La recurrencia de denunciar golpismo

¿Por qué ni Michell Bachelet ni Lula ni Tabaré Vázquez introdujeron en sus discursos la denuncia de golpe de Estado, que es permanente en otros líderes de la región, incluido Kirchner? Algunos dirán que porque los gobiernos socialdemócratas no están en la mira del imperialismo y las oligarquías. Pero la búsqueda de la respuesta no es tan simple.

En la novela “Ensayo sobre la lucidez”, cuando la población empieza a votar masivamente en blanco, el gobierno se convence de que se trata de una conspiración anarquista. El razonamiento gubernamental era tan incapaz de ver que, sencillamente, los ciudadanos lo consideraban un mal gobierno, que extendía su teoría conspirativa más allá de las fronteras, porque de triunfar en ese país el anarquismo exportará su accionar al resto del planeta.

El imponente libro de José Saramago describe, sin nombrarlo, el Portugal del salazarismo, esa versión lusitana del falangismo español y del fascismo italiano. Pero la obnubilación que hace que el poder vea, en toda protesta o gesto opositor, una conspiración de malvadas intenciones y consecuencias cataclísmicas, no pertenece sólo a la derecha. En rigor, es una característica de todos los autoritarismos y también de los liderazgos mesiánicos.

Reflexionando sobre las autocracias del siglo 20, Hermann Tertsch habló de una forma particular de censura que no consiste en impedir la publicación de una idea contraria al poder ni prohibir un acto crítico, sino en lanzar sobre esos críticos una tremenda acusación que, además de descalificarlos, los expone a la ira popular por haber sido identificados con males aborrecibles.

Refiriéndose a los totalitarismos, pero mediante un razonamiento también aplicable a los mesianismos mayoritaristas, sostiene que el discurso acusador apunta a excitar “unas mayorías sociales que saben muy bien que, al no haber alternativa posible, su desafío al poder sólo puede tener consecuencias nefastas”. Sobre esa base, en el discurso acusador la historia sirve como ese “perfecto generador del rencor necesario para que la mayoría se sienta reconfortada por una revancha contra las minorías que disienten y que el poder identifica”.

Se trata, en definitiva, del peligroso terreno en el que incursiona un líder cuando “identifica” a un grupo o sector con nefastos peligros y con males aborrecibles. No se trata de una acción gubernamental, sino del discurso. O sea el riesgo de que las palabras transporten acusaciones y emociones violentas.

En su libro “La Lengua del III Reich”, Víctor Klemperer lo explica a través de “la hipocresía afectiva del nazismo”, afirmando que los totalitarismos mienten con palabras embardunadas de sentimentalismo; el “pecado mortal” de la mentira consciente que “arrastra al campo de los sentimientos”.

Este ideologismo de alto riesgo, cuya superación es uno de los grandes desafíos de la cultura democrática latinoamericana, se ha expresado en la región a través de las derechas y las izquierdas. Por caso Pinochet veía conspiraciones comunistas en todo, incluida la lucha de intelectuales como Jorge Edwards contra la censura del régimen y el giro democristiano hacia el reclamo de democracia.

En cuanto a las izquierdas, la identificación de toda crítica con el golpismo digitado por el imperialismo, ha sido una constante en un grupo de gobernantes. Por cierto, no siempre es un invento para neutralizar adversarios convirtiéndolos en abyectos enemigos. El fallido golpe de estado del patético Carmona en Venezuela, es un ejemplo. Sin embargo, la mayoría en la amplia oposición a Chávez no salió a la calle a festejar aquel zarpazo autoritario. También hay ensoñaciones golpistas en una parte de la dirigencia opositora boliviana. Obviamente, la sedición de las FARC y el ELN de buena gana derrocaría al presidente Uribe, de poder hacerlo.

Pero la cuestión es la recurrencia a denunciar conspiraciones golpistas vinculadas a lo más tenebroso del pasado, como instrumento político para excluir la crítica y el cuestionamiento cuando adquieren dimensiones importantes.

Los gobiernos de la centro-izquierda de matriz liberal no han incurrido en esa práctica. En Chile, Michell Bachelet ha sufrido desde el año pasado desaforadas embestidas opositoras, a propósito de cuestiones puntuales, como el transporte o la ley de educación. Sin embargo, la presidenta socialista en ningún momento acusó a sus críticos de querer tumbar el gobierno.

Tampoco lo hizo Lula cuando se quejaba amargamente de las críticas opositoras por los casos de corrupción, y menos Tabaré Vázquez, aunque el presidente uruguayo no ha sido blanco de ninguna ola de críticas.

Deberá ser conciente Néstor Kirchner, que también en este aspecto se diferencia de sus vecinos socialdemócratas. De paso, podría tener en cuenta que ni en Brasil ni en Uruguay, los críticos del gobierno podrían hacer actos que dupliquen en cantidad de gente a los del oficialismo. Y que según todas las encuestas, de haber elecciones mañana en los tres países, sólo Lula y Tabaré tendrían aseguradas victorias abrumadoras. Pero estas realidades evidentes, se vuelven invisibles en el discurso que recurre a los capítulos más tenebrosos de la historia para fumigar a los opositores.

“El contenido de nuestro carácter” es un libro célebre en el que el  escritor afroamericano Shelby Steele reflexiona sobre el racismo las relaciones interraciales en los Estados Unidos. Y uno de sus aportes más lúcidos consistió en advertir sobre esas “cargas peligrosas” que habitan la memoria histórica de la opresión.

Dice este intelectual enemigo del racismo y guía de la comunidad negra norteamericana, que cuando “la carga peligrosa es dominante, el movimiento hacia el pasado se hace irresistible y las oportunidades del presente se vuelven invisibles.

A renglón seguido advierte con claridad meridiana sobre un discurso que exagera tanto que en vez de ver en el enemigo “una abeja loca”, ve un “león feroz”.

En un ensayo relevante, John Carlin vincula las advertencias de Steele con lo que Barak Obama acaba de cuestionar al polémico pastor de cuya congregación fue parte. “el error del reverendo Wright no fue que hablara de racismo en nuestra sociedad, sino que hablara como si nuestra sociedad aún estuviera irrevocablemente vinculada a un pasado trágico”.

Hasta aquí, en el Cono Sur de América, los discurso de Lula, Tabaré y Bachelet nunca se parecieron a los del reverendo Wright. En cambio el discurso del líder del oficialismo en Argentina insinúa esa “carga peligrosa” que pone a las sociedades en el umbral de lo que Goethe llamó “los impulsos oscuros de la historia”.