre de la mejor manera y también el desinterés cuando no el reproche superfluo y agresivo.
En medio de un bombardeo alucinante de información nunca filtrada, donde conviven en ilícita asociación los apocalípticos rebuznos mediáticos que llenan las pantallas televisivas de procacidad, grosería infame y decadencia cultural, el maestro debe enseñar la rectitud del corazón y del proceder tratando de instalar las normas de un lenguaje correcto, de una conducta correcta, porque, supuestamente esto es lo que la sociedad que lo designó espera de él.
Históricamente, la educación había tenido como misión transmitir una cultura imperante a las generaciones jóvenes, con la humana pretensión de proyectar en el tiempo la continuidad de ideas, valores, hábitos, conocimientos.
¿Que sucedería si hoy y siguiendo esa tendencia histórica, el maestro recogiera esta cultura actual de degradación y decadencia y potenciándola con la metodología técnica adecuada, la llevara a su más plena expresión entre los alumnos?
¿Saldrían a reprobar o aplaudir los que roban y destruyen escuelas, los que golpean maestros?
¿Cómo responderían los padres que en deplorable ejercicio de tal paternidad cuestionan y condenan la autoridad docente ante sus hijos?
Ser maestro conlleva en su esencia misma una misión demasiado trascendente para relativizarla con cualquier agravio, provenga de donde provenga, ya sea de padres intemperantes o necios, ya de gobiernos mentirosos y torpes o, más globalmente de una sociedad que genera en forma incesante una contracultura salvajemente opuesta a la educación.
Ser maestro es una condición humana y como tal no inviste santidad alguna y sí reproduce la sucesión de luces y sombras que todo humano transita.
Si queremos que las luces predominen sobre las sombras.
Si queremos que esas luces iluminen al capital más valioso que podemos atesorar en nuestras vidas, que son nuestros hijos.
Dejemos de fomentar la feroz contradicción en que hoy está debatiéndose ese maestro y asumamos la tarea noble y productiva de acompañar armoniosamente su quehacer o al menos no interferirlo.
A menudo, las generaciones mayores evocamos a nuestros maestros de ayer y casi invariablemente los rodeamos de una aureola de distinción, amor y respeto que pretendemos comparar en ventaja con el maestro de hoy.
Aquellos maestros de ayer pudieron serlo con ingentes sacrificios, pero con un contexto social favorable.
Este maestro de hoy se debate, no ya en la lucha contra la ignorancia, sino en su propia supervivencia, entre ser y no ser maestro.
Dejémoslo, ayudémoslo a ser.