La República ha asistido, nuevamente, a una discusión patética, a una pulseada mediática, a un copamiento del espacio público de la Ciudad de Buenos Aires para intentar reforzar los argumentos sesgados y parciales, que de uno y otro lado, han llevado el conflicto de un sector del país, a una razón de Estado.
Esta última manifestación, con dos marchas que con sendas movilizaciones han sido casi una especie de cierre de campaña ante la votación que el miércoles llevará adelante el Senado de la Nación, ha sido paradigmática. Desde la tribuna oficial, se recordaron los logros de la gestión de Néstor Kirchner, quien además de ser el orador principal, acudió al soporte de los gobernadores de Entre Ríos y Buenos Aires. No así, del gobernador de Mendoza, Celso Jaque, que si bien también estaba allí, no formó parte del pequeño grupo que hizo uso de la palabra.
El propio Kirchner no realizó en ningún momento alguna reflexión autocrítica que por haber sido actor principal de la política en el último lustro, le correspondería como responsable de este estado de las cosas. Por el contrario, se dedicó a ensalzar su gestión y a reforzar lo que ha sido su latiguillo durante todo este tiempo: aquel que no está con el gobierno, es un traidor, un golpista o un infame.
Por su parte, desde el sector aglutinado detrás de los reclamos del campo, también insistieron en lo que consideran sus razones, y en el pedido de “conciencia” para los senadores. Tampoco hubo demasiadas alusiones a los errores cometidos en el trayecto, como los intensivos cortes de rutas, o las amenazas de desabastecimiento. Todos los oradores, de las distintas entidades rurales, se dedicaron a auto elogiar su actividad y denostar los efectos de la polémica Resolución 125.
Así y bajo una lógica dicotómica, los discursos y las movilizaciones poco han ayudado a esclarecer o a dirimir el conflicto. No han sido más que demostraciones de fuerza de cara a una jornada trascendental, donde más que ayudar a la solución, todos han pretendido disputar su propia batalla ante la opinión pública.
Al inicio del conflicto, desde MDZ ratificamos la necesidad de la aplicación de retenciones, incluso como mecanismo del Estado para su posterior redistribución según criterios válidos, claros y oportunos, que en este caso, tampoco están definidos: no se sabe si es para engrosar el Tesoro Nacional, si para pagar desarrollo e infraestructura en el interior del país, o para cancelar obligaciones de la deuda externa. O tal vez para todo eso. O para otros propósitos no confesados.
Asimismo, desde este medio destacamos la necesidad de establecer variables diferenciales que contemplaran las necesidades de los diversos cultivos y del tamaño de los productores involucrados. También nos opusimos al carácter confiscatorio que parecen tener las retenciones y advertimos sobre su posible inconstitucionalidad al no haber sido determinadas por una ley. Sin embargo, y con torpeza política, muchas de estas medidas correctivas (como también incluso su postergado debate en el Congreso) han ido llegando a medida que el conflicto crecía y se transformaba en algo mucho mayor.
Hoy, que el país está dividido, casi paralizado y amenazado a diestra y siniestra, otros temas no menores se han enancado en la protesta: la redistribución de la riqueza, el federalismo, las economías regionales o un plan integral para el agro. Tal vez por eso llama la atención que el gobernador Jaque haya, en su intento por defender la postura oficial, minimizando el conflicto al que se ha pretendido mostrar como que sólo responde a los intereses y demandas de la Pampa Húmeda. Lamentablemente, en este barco estamos todos, de Norte a Sur y de Este a Oeste.
Así, la tan vapuleada “mesa de los argentinos” no ha recibido tras estas demostraciones, novedosos y claros argumentos sobre las razones de su debilidad, ni sobre las causas del aumento constante y progresivo de los alimentos. Por el contrario, se ha profundizado la división, la confrontación y el encapsulamiento de posturas antagónicas sin posibilidad alguna de diálogo.
A esta hora, y tras los discursos y los debates, el Senado tiene la palabra. Pero todo hace presumir, que aún de cualquier manera que resulte la votación, el asunto más que terminarse, continuará y apenas cerrará otra triste etapa.
Otro triste capítulo de un largo conflicto
Bajo una lógica dicotómica, los discursos y las movilizaciones poco han ayudado a esclarecer o a dirimir el conflicto. No han sido más que demostraciones de fuerza de cara a una jornada trascendental, donde más que ayudar a la solución, todos han pretendido disputar su propia batalla ante la opinión pública.