Los estados de la costa árabe del Golfo Pérsico gastan más que Irán en arsenales que no ostentan sino, más bien, ocultan. Por el contrario, la República Islámica realiza periódicos ejercicios militares y ensayos misilísticos que parecen más destinados al alarde exhibicionista que a la necesidad de ejercitación y pruebas.
Las potencias occidentales amplifican el eco de cada ostentación militar iraní y la valoración sobre el verdadero riesgo que implica el Estado de los ayatolas chiítas. Después de todo, los gobiernos de los países más poderosos del planeta no pueden ignorar lo que se deduce los últimos balances militares que hace anualmente el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos.
Alguna prensa europea se presta a tal sobre-valoración del potencial militar iraní, mientras que otra percibe que, detrás de la fanfarronería de Ahmadinejad, más allá del Hout, ultraveloz torpedo creado hace dos años, hay poco que no sean adaptaciones apenas mejoradas de armas ya existentes y más bien vetustas.
Incluidos los proyectiles de mediano alcance ensayados ampulosamente esta semana. Al fin de cuentas, incluso recorriendo dos mil kilómetros, los misiles Ghadr-1 no dejan de ser la versión actualizada del Shihab-3, mientras que el resto de la cohetería iraní constituyen variaciones del Nodong, proyectil creado por Corea del Norte.
Hay prensa europea que señala estas relatividades del poderío militar iraní, mientras que otra insiste en agigantarlo con el objetivo de poder colocarlo en el estante de las peores amenazas.
Analizando el último Military Balance, se deduce que las monarquías sunitas árabes cuentan con arsenales más modernos y letales que los de Irán, por lo tanto podrían enfrentar una confrontación abierta con la República Islámica si Mahmud Ahmadinejad desenterrara el proyecto que sin éxito impulsó el ayatola Ruholla Khomeini, cuando intentó generar una cadena de revoluciones islamistas que pusiera a la etnia chiíta al frente de todos los estados árabes.
Pero también esto es una verdad a medias, debido a que ni los sauditas ni Kuwait ni los Emiratos Arabes Unidos tienen combatientes comparables con los aguerridos y entrenados pasdarán (guardianes de la revolución).
La armada iraní es más bien pobre y anticuada, pero los pasadarán hacen que sus lanchas rápidas sean azotes imbatibles en las aguas del Golfo Pérsico y en el Estrecho de Omán. Del mismo modo que los pilotos de los cazas Saegheh, que son un plagio no muy bueno de los F-5, se convertirían en un gran problema si luchan con la misma motivación que las demás ramas de los Guardianes de la Revolución.
En síntesis, los aliados árabes con que las potencias occidentales cuentan en el Golfo Pérsico pueden ser militarmente superiores a Irán en cantidad y calidad de armamentos. Pero los combatientes iraníes están ideológica y religiosamente más motivados para la guerra. Y lo demostraron en lo que llaman “La Santa Defensa”, el conflicto de ocho años que mantuvieron con Irak y en el que las poderosas fuerzas de Saddam Hussein, asistidas tanto por las potencias occidentales como por la Unión Soviética y los países árabes, con la única excepción de Siria, se desangraron durante ocho años para alcanzar apenas un empate.
En cambio para Israel, enfrentar a Irán puede resultar más fácil que luchar contra Hamás en la Franja de Gaza y contra el Hisbolá en el Líbano. Estando mucho más cerca, los dos partido-milicias resultan imposibles de golpear sin provocar efectos colaterales desastrosos; mientras que para la aviación israelí parece relativamente fácil atacar los puntos nucleares del mapa iraní: Natanz, Arak, Izfahán y Busher.
El primer problema es que debe haber otros centros atómicos secretos donde continuar con el proceso de enriquecimiento de uranio. Y el segundo es que, según la propaganda iraní, la consecuencia de un ataque israelí a Irán podría ser similar a la de patear un avispero.
En todo caso, lo primero es más probable que lo segundo. Pero el discurso recurrente de Ahmedinejad parece apuntado a lograr que Israel patee el avispero.
Si en los ochenta el Estado judío bombardeó en Irak la central nuclear en construcción donde el régimen baasista albergaba planes militares, y recientemente atacó en territorio sirio un punto secreto donde, supuestamente, se trabajaba con elementos nucleares provenientes de Corea del Norte, es de suponer que los israelíes no esperarán sentados a que Irán pueda cargar ojivas nucleares en misiles capaces de alcanzar Tel Aviv.
Más que en las armas, el peligro está en los discursos. Los estrategas iraníes saben que los Ghadr-1 y los Shihab-3 difícilmente puedan eludir los proyectiles antimisiles del tipo Patriot con que cuentan los israelíes. Y saben que, por razones geográficas, un ataque misilístico iraní interceptado por el sistema de defensa de Israel, haría estallar las ojivas sobre tierras habitadas por palestinos, jordanos o sirios.
Sin embargo, en ese océano de limitaciones y contraindicaciones, los discursos siguen siendo arsenales cargados de palabras explosivas. Como si no buscaran disuadir al enemigo para evitar una guerra, sino provocarlo para que haga estallar el latente conflicto.
Sobre armas y discursos en el Medio Oriente
Mientras Irán e Israel siguen acomodándose en posición de duelo, por momentos daría la impresión de que hay mayor amenaza en los discursos, cargados de palabras flamígeras y frases explosivas, que en los arsenales que alberga la región.