Las convenciones partidarias son espectáculos de confección holliwoodense, donde todo responde a una puesta en escena milimétricamente calculada y donde el público está compuesto por personas que, aunque militantes, en esas rimbombantes jornadas hacen de actores de reparto que cumplen prolijamente un libreto.
Sin embargo, este aspecto superficial no invalida a esos imponentes espectáculos que cierran las internas partidarias y abren la confrontación general. En ellos lo importante está en los discursos, sobre todo si son leídos entre líneas.
Amén de Barak Obama y Joseph Biden, la gran protagonista de la convención demócrata fue Hillary Clinton. La particularidad del resultado de la interna demócrata es que Hillary no fue derrotada, sino superada por Obama. Lo confirma el hecho de que salió de las primarias con su imagen agigantada porque desde el primer caucus hasta el último estado en el que votaron los demócratas, la ex primera dama sorprendió como una luchadora lúcida y consistente.
La interna del Partido Demócrata fue un acontecimiento histórico. El duelo apasionante que, a modo de titanes, sostuvieron Barak Obama y Hillary Rodham Clinton, generó una atracción fascinante sobre los norteamericanos y también más allá de los Estados Unidos.
Fue tan atractiva la pulseada entre el senador negro de Illinois y la senadora rubia de Nueva York, que la imagen de la democracia norteamericana cobró un inusitado vigor para los ojos del mundo.
Como resultado de aquel duelo de titanes tan poco habitual en las internas partidarias, quedó flotando en la atmósfera política un novedoso clamor: la fórmula demócrata debía incluir a los dos duelistas. O sea, Hillary debía ser la candidata a vicepresidente de Barak Obama.
Por constituir un hecho extraordinario, o sea totalmente fuera de lo común, ese clamor de las bases partidarias, del que se hizo eco incluso buena parte de la opinión pública mundial que se había fascinado con la interna demócrata, debió ser escuchada por el ganador. Sin embargo, Barak Obama decidió hacer oídos sordos a la ovación interna, y elegir a su compañero de fórmula pensando en el electorado no demócrata.
Haciendo primar su aversión por la ex primera dama por los duros golpes que ella le propinó durante la compulsa interna, el candidato demócrata puede haber defraudado a las bases del viejo partido de los Kennedy. Por cierto el elegido no es un mal candidato. Joseph Robinette Biden le sumará el apoyo de la clase obrera blanca (donde, curiosamente, hay más racismo que en las clases más altas) y de los católicos, además de complementar por edad y experiencia la juventud y la inexperiencia gubernamental de Obama.
Hay otras razones de fondo que desaconsejaban la fórmula Obama-Clinton. La principal, en palabras de muchos altos dirigentes, es que llevada a la Casa Blanca esa fórmula produciría un gobierno con tres cabezas: la del presidente, la de su vice y la del marido de está, el ex presidente William Jefferson Clinton.
Sin embargo, el clamor se dio. Y es un hecho objetivo al que Obama no puede ningunear. El candidato sabe que el apoyo que Hillary le brindó en Denver es vital para sus chances. Sabe también que esa chance se concreta si ella tiene un lugar importante en el probable gobierno demócrata. Por tratarse de una hiper-potencia, esos lugares importantes se reducen a dos: la secretaría de Estado (ministerio de Relaciones Exteriores) y la secretaría de Defensa (el Pentágono).
Obviamente, el potencial cargo para la senadora de Nueva York es el que hoy ostenta Condoleezza Rice. Pero la pregunta que se hace Obama es cómo incorporar en su galaxia al planeta Clinton sin quedar eclipsado.
La sensación generalizada en la convención que se realiza en la capital de Colorado, es que los dos titanes que se enfrentaron en la interna quedaron enlazados por aquella imponente contienda. Obama de hacerle a la senadora un lugar que responda a la fuerte imagen que ella tiene, y ella debe reconocerle a Obama haber revivido en buena parte de la sociedad el “sueño americano” que encarnaron Rossevelt y los Kennedy. Así como también debe la senadora deparar que el fenómeno Obama trasciende las fronteras.
Se vio claramente cuando una multitud de berlineses se congregó en el Tiergarten, para escuchar fascinada al candidato negro de los Estados Unidos. Y se corrobora en las adhesiones que despierta incluso en la otra parte del arco ideológico. Lo prueba el presidente conservador francés, Nicolás Sarkozy, quien ni siquiera se empeñó en ocultar la simpatía y el respeto que le despierta Obama.
La convención demócrata tiene otro desafío: recuperar la ventaja que Obama dilapidó al tomarse un mes sabático en plena campaña electoral. El desafío que Rusia acaba de plantear a las potencias de Occidente con un ataque a Georgia que vaticina el retorno a la Guerra Fría, favorece al candidato republicano John McCain.
Pero el formidable espectáculo montado en Denver subrayó otra de las ventajas demócratas: las esposas.
Así como la imperceptible Laura Bush resulta aún más diminuta en comparación con su antecesora; Cindy McCain parece una Barbie sin más atributos que la sonrisa al lado de Michelle Obama, cuyo discurso en Denver y currículum profesional muestran que, además de bella, sería una primera dama con peso propio como el que tuvieron Hillary y Eleanor Roosevelt.
El planeta Clinton en el universo Obama
La convención en Denver parece exigir al candidato que no defraude aún más el clamor de las bases y de un lugar prominente a Hillary Rodham en un eventual gobierno demócrata. La situación quedó planteada tras la interna partidaria, donde la ex primera dama no fue derrotada sino apenas superada.