En el mismo puñado de días en que un pelotón exterminó a la familia real rusa en un sótano de Ekaterimburgo, nacía en la aldea surafricana de Qunu un príncipe tribal llamado Nelson Holilala Mandela.
En las mismas horas en que, del sótano de la mansión Ipatiev, sacaban a escondidas los cuerpos sin vida del zar Nicolás Romanov y de su esposa la zarina, además de sus hijos, entre ellos, la princesa Anastasia, el zarevich Alexei y la gran duquesa María; los jefes tribales de la gran nación xoxha llevaban ofrendas al recién nacido, sin imaginar que renunciaría a sus privilegios por luchar contra uno de los más abominables regímenes del siglo 20.
Noventa años después, la iglesia ortodoxa que canonizó como mártires al zar y su familia, rinde tributos monárquicos al jefe del clan exterminado por los bolcheviques, el gobierno ruso tiene la sensatez de presentar lo ocurrido en aquella ciudad de los Urales como lo que fue: una brutal masacre; mientras que el pueblo de Rusia comete, mayoritariamente, la insensatez de considerar a Nicolás II como el personaje más relevante de la historia del país.
Revelando el arraigo de la autocracia en la cultura política rusa, las encuestas muestran en la cabeza de las preferencias a ese zar que defendió su régimen con sangrientas represiones, seguido por Joseph Stalin, el dictador georgiano que triunfó contra la invasión nazi en la Segunda Guerra Mundial, pero que provocó un genocidio con la colectivización forzosa y la aniquilación de toda disidencia.
En cambio, las encuestas en Sudáfrica muestran que hasta en la minoría blanca Nelson Mandela es considerado el personaje más grande y formidable de la historia del país. En la acertada consideración del primer ministro británico Gordon Brown, Mandela es el prócer viviente más importante del mundo.
La veneración mundial se confirmó este viernes, cuando al cumplir noventa años una gigantesca ola de felicitaciones y clamores le llegó desde todos los rincones del planeta.
El imponente líder que sepultó el apartheid, festejó su aniversario en la celda número cinco de Robben Island, ese hueco de piedra que forjó su inmensidad humana y política.
La prisión insular está frente a Ciudad del Cabo. Allí, los colonos holandeses recluían a los negros insumisos, junto a un manicomio y un leprosario. Allí lo llevó la policía del apartheid, el régimen de segregación racial que se inició en 1948 con la llegada del Partido Nacional al poder, aplicando las teorías racistas de Hendrick Verwerd.
La visión de ese sociólogo de la Universidad de Stellenbosch no sólo implicaba la separación de las distintas razas es espacios territoriales diferentes, sino también una monstruosa jerarquización en las que la “tribu afrikaner” (blancos descendientes de boers y de británicos) estaba en el nivel de calidad más alta, luego venían los llamados “coloureds” (mestizos africanos y etnias provenientes de la India y otros rincones asiáticos) dejando el último lugar, casi al borde de la especie humana, a la raza negra, en la que además aplicaba diferenciación entre xoxhas, zulúes etc.
La Sección B de Robben Island es donde encerraban a los activistas del Congreso Nacional Africano y de la agrupación más radical en la lucha contra el racismo blanco: el Congreso Pan Africano, PAC en su sigla en inglés. Y en ese espacio donde se aplicaban las peores torturas y la existencia, en sí misma, era un tormento, estaba la celda número cinco, ocupada durante 18 años por el preso 46664: Nelson Holilala Mandela.
Los presos de la sección B sólo podían recibir una visita cada seis meses. El encuentro duraba media hora y se desarrollaba en una sala dividida por un vidrio y en presencia de guardias. En la sección B sólo se comía un potaje de maíz, se picaba piedra hasta las cuatro de la tarde, se dormía con un foco eternamente encendido y, por cualquier conato de rebelión se los dejaba largas horas dentro de un angosto rectángulo donde las rodillas no podían flexionarse.
La existencias en esos cubículos lúgubres estaba diseñada para que los condenados se deshumanicen o se suiciden. Y allí eligió quedarse Mandela cuando el presidente racista Pieter Botha le ofrecía la libertad a cambio de que aceptara el apartheid.
Pero cuando Frederick de Klerk (último presidente de la minoría blanca) finalmente decidió liberarlo sin condiciones, de esa celda hecha para bestializar a la gente, salió una suerte de Buda, o sea un hombre imponente, magnánimo y dotado de una sabiduría política que le habrían envidiado los más grandes estadistas de la historia.
Nelson Mandela, que junto a otros líderes de CNA como Sisulu y Oliver Tambo, a pesar de oponerse al extremismo de PAC participaron del Umkhonto we Siswe (Lanza de la Nación), la resistencia armada contra el brutal régimen de segregación racial, fue luego quien, desde su oceánica autoridad moral, logró impedir que Sudáfrica se hundiera en una guerra civil y que la mayoría negra se tomara venganza por las humillaciones y opresiones sufridas a manos de los blancos.
Mandela democratizó Sudáfrica sin derramar una gota de sangre y transformó lo que el régimen blanco había convertido en un paria internacional, en un país moderno y económicamente vigoroso que rápidamente avanzó hacia posiciones de liderazgo regional y mundial.
Cuando cumplió su primer y único mandato, hasta la inmensa mayoría de la “tribu” afrikáans (blanca) le pedía que vuelva a postularse. Pero a contramano del instinto de la mayoría de los políticos, Mandela quiso dejar el poder y encabezar una fundación destinada a promover la democracia, la igualdad racial y la lucha contra la pobreza y el analfabetismo.
Noventa años después de su nacimiento en la aldea de Qunu, mientras las encuestas muestran que la cultura autocrática sigue marcando al pueblo ruso, que siente nostalgias del zar Nicolás II, en Sudáfrica los sondeos de opinión muestran que no hay blancos que admiren a Hendrik Verwerd, el ideólogo del apartheid. Todas las razas sudafricanas destacan a Mandela como el líder más esclarecido y formidable de la historia.