Cuando el gobierno de Néstor Kirchner diseñó su plan económico había dos principios que todos comprendían y que debían respetarse a rajatabla: solo era sustentable como plan de corto plazo y no admitía inflación. Ambos no se han respetado y hoy el gobierno se enfrenta a una encrucijada compleja en la cual deberá tomar decisiones que contradicen sus propios discursos.
El plan de mantener la moneda devaluada tenía por objeto recomponer la competitividad de las exportaciones, sobre todo industriales y asegurar superávit comercial, mientras que las políticas de retenciones apuntaban a asegurar superávit fiscal. La recuperación económica posibilitó mejorar el empleo y con ello el consumo interno.
Como medida de emergencia, se dispuso un congelamiento de tarifas de servicios públicos mientras durase la crisis a fin de impactar lo menos posible en el bolsillo de los trabajadores, pero trajo como contrapartida una caída en las inversiones. La consecuencia fue que la mayor demanda hoy solo puede ser abastecida con importaciones.
Durante cuatro año, el superávit fiscal y el superávit comercial fueron las patas de la solvencia de este gobierno. Además, para mantener la moneda devaluada, el Banco Central compraba muchos dólares en el mercado, y esto generaba mayores reservas pero también le inyectaba liquidez a la plaza financiera.
Después de años de desquicios, Argentina podía ostentar las dos virtudes más envidiadas, que eran el superávit fiscal y el superávit comercial. “Tenemos superávit gemelos” decían con orgullo los funcionarios.
Pero desde 2006 la situación se comenzó a deteriorar y la situación se agravó en 2007. La suba de los precios internacionales, por una parte; el estímulo a la demanda interna mediante la inyección de aumentos salariales presionó el consumo sin respuesta por parte de la oferta, ya que la tasa de inversión no seguía la tasa de consumo.
Finalmente, el gasto público, creciendo a tasas muy superiores al crecimiento de los ingresos, dio la inyección de inflación que faltaba para generar una crisis innecesaria y compleja. Por supuesto, el gobierno descubrió que la inflación se podía combatir mintiendo los índices en lugar de tomando medidas eficientes.
Hoy estamos en una situación compleja. El gobierno está pagando subsidios para sostener los precios por un monto que este año podría oscilar entre 35.000 y 40.000 millones de pesos. El gasto público crece a una tasa del 40% y la inflación real se proyecta a una tasa entre 25 y 30% para este año y las importaciones también crecen por encimadle 40%.
El crecimiento de la inflación está minando la competitividad del tipo de cambio real y esto se aprecia en los datos de la balanza comercial. El superávit comercial se achica aceleradamente y se sostiene gracias a los precios récord de los granos. A su vez, las exportaciones industriales ya son hoy claramente deficitarias e, incluso, están creciendo las importaciones de bienes de consumo.
Gasto público e inflación, por un lado, y crecimiento de las importaciones, por el otro, son los disparates gemelos que hemos sabido conseguir. Ambos son, en sí mismos, un problema complejo. Pero juntos, pueden potenciarse y ser explosivos.
Hoy el gobierno deberá apelar a una baja de los subsidios energéticos y al transporte público. Lo que busca es ahorra los 6.000 millones de pesos que le costará el plan de rebaja del impuesto a las ganancias a los empelados en relación de dependencia y el aumento de las jubilaciones.
Pero el problema es que ya se generó una inercia inflacionaria y el modelo adictivo a los precios vuelve a instalarse, sobre todo porque con los datos del Indec, cada uno saca su propio índice.
Pero no soluciona el problema. Si los precios de la soja y los granos se mantuvieran en los mismos niveles, el gobierno debería bajar la tasa de expansión del gasto público a un 20% en lugar del 40% actual. De la misma manera, las importaciones deberían bajar su tasa de crecimiento a la mitad.
Lo que antes se podía solucionar con medidas pequeñas pero con conducta hoy se puede transformar en un ajuste machazo. Con la irracionalidad de este gobierno, no deberían extrañar intentos por nuevos impuestos para pagar la fiesta.
El gobierno debería tomar la iniciativa en forma inteligente. Los precios internacionales parecieran ceder un poco. Ya lo estamos viendo con el petróleo y en parte con los granos. Si en poco tiempo se achica el porcentaje de especulación acumulado en los precios de las materias primas, estaremos ante una baja mayor y esto impactará sobre el superávit comercial y sobre el superávit fiscal por menores ingresos por retenciones.
Si se da este supuesto, y el programa económico no ha sido ajustado, la situación será insostenible y será muy difícil que aguante la estructura cambiaria. Todo está en manos del gobierno y el desafío es inteligencia o voluntarismo irracional.
Menos superávit y más disparates gemelos
El gobierno está perdiendo los pilares fundamentales que apuntalaron el éxito del gobierno de Néstor Kirchner. El superávit fiscal desaparece de la mano del crecimiento descomunal del gasto público y el superávit comercial se achica por el crecimiento de las importaciones. La inflación está haciendo su trabajo y no se soluciona mintiendo con los índices.