En muy pocas ciudades del mundo desarrollado la gente utiliza todos los días el automóvil para ir al trabajo o llevar los chicos a la escuela, como pasa aquí, saturando las escasas vías de acceso a la ciudad. Eso no quiere decir que la gente en aquellos países no tenga sus vehículos o se niegue a usarlos y ni siquiera significa que exista una mayor conciencia ambiental.
La diferencia entre ellos y nosotros es que tienen un sistema de transportes que funciona, con micros, trenes, subterráneos, troles o versiones locales de este tipo de movilidades que pasan a horario, que recorren los puntos neurálgicos de las ciudades, que llegan a tiempo.
El transporte público -ya sea de gestión pública o privada- existe, se hace notar y es de utilidad para toda la gente, trabajadores y ejecutivos, jefes y secretarias, funcionarios y ciudadanos.
Eso ocurre porque hay planificación e inversión, normas claras y control, Estados fuertes y reguladores; emprendedores privados confiables y que, a la vez, pueden confiar de la seguridad jurídica y que, por lo tanto, un cambio de humor político o económico no les jugará una mala pasada.
En Mendoza tenemos el sistema de transporte que la inercia quiere que tengamos.
El doble turno que produce la tradicional bisagra de la siesta, produce atolladeros increíbles en horarios clave en lugares que, durante el resto del día, la fluidez reina.
Cada mañana, cada mediodía y cada noche decenas de miles de personas ruegan a su santo favorito que pase un micro, que no se rompa, que no esté repleto y, luego de verificar todo eso, que esté limpio y que algún imprevisto en las destruidas calles del Gran Mendoza, no le haga cambiar el recorrido.
Esto ocurre en paradas en las que hasta 50 personas a la vez pugnan por subir al micro y apuestan a llegar a tiempo al trabajo o a la escuela.
En las mismas calles por donde hace 10 años circulaban 170 mil vehículos hoy lo hace más de medio millón.
Conseguir un taxi o un remise es una odisea y hasta hay contrataciones anticipadas de sus servicios, por lo que entre las 6 y las 9 de la mañana, no están disponibles para cubrir imprevistos.
No está el famoso “ferrotranvía urbano”, no se hicieron las rutas de circunvalación prometidas…y así podríamos seguir con una lista de despropósitos y bloopers que se han cometido en nuestra provincia en los sucesivos gobiernos en torno al tema del transporte.
No hay plan rector y las ideas que han ido surgiendo desde ámbitos públicos o desde la iniciativa privada, se han transformado en fantasías, sueños incumplidos.
MDZ dio la primicia del alejamiento de Estela Yubatti, la funcionaria que tuvo durante los meses que duró en el cargo, entre la asunción de Celso Jaque en la gobernación y hoy día, la dirección que pomposamente bautizaron como “de Vías y Medios de Transporte”.
Al momento de publicación de esta editorial, en la encuesta ofrecida a los lectores para que dejen su opinión sobre el asunto quedó en claro que a nadie le importa demasiado su recambio. “Pasó desapercibida” fue la opinión más reiterada, seguida de “no hizo nada trascendental” y “lo que hizo, lo hizo mal”.
A todas luces, de nada importa que cambien funcionarios y mucho menos sus razones “personales” para dejar el cargo, porque cuando, si se evalúan políticas públicas en la materia, no hay nada a mano para chequear, sólo un rosario de intenciones, ilusiones, desatinos, negociaciones por subsidios, peleas intersectoriales y, frente a todo esto, un Gobierno (este o cualquiera de sus antecesores) que se olvidan que tienen un rol que cumplir en el manejo del Estado y presencian el problema como si fuese un espectáculo, sin más, como un público abúlicos y, a la hora de hablar del tema, lo hace como comentaristas ocasionales y no en su rol de protagonistas.
La quimera de un sistema de transporte público eficiente
Ante la renuncia de la directora de Vías y Medios de Transporte de Mendoza, podrían surgir expectativas respecto de cambios estructurales. Sin embargo, el problema no es de nombres, sino de la existencia o no políticas planificadas. No importan tanto quién conduzca, sino saber hacia dónde vamos.