Sin avisarle, el mundo puso a buena parte de Sudamérica en el centro del escenario económico. Amén de la escalada del petróleo, nada tiene más centralidad que los alimentos. Ninguna crisis actual incuba más peligros y acechanzas que la crisis en la producción alimentaria. Tampoco hay otro evento que esté produciendo modificaciones tan sísmicas en el tablero internacional y dentro de los países productores.
El mundo y en particular esos países, están en el umbral de una dimensión desconocida. Esos estadios a los que, o se accede con ideas y proyectos, incluso planes de contingencia, o se los padece como a un cataclismo inexorable.
Es lógico que las clases dirigentes vivan esta instancia con desconcierto. A nivel planetario no hubo alarmas que alertaran a tiempo sobre la nueva circunstancia. En todo caso, el desafío es reaccionar y concertar el modo en que se afrontará el desafío, actuando en sintonía con el proverbio chino según el cual “toda crisis es una oportunidad”; en lugar de posar hipócritamente en el intento de hacer creer a los demás que desde un principio se actuó para conjurar los riesgos.
Es el caso del gobierno argentino, cuyo discurso respecto a las retenciones fue mutando a lo largo de un camino en el que se fue destartalando la credibilidad de la palabra presidencial. Pero finalmente arribó a una cuestión clave: el problema alimentario mundial tiene un carácter tal, que se está convirtiendo en la nueva Meca de los capitales especulativos.
En otras palabras, cuando estalló la crisis del campo, el gobierno no tenía ni una idea y ni una posición sobre el problema alimentario y sus sísmicas consecuencias en los países productores. A lo largo del conflicto, fue haciéndose esa noción de la cataclísmica realidad.
Tampoco los productores agropecuarios y sus dirigentes han dado muestras de percibir el fenómeno mundial y tomar conciencia de los cambios que impondrá (y está imponiendo) en el orden interno. Lo mismo ocurre con la clase dirigente en general, incluida la oposición.
El hecho es que a la cumbre del MERCOSUR, la presidenta Cristina Kirchner acudió con la noción finalmente adquirida, en forma lenta y traumática, del problema alimentario, esbozándolo en un discurso valioso en general, aunque reincidente en el vicio de hablar para la platea interna y depositar en el campo el peso de todas las culpas.
Como fuere, Cristina Kirchner colaboró a darle centralidad en la reunión presidencial de Tucumán al tema que debe estar en el centro de todo debate internacional. Esencialmente por eso (sino sólo por eso), esta cumbre del MERCOSUR fue tan importante.
El presidente de Brasil ha sido, una vez más, el gran ordenador de la agenda. Separando la paja del trigo con precisión milimétrica, tratando de limitar sin castrar la megalomanía de nadie los discursos sobreactuados y, principalmente, elaborando la síntesis de lo que debe centrar la preocupación regional, que hoy son los desafíos alimentario y energético.
Cristina Kirchner usó la cumbre para seguir en su duelo con el campo, Hugo Chávez hizo su infaltable arenga antinorteamericana, esta vez a propósito de un tema verdaderamente preocupante como es el de las maniobras de la IV Flota de los Estados Unidos en aguas caribeñas, mientras que Evo Morales buscó el respaldo regional a su posición en el enfrentamiento que mantiene con las regiones autonomistas, a las que acaba de sumarse Chuquisaca con el triunfo de la dirigente indígena opositora Savina Cuellar.
Para cada uno de ellos, Lula tuvo en su discurso final palabras de apoyo cuidadosamente equilibradas con templadas exhortaciones a favor del diálogo y la institucionalidad. Pero con maniobras retóricas casi imperceptibles, el presidente brasileño dejaba en claro que tales cuestiones no debían encabezar la agenda del MERCOSUR.
El orden de prioridades por él establecido, lo mostró una vez más como el miembro de la cúpula regional de la mirada más abarcadora y de la noción más clara sobre el escenario mundial y lo que implica para la región.
Por cierto, estos aspectos alentadores del encuentro de Tucumán no ocultan que persiste la incapacidad de los gobiernos mercosuristas, para resolver un cúmulo de problemas puntuales surgidos de las diferencias entre ciertas políticas internas de cada uno.
Esa sigue siendo la inmensa deuda de este grupo de mandatarios, caracterizados por el énfasis discursivo puesto en la integración en contraste con la flagrante incapacidad para resolver cuestiones prácticas que la obstruyen permanentemente.
Por lo demás, el otro rasgo distintivo de la cumbre estuvo en la contundente protesta contra la nueva política europea hacia los inmigrantes. Medidas que castigan la desesperación con cárcel y deportaciones, no merecen reacciones a medias tintas. Por eso, en la declaración final, al mejor aporte lo hizo Evo Morales, haciendo remplazar el nebuloso y elíptico concepto de “honda preocupación”, por el más franco y contundente “abierto rechazo”.
MERCOSUR, luces y sombras
Cristina Kirchner llevó a la cumbre su batalla contra el campo, Hugo Chávez hizo su infaltable arenga anti-norteamericana y Evo Morales buscó respaldo regional para su enfrentamiento con los departamentos autonomistas. Pero Lula logró ordenar la agenda y exponer una mirada lúcida y abarcadora de los grandes desafíos de la región. La cuestión alimentaria en la cabeza de las prioridades.