Israel: final para un gobierno fallido

Finalmente, el primer ministro Ehud Olmert reconoció la imposibilidad de continuar gobernando acosado por denuncias de corrupción. Las razones de un fracaso y el riesgo que implica el retorno de Benjamín Netanyahu, para las débiles tratativas con los divididos palestinos.

Este gobierno israelí nació despertando un huracán de expectativas y termina vegetando en un coma profundo, como su impulsor. El giro copernicano que Ariel Sharon imprimió a su visión del conflicto palestino-israelí, había generado un escenario político novedoso y esperanzador. El cambio era tan importante, que hasta requería un crear otro partido porque el Bloque Likud, la fuerza conservadora en la que militaba desde siempre el viejo general, no parecía en condiciones de ser el mejor vehículo para recorrer el nuevo trayecto.

Así nació Kadima, cuyo nombre alienta a los israelíes a “avanzar”. Ariel Sharon, el soldado que peleó en todas las guerras y reclamó para su muerte una tumba en un asentamiento de colonos, había comprendido que el “Eretz Israel” es imposible sin imponer un horrendo apartheid, renunciar a la democracia y asumir la guerra eterna. Pero un derrame cerebral lo sacó del timón del barco justo cuando emprendía ese viraje histórico.

El viceprimer ministro Ehud Olmert fue el sucesor del voluminoso general que jamás salió del coma profundo. Y lo que comenzó siendo un huracán esperanzador, terminó siendo en un gobierno fallido.

Olmert era el mejor orador del Likud y lo avalaba esa década en la que se lució como alcalde de Jerusalén. También supo apuntalar el giro de Sharon, el nacimiento de Kadima y el levantamiento de los asentamientos establecidos en la Franja de Gaza. Por eso se reafirmó como primer ministro en la elección anticipada que se realizó en marzo del 2006. Pero sus fracasos comenzaron ese mismo año.

Ehud Olmert fue un mal conductor de la guerra contra Hizbolá en el territorio libanés. El primer error fue dejar que el general Dan Halutz, el primer jefe aeronáutico que quedó al frente de las fuerzas israelíes, comandara las acciones bélicas. El segundo fue no corregir a tiempo lo que a la segunda semana de combates ya se mostraba como una estrategia errada.

El secuestro de dos soldados israelíes en la Alta Galilea detonó el conflicto. Y cuando concluyeron las acciones bélicas, los soldados no habían sido rescatados, la imagen internacional de Israel estaba fuertemente dañada, oficiales y efectivos militares israelíes demandaban en asambleas la renuncia del gobierno y del general Halutz, mientras que el jeque Sayyed Hassán Nasrala, líder del Hizbolá, quedó fortalecido en el escenario político libanés.

No sería el único fracaso. El primer ministro Olmert manejó con patética mediocridad el diálogo con los palestinos, acrecentando la debilidad del presidente Mahmud Abas, aprovechada por el movimiento fundamentalista Hamás y su líder, Ismail Haniye, para fracturar la Autoridad Palestina y quedarse con el control total de Gaza.

Para agravar el cuadro de debilidad gubernamental, llegaron las denuncias de corrupción. Lo peor fue que no extrañaron a nadie, a pesar de que los israelíes son un pueblo poco acostumbrado a la corrupción gubernamental.

Sucede que el actual primer ministro cometió el desatino de adquirir una mansión en Jerusalén, siendo miembro de una clase dirigente más apegada a la austeridad que a la ostentación.

La suma da como resultado este gobierno fallido, que ha perdido la fuerza y la autoridad para recomponer el diálogo con la ANP que le permita a Olmert cumplir con el compromiso que asumió en la cumbre de Anápolis: el establecimiento de un Estado palestino independiente antes de que termine el año en curso.

De ahí que a nadie haya sorprendido el anuncio de esta semana, marcando el final de la gestión de Olmert en setiembre. Una decisión tan tardía que la demora debilitó las chances de su propio partido y de las fuerzas aliadas, a favor del derechista Benjamín Netanyahu, líder del Likud.

Cuando los dialoguistas naufragan en la nada, se fortalecen los halcones. Por eso Netanyahu ha crecido tanto en las encuestas, a pesar de la mediocre gestión que en su momento encabezó como primer ministro.

Es ese tipo de líderes que se abren paso hacia el poder cuando el miedo y la desesperanza se adueñan de la sociedad. Su especialidad es congelar el proceso de paz con los palestinos y bloquear toda posibilidad de negociación con los países árabes.

A pesar de que su discurso flamígero pudo haber incitado al fanático Yigal Amir a disparar contra Rabin en la Plaza de la Paz de Tel Aviv, el miedo y la desazón le abrieron la puerta del gobierno. Y como primer ministro puso todo su empeño en desandar el camino emprendido por Yitzak Rabín y Shimón Peres. Lo logró, y desde entonces los acuerdos alumbrados en Oslo no han dejado de debilitarse hasta volverse escuálidos y languidecientes.

Entre los aspirantes a evitar que Natanyahu, los halcones del Likud y sus aliados religiosos conquisten el gobierno, sobresale el ministro de Justicia Haim Ramón, un dialoguista lúcido y eficiente, pero debilitado por un escándalo sexual que lo afectó de lleno.

También el ministro de Transporte, Saoul Mofaz, aunque en los últimos meses su interpretación de las encuestas lo llevó a sobreactuar el rol de halcón, prometiendo bombardear Irán si Mahmud Ahmadinejad sigue adelante con su plan nuclear. 

El líder laborista Ehud Barak es otro de los que aspiran a ocupar el cargo que Olmert dejará en setiembre. Pero lo debilita la sombra del fracaso del Camp David II, aquella maratónica negociación de paz en la que, con la mediación de Bill Clinton, el entonces primer ministro hizo ofertas territoriales que Yasser Arafat rechazó.

Por eso quien mejores chances tiene es la canciller Tzipi Livni, joven y atractiva dirigente del ala dialoguista de Kadima, a pesar de que proviene de una familia ultranacionalista (su padre fue jefe de operaciones del Irgún) y de haber profesado en su juventud la fe en el Israel Bíblico.

Livni cobró notoriedad al ser, en el 2006, la primera voz oficialista que reclamó la renuncia del primer ministro por el fracaso de las operaciones militares en el Líbano. Y hoy, en todas las encuestas, aparece como la figura más popular del malogrado gobierno.

Lo que entienden Tzipi Livni y Benjamín Netanyahu es que todo gobierno israelí está obligado a marchar en alguna dirección respecto a la cuestión palestina. El jefe de la derecha volverá a enfilar en contra de cualquier acuerdo que implique concesiones. La pregunta es si la actual canciller se atreverá, como lo hizo el último Ariel Sharon, a poner sobre la mesa de negociación lo que haga falta, para sacar el proyecto de un Estado palestino de la terapia intensiva donde quedó en coma profundo.