Rusia y la cultura autoritaria

El significado de la reciente encuesta que situó en la cabeza de las preferencias del pueblo ruso al último, Nicolás II Romanov, seguido por el dictador que más tiempo gobernó en la era soviética y a quien se atribuyen genocidios: Joseph Stalin.

El resultado de las encuestas es sorprendente y en muchos ha generado cierta estupefacción. Nicolás Romanov, el último zar, es considerado por los rusos el mayor personaje histórico. En el segundo puesto de ese podio ha quedado Joseph Stalin, por encima de su mentor y máximo líder de la revolución bolchevique: Vladimir Ilich Ulianov, Lenin.

La encuesta se realizó al cumplirse noventa años de la masacre de Ekaterimburgo, en la cual soldados del Ejército Rojo mataron a  balazos a toda la familia real. Recién después de la implosión soviética, con Rusia gobernada por el ultra-reformista Boris Nicolaievich Yeltsin, se admitió oficialmente la brutalidad de aquel acto que exterminó al zar y la zarina junto a sus hijos, entre ellos la princesa Anastasia, el zarevich Alexei (heredero del trono) y la gran duquesa María. Y dos años atrás, la Iglesia Ortodoxa declaró mártir a la familia masacrada.

Pero la crueldad de aquella masacre consumada en el sótano de la casa Ipatiev, en la ciudad de los Urales, y la glorificación que de ese crimen hizo el régimen soviético durante setenta años, no justifica la repentina estima y consideración que los rusos de hoy muestran hacia el último habitante del Palacio de Invierno de San Petersburgo.

Es cierto que la encuesta era ambigua en cuanto a la valoración de los personajes. No obstante, para la mayoría de los analistas rusos resultó claro que el resultado implica una jerarquización positiva. Y a muchos decepcionó la consideración que se tiene de Nicolás II, quien defendió su decrépito régimen a fuerza de represión, proscripciones y censura.

La decadencia zarista comenzó con el último de los Romanov, en la batalla naval de Tsushima, cuando la mas poderosa de las flotas rusas, comandada por el almirante Rojestvenski, fue diezmada por los buques japoneses en 1905, antesala de la capitulación de Sajalín. La primer consecuencia de aquel desastre bélico fue el motín del acorazado Potemkin en el puerto de Sebastopol, sobre el Mar Negro y, doce años más tarde, el Octubre Rojo.

Sus tímidos y tardíos intentos de fortalecer la Duma no equilibran las  represiones ordenadas por el liderazgo errático de una casa real dominada por personajes nefastos como Rasputín. Por eso, más allá del necesario reconocimiento de que lo ocurrido hace noventa años en un sótano de Ekaterimburgo fue una masacre, la entronización de Nicolás II como gran personaje histórico es una señal preocupante de la persistencia de la autocracia como rasgo principal de la cultura política rusa.

Por caso, habría tenido más lógica que al primer puesto de esa encuesta lo ocupe Pedro el Grande, quien convirtió a Rusia en un imperio de vastas dimensiones territoriales. Aunque más alentador habría sido que, a la hora de elegir un monarca en sus preferencias, los rusos rescaten al olvidado Alejandro II, el hijo de Nicolás I, quien se destacó por ser el más reformista de los zares. En definitiva, fue él quien abolió la servidumbre e impulsó el paquete de reformas tendientes a fortalecer la Duma y sepultar la monarquía absolutista.

Incluso su muerte lo enaltece, porque no fue la bomba que anarquistas lanzaron contra el carruaje blindado que le había regalado Napoleón III, sino las balas que lo alcanzaron cuando Alejandro II salió del coche para atender a los heridos.

También habla de la matriz autoritaria de la cultura política rusa la elección de Joseph Stalin como segundo en la lista de personajes preferidos. Más allá de que ni siquiera era ruso (nació y creció en  Georgia), el brutal dictador acumuló poder con purgas criminales dentro del Partido Comunista, lanzó una política de aniquilación y deportación en masa de pueblos musulmanes caucásicos como los chechenos, ingushetios y daguestanos; además de haber impuesto una colectivización forzosa que implicó un genocidio.

El rango que le otorgan las encuestas le reconoce haber consolidado el estado creado por Lenin y, sobre todo, haber vencido a los ejércitos alemanes que envió Hitler a invadir Rusia. Pero, ¿con eso alcanza para olvidar, por ejemplo, el exterminio masivo de ucranianos y las deportaciones en masa a Siberia?

A la hora de elegir un líder de la era soviética, hubiera sido más alentador que los rusos piensen, por caso, en Nikhita Krushev, quien al encabezar el Politburó del PCUS inició el proceso de “desestalinización” y denunció los crímenes del estalinismo, además de modernizar la economía de planificación centralizada y competir en la carrera espacial contra los norteamericanos, poniendo a la Rusia soviética por delante con Yuri Gagarín, el Sptnick y la perra Laika.

Más positivo aún habría sido el reconocimiento a Mikhail Sergeievich Gorbachov, quien con su Glasnost y su Perestroika inició el desmantelamiento del sistema totalitario mediante el cual el Estado, a través del KGB y la red de comisarios políticos, había eliminado la privacidad de las personas.

Boris Nicolaievich Yeltsin por haber derrotado el golpe del KGB cuando secuestró a Gorbachov en su dacha de Crimea, o Vladimir Putin por haber estabilizado la república democrática en Rusia, a pesar de todas sus limitaciones, pudieron ser los preferidos en esa encuesta. Sin embargo, Stalin los derrota por amplia ventaja.

Una señal muy clara de que el componente autoritario sigue gravitando sobre la cultura política de esa gran nación. Al fin de cuentas, al Estado ruso lo creó, a partir del Gran Ducado de Moscovia, Iván IV Vasillievich, el brutal monarca que denominó su poder con la palabra zar, que significa “quien no debe rendir cuentas a nadie”.