Una revolución en la mirada estratégica

La Unión por el Mediterráneo, impulsada por Francia para asociar a Europa con el norte africano y Oriente Medio, inplicaría la reformulación geoestratégica más significativa ocurrida desde la desaparición de la URSS.  Señales que justifican una mirada optimista hacia el futuro de la relación entre Occidente y el mundo musulmán.

En el palco oficial hubo un brillo diferente. En el marco imponente del festejo con que Francia evoca la revolución cada 14 de julio, el presidente lució un atisbo de recuperación de imagen, que promete seguir creciendo. Hasta hace un par de meses, hasta la prensa conservadora subrayaba el vertiginoso desprestigio en el que el propio Nicolás Sarkozy parecía empeñado en hundirse. La exposición de su vida íntima en un país en el que, tradicionalmente, la sociedad no se interesa por la privacidad de sus dirigentes y desprecia que estos la ventilen, fue tomado como una impúdica frivolidad.

Pero cuando las encuestas mostraban una desilusión generalizada, el renovado protagonismo del presidente francés tuvo sorpresivamente consecuencias impactantes y prometedoras. A Ingrid Betancourt la liberó el gobierno colombiano, o bien mediante una operación secreta o bien sobornando comandantes guerrilleros, pero el mérito es del presidente Alvaro Uribe.

De todos modos, el mundo y los franceses han visto en la presión de Sarkozy una de las razones de la resonante liberación. Ni Jacques Chirac, ni Leonel Jospin, ni Dominique de Villepin pusieron a Francia a presionar sobre el conflicto colombiano de la forma que lo hizo Sarkozy. Y sin esa presión política, es posible que la región hubiera continuado ignorando la suerte de los cautivos, que llevaban largos años en la selva sin que nadie priorice el objetivo de liberarlo. Por eso pudo, este 14 de julio, mostrar a Ingrid Betancourt como un trofeo que también a él le pertenece.

Más significativo aún, como logro del polémico presidente francés, fue el nacimiento de la Unión por el Mediterráneo, cuya primer reunión pudo exhibir resultados muy alentadores.

Y fue Nicolás Paul Stephan Sarkozy de Nagy-Bocsa el impulsor de este foro que marca un cambio de mirada estratégica, cuyas consecuencias van más allá del “mare nostrum”. El cambio de eje a resolver con el acercamiento las contradicciones que se agudizaron con la política de distanciamiento y tensión.

El Mar Mediterráneo separaba lo que la nueva iniciativa intenta unir en un marco de cooperación para el desarrollo de proyectos conjuntos. Hasta la cumbre de este fin de semana, en la costa del sur estaba un mundo pobre, violento, con regímenes salvajes y costumbres arcaicas. Así mira la desarrollada y racional Europa a los vecinos de la otra costa, incluida Israel, nación a la que le reconoce modernidad tecnológica, opulencia y democracia, pero le cuestiona belicosidad militarista y desprecio por la legalidad internacional.

Los de la otra costa, en particular los países árabes, en el aislamiento profundizan sus defectos en lugar de corregirlos. El militarismo y la retórica demagógica guerrera se acrecientan a la sombra del desprecio occidental, en lugar de atenuarse. Por eso la iniciativa de Sarkozy implica un cambio de eje cuyas consecuencias podrían reformular el tablero estratégico y político de las regiones más explosivas del planeta: el norte de Africa y el Oriente Medio.

La primer cumbre de la Unión por el Mediterráneo exhibió falencias: el rey marroquí Mohamed VI envió a su hermano Mulay Rachid para no cruzarse con el presidente argelino Abdulaziz Buteflika, a quien desprecia. También faltó a la cita el líder libio Muhamar Jadafy, pero tales ausencias no tuvieron más importancia que una rutilante presencia, la del presidente de Siria.

Bashir el Assad fue el plato fuerte del encuentro y, a la vez, el condimento más esperanzador de la perspectiva que abre para el futuro de una relación conflictiva (la de Occidente y el mundo islámico) la Unión por el Mediterráneo.

Cuando se cruzaba en el pasillo con la delegación israelí, miraba para otro lado, y salía de la sala cuando hablaba la canciller judía Tzipi Livni y el primer ministro Ehud Olmert. Pero en las conferencias de prensa evidencia la prioridad que otorga a los contactos indirectos que está realizando a través del premier turco Recep Tayyip Erdogán.

Es más, el presidente sirio Bashir el Assad llegó a decir a los periodistas europeos y árabes que una negociación con Israel implicará un proceso de entre seis meses y dos años, que desembocará en un tratado de paz que implica el reconocimiento mutuo, algo que su padre, el duro Hafez el Assad, conocido como el “León de Damasco”, jamás habría siquiera balbuceado.

Y como añadiendo brillo a la flamante Unión por el Mediterráneo, el primer ministro de Israel y el presidente de la Autoridad Palestina   Mahmud Abas derrocharon optimismo sobre un cercano acuerdo palestino-israelí. Incluso sin esos gestos, el sólo hecho de que por primera vez exista un ámbito en el que árabes e israelíes son socios (y no enemigos) implica toda una revolución geoestratégica.

Obviamente, a tanta esperanza mejor matizarla con el escepticismo
regado durante tantas décadas de conflicto y desencuentro. Pero la moderación del optimismo no debe opacar el significado de una iniciativa que apunta a cambiar los ejes de una largamente frustrada relación.

Se ha establecido una cumbre bianual de presidentes, reuniones anuales de cancilleres, una copresidencia de la entidad compartida por un europeo y uno líder de la costa sur; además de una secretaría permanente y seis grandes proyectos, entre los que se destacan la descontaminación del mar, una plan de prevención de catástrofes, una universidad, planes para estudiantes y el desarrollo de grandes empresas conjuntas.

La iniciativa de Sarkozy, en un principio, abarcó sólo a los países europeos con costas mediterráneas. Y si no implicara una reformulación estratégica importante, la lúcida Angela Merkel jamás hubiera insistido, como de hecho hizo, para que toda Europa participe en la nueva entidad.